La diplomacia tradicional ha muerto: es hora de apostar por la diplomacia en red

A man uses a smartphone in New York City, in this picture taken November 6, 2013. Twitter Inc raised the top end of its IPO price range by 25 percent and will close its books a day early, signaling strong demand for the most closely watched Silicon Valley debut since Facebook Inc last year. REUTERS/Mike Segar (UNITED STATES - Tags: SCIENCE TECHNOLOGY BUSINESS TELECOMS)
Open internet is the most important challenge for our global institutions and governments.Image: REUTERS/Mike Segar
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A medida que la diplomacia tradicional demuestra ser cada vez menos capaz de resolver o siquiera abordar los problemas globales, ha llegado la hora de apostar por la diplomacia en red. La diplomacia tradicional es el mundo de la diplomacia, los tratados y las instituciones internacionales, donde las decisiones solían tomarlas estadistas (en su mayoría, hombres) en embajadas y ministerios de Asuntos Exteriores con elegantes revestimientos de madera por todo el mundo. La diplomacia en red es la política exterior del siglo XXI: una compleja red de redes, coaliciones, alianzas e iniciativas impulsadas por empresas, ONG, iglesias, universidades, fundaciones, ciudades, provincias y personas muy decididas, que trabajan con sus gobiernos nacionales, junto a ellos o, a veces, en su contra.

Los politólogos y expertos en política exterior lamentan el declive del «orden internacional liberal», con el que se refieren al conjunto de instituciones internacionales creado en gran medida por Estados Unidos y sus aliados tras la Segunda Guerra Mundial. Las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio, la OCDE y muchas otras organizaciones globales relacionadas ya no son lo que eran, ni siquiera si dejamos de lado el cálido resplandor de la nostalgia.

El Acuerdo de París sobre el cambio climático fue un triunfo de la diplomacia global, pero estableció un marco por el que los países se comprometen a una serie de objetivos de reducción de emisiones que se actualizan con el tiempo, muy lejos del compromiso tradicional con un conjunto vinculante de obligaciones definidas conforme al derecho internacional. También es el primer acuerdo global alcanzado desde el Tratado internacional de prohibición de minas y la convención por la que se creó la Corte Penal Internacional, ambos en la década de 1990, aunque el mundo enfrenta muchas amenazas que exigen atención. El terrorismo, el tráfico de personas, drogas y armas, la degradación ambiental terrestre y marina, la escasez de alimentos y agua, las pandemias, la corrupción, los Estados fallidos, los migrantes y refugiados, y toda clase de violencia figuran en la lista.

La diplomacia en red parte de la premisa de que, mientras que el orden internacional es un mundo de Estados soberanos —los únicos actores, junto con las instituciones internacionales, reconocidos como sujetos de derecho internacional—, el mundo que habitamos en realidad, a diferencia del que construimos en nuestra mente y sobre el papel, es una vasta red de redes interconectadas. Imagina un mapa de internet, o del mundo de noche con corredores de luz que atraviesan los continentes, y entenderás la idea. En ese mundo, cualquiera puede iniciar y llevar adelante acciones globales, como bien saben los terroristas y quienes trafican con drogas, armas y personas, así como otros delincuentes.

Por supuesto, ayuda contar con poder e influencia en el ámbito nacional. Dos de los mejores ejemplos de diplomacia en red eficaz fueron impulsados por la Fundación Gates y Bloomberg Philanthropies.

La Alianza Mundial para Vacunas e Inmunización (GAVI) ha contribuido, según sus propias estimaciones, a inmunizar a casi 640 millones de niños. Reúne a fundaciones y organizaciones multilaterales para colaborar con los gobiernos de países desarrollados y en desarrollo, organizaciones de la sociedad civil, la industria farmacéutica mundial e institutos de investigación y técnicos de todo el mundo. La Fundación Gates y otras entidades filantrópicas aportan financiación, las empresas farmacéuticas desarrollan vacunas, la Organización Mundial de la Salud regula la calidad de las vacunas y las organizaciones de la sociedad civil llevan a cabo programas de inmunización.

En el ámbito climático, Bloomberg Philanthropies impulsó y financió la creación del Pacto Global de Alcaldes por el Clima y la Energía, que conecta y moviliza a actores gubernamentales y no gubernamentales en más de 7.100 ciudades de todo el mundo para reducir las emisiones de carbono y mitigar los efectos del cambio climático. Esos alcaldes desempeñaron un papel importante al promover el Acuerdo de París y ahora trabajan para aplicarlo, independientemente de sus gobiernos nacionales.

Donald Trump anunció que se retiraría del Acuerdo de París el 1 de junio de 2017 (un acto de diplomacia tradicional). Horas después, el exalcalde de Nueva York Michael Bloomberg tuiteó: «No podemos esperar a que los gobiernos nacionales actúen contra el cambio climático. Para encontrar soluciones, miremos a las ciudades». Al día siguiente, 30 alcaldes, tres gobernadores, más de 80 rectores universitarios y 100 líderes empresariales empezaron a negociar con la ONU para que sus compromisos de reducción de emisiones de carbono fueran aceptados junto con los de otros países (diplomacia en red).

Cabe señalar que GAVI es una «alianza», mientras que la organización de alcaldes creada por Bloomberg se define como un «pacto global». Son términos clásicos de la diplomacia: los Estados establecen alianzas y celebran pactos. Y, en el orden internacional liberal, fijan la agenda mundial y controlan el grado de acción o inacción.

Es muy posible que ese orden esté en declive, paralizado por la enorme cantidad de gobiernos que deben ponerse de acuerdo sobre cualquier asunto en un mundo de casi 200 Estados y dividido por los bloqueos entre las grandes potencias emergentes, las que recuperan su posición y las que defienden el statu quo. Pero está surgiendo otro orden: alrededor, por encima, por debajo y a través del mundo de los Estados, concebido como un tablero de ajedrez. Es mucho más desordenado y difícil de ver. Pero promete ser mucho más fácil de moldear o, al menos, de penetrar.

Los dos órdenes pueden y llegarán a confluir. De hecho, el Acuerdo de París reconoce a los alcaldes y otros actores como «partes interesadas que no son parte». No pueden ser «parte» del acuerdo conforme al derecho internacional, pero los gobiernos participantes reconocen que estos otros actores tienen intereses en el resultado y cada vez los involucran más de diversas formas durante las negociaciones.

Los gobiernos también están reconociendo el valor de crear redes en línea y conectarse a ellas. La gran estrategia de China, «Una Franja, una Ruta», concebida para reactivar las rutas comerciales terrestres y marítimas desde China, pasando por Asia Sudoriental y Asia Central, hasta Europa, prevé un mundo de redes comerciales, de seguridad y culturales en el que todos los caminos conducen a Pekín. La Unión Europea sigue el ritmo. En su Estrategia Global de 2016 para la Política Exterior y de Seguridad, propone actuar como impulsora de la agenda, conectora, coordinadora y facilitadora dentro de un mundo interconectado.

Canadá también lleva ventaja, sin duda con respecto a su vecino del sur. El documento de política exterior del Partido Liberal, Canada In The World, lleva como subtítulo A Global Networks Strategy. Su objetivo es ganar influencia mediante la «conectividad», colaborando con gobiernos, organizaciones no gubernamentales, el sector privado y grupos demográficos diversos, desde los jóvenes y el mundo académico de Canadá hasta grupos religiosos y artistas.

Sin embargo, conectar requiere apertura, tanto dentro de las sociedades como a través de las fronteras. «Cerrado» significa cortar y bloquear conexiones. Para formar parte de internet a escala mundial, un Estado debe permitir que sus ciudadanos se conecten. Para que los ciudadanos y otros actores de la red se organicen a escala global, deben poder encontrar a sus homólogos en otros países y conectarse con ellos.

La condición de apertura o cierre será, entonces, la línea divisoria del orden global que está surgiendo, una división tan marcada como la que separó a los países capitalistas de los comunistas durante la Guerra Fría. Luchar por la apertura —de las personas, los bienes, los servicios, el conocimiento y las comunicaciones— y crear las condiciones nacionales e internacionales para que pueda prosperar es el desafío más importante para nuestras instituciones globales, nuestros gobiernos y todos nosotros.

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