¿Qué nos dice el resultado electoral sobre Israel?

¿Qué nos dice el resultado electoral sobre Israel?
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Binyamin Netanyahu demostró que los encuestadores se equivocaban, no una vez, sino dos. En las semanas y los días previos a las elecciones de Israel, se pronosticó ampliamente su derrota. Luego, en las horas posteriores a la votación, los sondeos a pie de urna apuntaban a un empate entre su partido, Likud, y la Unión Sionista de centroizquierda, liderada por su principal rival, Yitzhak Herzog, con una ligera ventaja para el bloque de derecha. Varias horas después del cierre de las urnas, resultó que Likud era el gran vencedor: obtuvo 30 de los 120 escaños de la Knéset, frente a los 24 de la Unión Sionista.

Como resultado, Netanyahu no tendrá ninguna dificultad real para formar una coalición de gobierno de derecha. Los partidos decisivos en caso de empate —los partidos más pequeños y las listas electorales del centro del espectro político— han perdido la mayor parte de su poder de negociación.

Fue una elección crucial por dos motivos: el resultado reflejó el marcado giro a la derecha del electorado israelí y reforzó el dominio político de Netanyahu. Tan recientemente como en 2006, Ehud Olmert había ganado unas elecciones en Israel con una plataforma conciliadora, prometiendo ampliar a Cisjordania la retirada unilateral de Ariel Sharon de Gaza. En las elecciones de 2009, el partido Kadima, bajo su sucesora, Tzipi Livni, obtuvo un escaño más que Likud, pero no pudo formar una coalición de gobierno. Netanyahu sí lo consiguió y después ganó las elecciones de 2013. Ahora ha vuelto a ganar.

El giro a la derecha se debe tanto a factores estructurales como circunstanciales. Los partidos de derecha de Israel reciben apoyo de las comunidades ortodoxa y ultraortodoxa, de los colonos de Cisjordania y de una gran parte de las comunidades sefardí y rusa. Cuando el centroizquierda ganó elecciones en las últimas dos décadas, lo hizo con un líder de gran peso centrado en la seguridad: Yitzhak Rabin, Ehud Barak, Sharon (tras su conversión) y el sucesor de Sharon, Olmert. Aunque Herzog y Livni —quienes formaron la Unión Sionista al fusionar el partido Laborista de Herzog y el partido Hatnuah de Livni— tienen varias cualidades atractivas, no se ajustan al prototipo que prefiere el votante medio actual.

Estos elementos estructurales se han visto reforzados por los acontecimientos de la región, que han acentuado entre los votantes israelíes la sensación de estar amenazados por numerosos enemigos: Irán y sus ambiciones nucleares; Hezbolá y Hamás y sus misiles; el auge de ISIS en medio del fracaso de los Estados en Irak, Siria y otros lugares. En este contexto, es más fácil defender el statu quo que abogar por un entendimiento que implique concesiones territoriales.

La victoria de Netanyahu fue claramente una impresionante remontada personal. En las semanas previas a las elecciones, parecía que el público se había cansado de un primer ministro que llevaba suficiente tiempo en el cargo como para corromperse por la arrogancia del poder y quedar marcado por una serie de escándalos menores. Hizo campaña apoyándose en su elocuencia y carisma, así como en tácticas alarmistas. Y, lo que es más significativo, giró bruscamente a la derecha y dejó atrás a sus rivales. Así, dos días antes de las elecciones, revocó su aceptación formal, en 2009, de una solución de dos Estados y prometió que su gobierno nunca permitiría la creación de un Estado palestino.

La formación de un gobierno de derecha tendrá un profundo impacto en las políticas internas y exteriores del país. Netanyahu ya ha destruido su relación con el presidente estadounidense Barack Obama, y la relación de Israel con la Unión Europea no es mucho mejor. Un gobierno que siga asentando población en Cisjordania y se niegue a negociar con los palestinos verá erosionarse su legitimidad internacional y se enfrentará a boicots y sanciones. Las relaciones con Egipto y Jordania también se verán afectadas, y se frustrarán las esperanzas de colaboración con el campo árabe moderado. En el ámbito interno, es probable que cobren impulso los intentos de Likud y sus aliados de derecha de manipular el sistema judicial, la prensa y otras instituciones asociadas con la «vieja élite».

Netanyahu sabe lo arriesgado que será este rumbo dentro y fuera del país, por lo que probablemente invitará a Herzog a incorporarse al gobierno como socio menor. Herzog se enfrentaría entonces al mismo dilema que sus predecesores afrontaron en 2009 y 2013.

Los argumentos a favor y en contra de incorporarse al gobierno son bien conocidos. Hacerlo es lo responsable: ofrece la oportunidad de moderar las políticas del gobierno y reducir el riesgo de una catástrofe. Además, al ocupar una cartera importante, un socio menor puede evitar quedar marginado y fortalecer su posición de cara a las próximas elecciones.

Pero, como saben Livni y Barak, un socio menor suele acabar sin tener un impacto real en los asuntos fundamentales y limitarse a dar una apariencia de legitimidad al statu quo. Además, Herzog y Livni no son libres de tomar esa decisión por su cuenta. Algunos miembros del partido desean obtener carteras ministeriales y otros símbolos del poder, pero muchos más preferirían quedarse fuera y luchar.

Cuando Netanyahu viajó a Washington, DC, para pronunciar su controvertido discurso sobre Irán ante el Congreso de Estados Unidos, sus partidarios estadounidenses lo describieron como «churchilliano»: la voz solitaria y valiente que advertía a un mundo complaciente contra una fuerza maligna. Solo cabe esperar que ahora Netanyahu sea churchilliano en un sentido más profundo y use la posición que ha reforzado para tomar las decisiones audaces necesarias para sacar a su país de su actual situación y parálisis.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Itamar Rabinovich, exembajador de Israel en Estados Unidos, es presidente de The Israel Institute y académico sénior de la Universidad de Tel Aviv, la Universidad de Nueva York y la Brookings Institution.

Imagen: el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu se dirige a una sesión conjunta del Congreso. REUTERS/Gary Cameron.

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