El gran químico del siglo XIX Louis Pasteur dijo una vez: «La ciencia no conoce fronteras porque el conocimiento pertenece a la humanidad y es la antorcha que ilumina el mundo». Las tecnologías e ideas innovadoras que hoy recorren el planeta están demostrando que Pasteur tenía razón de maneras que difícilmente podría haber imaginado. De hecho, los avances que impulsan la Cuarta Revolución Industrial pertenecen a toda la humanidad.
Aunque el impacto de la innovación es mundial, afecta a distintas poblaciones de maneras muy diferentes. Para algunos, las realidades que cambian rápidamente han mejorado sus perspectivas económicas; para otros, que se quedan atrás con este progreso, proyectan una sombra cada vez más oscura de descontento con la economía global. Quienes creemos —por la historia y la experiencia— en el poder de la innovación para impulsar oportunidades y prosperidad en todo el mundo debemos redoblar nuestros esfuerzos para forjar un capitalismo más inclusivo, cuyos beneficios lleguen a todos.
No cabe duda de que, históricamente, la innovación y el comercio mundial han sido fuerzas extraordinarias para el progreso. Según los datos más recientes disponibles, la economía global es más de cinco veces mayor que hace medio siglo, y el PIB mundial per cápita se ha más que duplicado en el mismo período. Estas cifras representan algo más que mayores beneficios para las empresas: también equivalen a millones de empleos creados y miles de millones de vidas mejoradas. En 2015, el Banco Mundial estimó que la proporción de la población mundial que vivía en pobreza extrema había caído por primera vez por debajo del 10 %, frente a más del 40 % apenas tres décadas antes.

Sin embargo, también es evidente que la economía global no beneficia a todos por igual. De hecho, muchas personas creen que no las beneficia a todas —y con razón—. En julio de 2016, el McKinsey Global Institute publicó un informe exhaustivo sobre los ingresos en 25 economías avanzadas de todo el mundo, que concluyó que entre el 65 % y el 70 % de los hogares pertenecía a segmentos cuyos ingresos medios se estancaron o disminuyeron entre 2005 y 2014.

La cifra resulta aún más sorprendente si se compara con los 12 años anteriores a 2005, cuando menos del 2 % de los hogares pertenecía a segmentos con ingresos estancados o a la baja. Por tanto, no debería sorprendernos que la mayoría de los ciudadanos de varios de estos países afirme que la economía global ya no es una fuerza para el bien.
Esta frustración generalizada está claramente justificada. Pero, para impulsar el progreso, debemos tomar medidas que corrijan lo que funciona mal en la economía global y, al mismo tiempo, participar activamente en ella. En el Reino Unido, por ejemplo, la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria prevé que la salida de la Unión Europea reducirá el crecimiento económico británico en 2,4 puntos porcentuales para 2020. Sin una acción decidida e inclusiva, el riesgo económico no dejará de crecer. Y aunque los gobiernos tienen un papel indispensable, el liderazgo del sector privado es igual de esencial.
Hoy, el sector privado tiene una oportunidad real de impulsar un nuevo tipo de capitalismo —el capitalismo inclusivo— que no solo genere beneficios para las empresas, sino que de verdad cree oportunidades y prosperidad para todos. Por supuesto, lograrlo no será fácil. Exigirá que las empresas, en particular las que tienen alcance mundial, asuman responsabilidades que tradicionalmente han quedado fuera de su misión y más allá de sus balances. Las empresas tendrán que hacer más para maximizar el valor que crean para todas las personas y comunidades a las que afecta su actividad. En estos aspectos esenciales, podemos —y debemos— redefinir el papel de las empresas en la sociedad.
Esto no significa que las empresas deban convertirse en entidades benéficas. Todo lo contrario: las empresas que crezcan y tengan éxito en este entorno volátil serán las que más valor creen para la sociedad en su conjunto. Las empresas que definan el siglo XXI reconocerán que su licencia para operar no se la conceden simplemente sus accionistas o los gobiernos; también se la ganan mediante las soluciones que ofrecen, los empleos que crean y el papel que desempeñan en comunidades de todo el mundo.

En última instancia, el capitalismo inclusivo consiste en volver a abrazar el propósito más puro de las empresas: resolver problemas y mejorar la vida de las personas. Especialmente en una era de incertidumbre —con tantos grandes desafíos mundiales por resolver—, es la única forma de garantizar que el progreso alcanzado durante el siglo pasado continúe durante el próximo siglo y más allá.


