Aunque algunos países (y ciudades) van peor que otros, el mundo se está volviendo más seguro y más próspero en conjunto, por difícil que resulte creerlo. Esto es especialmente cierto en los países democráticos, que destacan por sus mayores tasas de crecimiento económico y mayores niveles de bienestar. Las democracias también tienden a registrar menos guerras y genocidios, prácticamente ninguna hambruna y ciudadanos más felices, más sanos y con mejor formación.
La buena noticia es que una mayoría considerable de la población mundial vive ahora en una democracia. Sin embargo, en algunos de estos países, y no en menor medida en Estados Unidos, el auge de partidos y líderes políticos populistas y nativistas con tendencias autoritarias ha generado un sentimiento innegable de pesimismo, que lleva a muchos a temer por el futuro de la democracia. ¿Tienen razón las personas al preocuparse?
Un cambio democrático
Muchas personas olvidan que la democracia liberal es una idea relativamente nueva. La mayoría de sus principios fundamentales (la separación de poderes, los derechos humanos, las libertades civiles, la libertad de expresión y de reunión, los medios de comunicación pluralistas y las elecciones libres, justas y competitivas) no se consolidaron realmente hasta el siglo XX. Hasta hace unos pocos cientos de años, la mayoría de las sociedades había oscilado entre la anarquía y diversas formas de tiranía.
Los gobiernos anteriores a la era moderna apenas mejoraron la vida de sus súbditos, a quienes a menudo mantenían bajo control mediante una represión brutal. El despotismo despiadado perduró en la mayoría de los lugares, porque la alternativa, un estado hobbesiano de anarquía, era aún peor. La aparición de la democracia distó mucho de ser inevitable.
De hecho, la expansión de los gobiernos democráticos después del siglo XVIII fue más bien un proceso irregular. Según el difunto politólogo de la Universidad de Harvard Samuel P. Huntington, se produjo en tres oleadas. La primera comenzó en el siglo XIX, liderada por Estados Unidos, que había desarrollado un sistema de democracia constitucional muy admirado por sus controles sobre el poder y los privilegios ejecutivos, legislativos y judiciales. A lo largo del siglo XIX, los países de Europa Occidental, en particular, emularon el modelo estadounidense. Para 1922, existían unas 29 democracias en el mundo, aunque esa cifra se reduciría a 12 para 1942.
La segunda oleada, según Huntington, llegó tras la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial y alcanzó su punto máximo en 1962, cuando había 36 democracias en el mundo. Una vez más, la oleada retrocedió en cierta medida. En 1975, el número había descendido a 30, debido a las tomas de poder comunistas y a la reacción de los regímenes autoritarios en Europa, América Latina, África, Oriente Medio y el sudeste asiático.
La tercera oleada fue más bien un tsunami. Los gobiernos militares y fascistas cayeron por doquier durante las décadas de 1970 y 1980. Tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y el colapso de la Unión Soviética en 1991, el número de democracias en todo el mundo se triplicó de hecho. Al inicio de la administración del presidente estadounidense Barack Obama, en 2009, había 87 democracias en todo el mundo.
¿Retrocediendo?
Mirando atrás, el período inmediatamente posterior a la Guerra Fría parece una edad de oro de la consolidación democrática. Pero también fue una época en la que el vertiginoso ritmo del cambio alimentó nuevas inquietudes sobre la salud real de muchos gobiernos recién democratizados.
Hoy, la confianza en la marcha progresiva de la democracia se está debilitando. Los académicos hablan con preocupación de cómo las democracias sufren de “resaca,” “retroceso,” “recesión,” y hasta “depresión.” Otros temen que las democracias se vacíen y se conviertan en democracias “parciales,” “de baja intensidad,” “vacías,” y “iliberales.” En estos casos, las elecciones siguen celebrándose, pero las libertades civiles y los controles del poder son desdeñados.
Además, el fracaso de las “revoluciones de color” de 2003-2005 en Georgia, Ucrania y Kirguistán fue muy desmoralizador, como lo fue el fracaso de la Primavera Árabe de 2010-2011 en Egipto, Libia, Siria y otros lugares de Oriente Medio y el norte de África. Más recientemente, la gobernanza autoritaria en nuevas democracias como Hungría, Polonia y Turquía, y en democracias consolidadas como Estados Unidos, han hecho sonar las alarmas. Y una avalancha incesante de titulares negativos en otras democracias ha reforzado la sensación de que el iliberalismo y el populismo nacionalista están resurgiendo. Organismos de vigilancia como Freedom House están convencidos de que el mundo se ha vuelto cada vez menos libre.
Una serie de nuevos libros ha aumentado la sensación creciente de fatalidad. En Cómo mueren las democracias, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, de la Universidad de Harvard, sostienen que las democracias suelen morir no con un estallido, sino con un gemido, a medida que demagogos como el presidente Donald Trump en Estados Unidos socavan gradualmente los controles y contrapesos.
Del mismo modo, en El pueblo contra la democracia, Yascha Mounk, de Harvard, advierte de que la democracia liberal está cediendo el paso a un “liberalismo antidemocrático” y a una “democracia iliberal”. El primero protege los derechos básicos, pero delega el poder real en organismos tecnocráticos no elegidos, como la Comisión Europea. La segunda cuenta con líderes elegidos democráticamente que ignoran los derechos de las minorías. En términos más generales, Mounk y otros temen que los jóvenes, incluidos los de Occidente, se estén alejando de la democracia.
Lo que muestran los datos
Y, sin embargo, hay motivos para dudar de que la democracia esté en retirada en todo el mundo. Para empezar, no hay ninguna prueba clara de un declive drástico del apoyo a la democracia en la mayoría de los países, incluido Estados Unidos. Esto no significa que deba ignorarse el aumento actual del número de autocracias; pero sí sugiere que los réquiems por la democracia pueden ser prematuros.
Las encuestas que muestran un descenso del apoyo global a la democracia también deben interpretarse con cierto escepticismo. Al fin y al cabo, es difícil discernir el apetito de los ciudadanos por la democracia en países gobernados por regímenes autoritarios, donde los encuestados deben tener cuidado al declarar públicamente tales posiciones.
De hecho, las investigaciones del Centro para la Paz Sistémica, a través del Proyecto Polity sugieren que la gran tercera oleada de democratización, lejos de retroceder, podría dar paso eventualmente a una cuarta oleada. En 2015, el último año para el que hay datos del Proyecto Polity, había 103 democracias en el mundo, que representaban más de la mitad de la población mundial. Si se suman los 17 países clasificados como más democráticos que autocráticos, la proporción de población que vive en democracias asciende a dos tercios. En comparación, a principios de la década de 1800 apenas el 1 % de la población vivía en países democráticos. Incluso reconociendo que existen muchos matices en la gobernanza democrática, esta estadística por sí sola debería hacer reflexionar a los agoreros de la democracia.
Sin duda, la resiliencia de la democracia no debe convertirse en una fuente de complacencia. La expansión continuada de la gobernanza democrática está lejos de estar garantizada. Al desglosarla por niveles de pluralismo, participación política y respeto de las libertades civiles, varias democracias muestran signos inequívocos de retroceso. Según el Índice de Democracia de la Unidad de Inteligencia de The Economist, solo 19 países, la mayoría de ellos en Europa Occidental, pueden describirse como “democracias plenas”, frente a las “democracias defectuosas”, los “regímenes híbridos” o los “regímenes autoritarios”. De los 167 países incluidos en el índice, 89 registraron signos de deterioro en 2017 en comparación con el año anterior.
Entre los países que se deslizan hacia el autoritarismo figuran algunos conversos democráticos recientes, como el llamado Grupo de Visegrado: la República Checa, Hungría, Polonia y Eslovaquia. Filipinas, dirigida por otro populista iliberal, Rodrigo Duterte, elimina de forma constante las restricciones liberales. Algunos de los líderes populistas de estos países se han inspirado en otros líderes fuertes elegidos, como Recep Tayyip Erdoğan en Turquía y Vladímir Putin en Rusia.
La experiencia de estos países demuestra que, si bien la democracia sigue siendo preferida por la mayor parte del mundo, está lejos de ser el único modelo de gobierno. Asimismo, las teocracias del mundo islámico y el capitalismo autoritario de China ofrecen alternativas atractivas para autócratas y populistas, porque pueden generar ciertas ventajas económicas a corto plazo.
La promesa duradera de la democracia
Aun así, frente a todas estas amenazas existenciales, conviene recordar que la democracia ha tenido tanto éxito no solo gracias a instituciones procedimentales como las elecciones o los controles y contrapesos, pese a lo cruciales que son. Parafraseando a Winston Churchill, podría ser que, a pesar de sus muchos defectos, la democracia siga siendo preferible a las alternativas. Las democracias, después de todo, permiten que las personas destituyan a sus representantes sin recurrir al derramamiento de sangre.
Como John Mueller, de la Universidad Estatal de Ohio, observa, las democracias liberales bien gobernadas dan a las personas la libertad de “quejarse, presentar peticiones, organizarse, protestar, manifestarse, hacer huelga, amenazar con emigrar o separarse, gritar, publicar, exportar sus fondos, expresar falta de confianza”. Y, lo que es aún mejor, el “gobierno tenderá a responder a los gritos de quienes protestan”. Mueller nos recuerda que incluso las democracias liberales más maduras son obras en curso que necesitan un cuidado y una mejora constantes. En el nivel más básico, las democracias exitosas son aquellas que protegen a la ciudadanía de la violencia y de los atractivos cantos de sirena de los líderes fuertes que afirman representar por sí solos al pueblo.
Para que una democracia (ya sea presidencial, parlamentaria o monárquico-constitucional) prospere, los ciudadanos deben estar convencidos de que es una alternativa mejor que la teocracia, el derecho divino de los reyes, el paternalismo colonial o el gobierno autoritario. A lo largo de los últimos siglos, las personas de todo el mundo llegaron a reconocer que lo es, y la idea de la democracia liberal se volvió así contagiosa.
A pesar de sus limitaciones, las democracias han demostrado ser notablemente eficaces para frenar los instintos más siniestros de los gobiernos. Consideremos los derechos humanos, que se han codificado ampliamente desde 1948, año en que las Naciones Unidas adoptaron la Declaración Universal de Derechos Humanos. Cabe reflexionar de forma similar sobre la pena capital, que solía ser la norma mundial. Las proyecciones más recientes sugieren que la pena capital podría abolirse por completo en todo el mundo en menos de una década.
Cambios tan profundos nos recuerdan por qué debemos luchar por elecciones libres y justas, los derechos de las minorías, la libertad de prensa y el Estado de derecho. Aunque muchas democracias han enfrentado una crisis de confianza en los últimos años, sus extraordinarias victorias y su superioridad continua frente a las alternativas siguen siendo motivos para el optimismo.


