¿Un mundo más conectado es más seguro y resiliente, o más inestable y frágil? Todo depende de cómo organicemos nuestra defensa. Pero la incapacidad de frenar el auge del terrorismo durante los últimos 15 años sugiere que no lo hemos hecho bien. ¿Cómo podemos reestructurar nuestros sistemas de defensa para tener en cuenta los inmensos cambios que están teniendo lugar y la distinción cada vez más difusa entre la guerra y la paz?
Un modelo obsoleto
El modelo de defensa actual está centrado en el Estado y es centralizado. Se espera que cada Estado proteja a sus ciudadanos frente a amenazas externas disuadiendo la agresión entre Estados e interviniendo en aquellos Estados cuyo fracaso ofrece un refugio seguro a enemigos no estatales.
También se espera que los Estados protejan a la población frente a amenazas internas; lo hacen mediante una mayor presencia policial y militar en nuestras ciudades y una vigilancia digital masiva cada vez más amplia para detectar comportamientos anómalos e identificar posibles amenazas.
Una línea tenue entre la guerra y la paz
Este modelo no funciona. Ya se trate dehombrecillos verdes en Crimeao de ciberataques, la línea entre la guerra y la paz se ha difuminado y, en un mundo que ya no está estructurado por una división ideológica, explotar las vulnerabilidades del enemigo es una forma más eficaz de hacer la guerra que enfrentarlo directamente.
En cuanto a los Estados fallidos, 15 años de intervenciones costosas deberían habernos enseñado los límites de la intervención militar: los extranjeros pueden ayudar, pero no pueden sustituir la construcción del Estado impulsada localmente.
Por último, buscar la aguja del terrorismo en el pajar de los ciudadanos respetuosos de la ley está resultando una tarea frustrante que, en el peor de los casos, podría convertir a los países democráticos en Estados policiales y, en el mejor, genera muchas falsas alarmas y nunca garantizará el éxito total, aunque el historial de los organismos de seguridad sea mejor de lo que suele afirmarse.

Necesitamos un modelo alternativo de defensa descentralizada que refleje la profunda transformación que han provocado en nosotros la era digital y la mayor conectividad.
Un nuevo enfoque de la defensa
En la actualidad tenemos lo peor de ambos mundos: los sistemas centralizados tradicionales son ineficaces a la hora de identificar y corregir las vulnerabilidades locales, pero la conectividad aumenta las vulnerabilidades porque acelera y multiplica el impacto psicológico, político y, en algunos casos, físico de un ataque contra cualquier parte de un sistema. Esto difiere mucho de los atentados terroristas de los años setenta, que no suponían una amenaza para nuestras sociedades.
Entonces, ¿cómo debería ser nuestro nuevo enfoque de la defensa? No es una pregunta fácil de responder, pero cualquier modelo que adoptemos deberá tener en cuenta cinco puntos importantes:
El enemigo interno
Las fragilidades internas representan un riesgo mayor que las amenazas externas. Según cualquier medida objetiva, el terrorismo y la agresión externa entrañan poco riesgo para nuestra seguridad personal, pero agravan nuestra sensación previa de vulnerabilidad. Los mayores riesgos son las convulsiones políticas que esa sensación de vulnerabilidad puede desencadenar y que actores malintencionados pueden explotar.
No podemos dejar que gane el miedo
Las comunidades unidas únicamente por el miedo son vulnerables porque el miedo destruye la confianza, que es el fundamento de toda comunidad humana duradera. Hace falta un esfuerzo mucho mayor para fomentar un sentido positivo de propósito común. Las organizaciones cívicas y el debate público tienen un papel fundamental en el fortalecimiento del tejido social desde la base.

Las ciudades sustituirán a los Estados
La proximidad física está cobrando importancia como contrapeso al anonimato de la globalización: en un mundo urbanizado, es probable que las ciudades adquieran cada vez más relevancia como unidades políticas y referentes de identidad. Con el tiempo, podrían ser más importantes para nuestra seguridad que los Estados, siempre que se establezcan mecanismos que garanticen un intercambio eficaz de datos.
La naturaleza cambiante de la guerra
La provisión de seguridad desde arriba, basada en el modelo weberiano del Estado con el monopolio del uso legítimo de la fuerza, no se adapta bien a la creciente dispersión del poder, incluido el poder letal, que multiplica la capacidad de las personas para causar estragos en una sociedad. Atacar resulta mucho más barato que defenderse, sobre todo, aunque no únicamente, en el mundo cibernético. No debería sorprendernos que esto convierta laguerra asimétricaen la forma más racional de hacer la guerra, lo que generaría una mayor inestabilidad.
El poder de la descentralización
La única forma de restablecer cierto equilibrio y estabilidad es organizar la defensa al nivel más bajo posible: capacitar a las personas para protegerse de los ciberataques mediante cifrado de punto a punto y empoderar a las ciudades para fortalecer los vínculos locales entre sus ciudadanos, dificultando así que actores externos lancen ataques. La transferencia de poder a las personas y a los niveles inferiores de gobierno también privará a los enemigos de objetivos cuyo valor reside en su simbolismo como centros de gran poder, reduciendo así la ventaja de los ataques asimétricos. La guerra nuclear, y también la ciberguerra, serán menos probables si no hay objetivos de importancia estratégica.
Un mundo feliz
Las consecuencias de esta transformación serán inevitablemente graduales, pero tendrán un gran alcance.
Las armas nucleares, por ejemplo, son la expresión máxima del sistema tradicional de Estados centralizados: para desarrollarlas se necesitan sus recursos, requieren una concentración extrema de la toma de decisiones para que la amenaza de utilizarlas resulte creíble y necesitan enemigos estructurados de forma similar para tener un objetivo. Es poco probable que su eliminación —esencial para la supervivencia de la humanidad a largo plazo— se deba a una decisión de abolirlas, pero podría producirse con el tiempo a medida que evolucionen las estructuras políticas y las vuelvan irrelevantes por falta de recursos, responsables centralizados de la toma de decisiones y objetivos.

En el plano estratégico, se revertirá la evolución del mundo hacia bloques cada vez mayores —Estados Unidos, China, Europa y Rusia—. La reacción actual contra un superestado europeo es en parte una expresión de nacionalismo nostálgico y en parte un reconocimiento de que las grandes estructuras pueden ser peligrosas, porque lo que está en juego es demasiado importante cuando se produce un cambio en la cúpula. Pero ahora está llegando a su fin la era de los grandes Estados.
Al mismo tiempo, el mundo se ha beneficiado enormemente de las economías de escala de la globalización y del dinamismo que aporta la diversidad. Las personas y las ciudades deben estar conectadas, pero es poco probable que esas conexiones reproduzcan el modelo piramidal del federalismo tradicional. La Unión Europea tendrá que adaptarse a esta nueva situación si quiere adelantarse a su tiempo.
Es más probable que, en un mundo más horizontal, la interoperabilidad y las comunicaciones entre entidades más pequeñas se logren mediante una multiplicidad de acuerdos específicos para cada tema que equilibren la legitimidad democrática y técnica: pensemos en la gobernanza evolutiva de internet.
En el plano operativo, así como «conozca a sus clientes» se ha convertido en una obligación para todo banco que respeta la ley, es probable que «conozca a sus vecinos» sea una característica de las sociedades del futuro. Si se aplica a grandes entidades, como los meg Estados o incluso las megaciudades, podría destruir el anonimato, una dimensión esencial de la libertad, y volver nuestras sociedades opresivamente orwellianas.
Sin embargo, si existe una multiplicidad de entidades políticas que nos permita elegir a nuestros vecinos y podemos proteger la privacidad mediante un cifrado sólido, ese riesgo se eliminará en gran medida. La libertad se garantizará menos mediante la separación de poderes y más mediante la yuxtaposición de múltiples poderes.
Por qué tiene sentido la descentralización
La experiencia actual con el aumento de los flujos de refugiados que llegan a Europa ofrece el mejor ejemplo del valor de la descentralización. Cuando los seres humanos son solo parte de una estadística, es fácil percibirlos como una amenaza. Cuando adquieren un rostro humano, resurge la empatía natural, como ha ocurrido en muchas pequeñas ciudades alemanas que han acogido a refugiados.
La defensa descentralizada llevará esa intuición a la práctica: la abstracción de la nación alimenta un nacionalismo peligroso; el empoderamiento de las personas conectadas por la proximidad fortalece el tejido de una sociedad abierta y resiliente.


