Ya sea que surjan en Estados Unidos, Europa o Asia, los populistas son previsibles. Los inmigrantes y las élites suelen ser los primeros objetivos de estos grupos. Los populistas apelan a los ciudadanos «auténticos» para que recuperen su patria mediante muros fronterizos y proteccionismo comercial. La prensa libre también será objeto de ataques: los populistas la describen como «noticias falsas» y enemiga de la verdad. Después, el populista dirigirá sus ataques contra el poder judicial y los mecanismos legislativos encargados de controlar el poder ejecutivo.
Pese a la preocupación mundial por populistas como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, y el primer ministro de Hungría, Viktor Orban, sigue habiendo un nivel sorprendente de confusión sobre qué es y qué no es el populismo. Aunque existen múltiples definiciones en circulación, el populismo puede resumirse en tres características esenciales: políticas populares, pero insostenibles; la designación de un grupo específico de la población como los únicos miembros «legítimos» de una nación; y estilos de liderazgo muy personalizados que hacen hincapié en una relación directa con «el pueblo».

Hay cada vez más consenso en que el populismo constituye una grave amenaza para la democracia liberal y para el orden internacional liberal sobre el que se han sustentado la paz y la prosperidad durante las dos últimas generaciones. Las democracias dependen de acuerdos para compartir el poder, tribunales, legislaturas y medios de comunicación libres e independientes que controlen el poder ejecutivo. Como estas instituciones obstaculizan el libre accionar de los populistas, a menudo son objeto de ataques virulentos. Esto ocurre especialmente con la variante derechista del populismo que se está extendiendo por Estados Unidos y Europa occidental y oriental.
El orden internacional liberal depende, a su vez, de instituciones como las Naciones Unidas, la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la Organización Mundial del Comercio, el G20, la Unión Europea, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y otras, para facilitar el movimiento de bienes e inversiones a través de las fronteras. Todas ellas, junto con los principios y valores subyacentes que les dieron origen, han estado en la mira de los políticos populistas en los últimos años.
Varios factores están propiciando la propagación de esta virulenta variedad de populismo. En primer lugar, están los factores económicos vinculados al declive de la clase media occidental y a la concentración extrema de la riqueza en manos de la élite. Luego están las debilidades políticas inherentes a las propias democracias, que dependen de coaliciones conflictivas y electorados divididos. Estas deficiencias son explotadas habitualmente por líderes carismáticos y autoritarios. Igual de importantes son los factores culturales relacionados con el resentimiento hacia quienes llegan y con la sensación de algunos de que los extranjeros se han apropiado del país.
Estos factores explican por qué la inmigración, al menos en Occidente, actúa como un catalizador del populismo. El aumento de migrantes y solicitantes de asilo durante la última década —en parte, resultado de intervenciones militares fallidas en Oriente Medio y de controles migratorios y fronterizos deficientes— ha agudizado la preocupación por el rápido cambio cultural en algunas zonas de Estados Unidos y Europa. No sorprende, entonces, que la política identitaria —ya sea en torno a la etnia, el idioma, la religión o la sexualidad— esté desplazando rápidamente a la clase social como característica definitoria de la política contemporánea.
El futuro del orden liberal mundial depende en gran medida del rumbo que tome el populismo en Estados Unidos. Al fin y al cabo, Estados Unidos fue el principal arquitecto y custodio del orden mundial durante los últimos 70 años. Si retira su apoyo, es probable que el orden se desmorone. Hay indicios de que los controles y contrapesos constitucionales de Estados Unidos están resistiendo la tormenta, pese a los denodados esfuerzos del señor Trump. La verdadera pregunta ahora es si el presidente y el Partido Republicano podrán mantener su control del Gobierno después de las elecciones de mitad de mandato de 2018.
Pese a las amenazas que representan para el señor Trump las investigaciones en curso sobre la injerencia rusa en las elecciones estadounidenses, hay indicios de que podría sobrevivir a las elecciones de mitad de mandato de 2018 y quizá ganar un segundo período en el cargo. Las razones pueden atribuirse al hecho de que la economía estadounidense marcha hoy extremadamente bien. Aunque el señor Trump no puede atribuirse todo el mérito, es probable que se considere que la reciente reducción de impuestos republicana contribuyó positivamente a la prosperidad general, pese a que aumentó los déficits fiscales a largo plazo. El desplazamiento constante de los demócratas hacia la izquierda de los votantes estadounidenses y su persistente atención a la política identitaria, benefician a los partidarios de Trump. Lo que importa no son los tuits, sino el estado de la economía.
No es exagerado decir que el destino del orden liberal mundial pende de un hilo. Si los demócratas recuperan la mayoría en la Cámara de Representantes en 2018 y luego ganan la presidencia, es probable que el señor Trump pase a la historia como una anomalía desagradable. Pero si los demócratas pierden en 2018 y el señor Trump gana la presidencia en 2020, la polarización en Estados Unidos se profundizará y probablemente aumentarán los ataques contra las instituciones liberales. Estados Unidos seguirá retirándose del orden mundial y el poder se desplazará de Occidente a Oriente. La transición de un mundo unipolar a uno multipolar se acelerará, con consecuencias peligrosas.
Más allá del señor Trump, hay otras razones por las que los populistas representan una amenaza muy real para el orden liberal mundial. Por un lado, suelen restar importancia a los cambios sistémicos que generan los avances tecnológicos. Ante las enormes perturbaciones que provocará la automatización, se recurre a apelaciones superficiales a la relocalización de la producción y a discursos imprudentes sobre guerras comerciales con China. También hay señales preocupantes de que los populistas se están uniendo, como en la República Checa, Hungría, Polonia y Serbia, lo que plantea riesgos para la integridad de instituciones que van desde la ONU hasta la UE y la OTAN.
Una cosa es segura: el camino que tenemos por delante es radicalmente incierto.


