El sector agrícola presenta oportunidades clave para mejorar la nutrición y la salud. Sin embargo, a menudo no se presta la debida atención a esta conexión, a pesar de las iniciativas paralelas en los tres sectores.
Los posibles efectos de las actividades agrícolas en la salud y la nutrición se manifiestan por diversos canales. Uno de ellos es la capacidad de los hogares para producir, comprar y consumir más alimentos, de mejor calidad y más baratos. En los últimos 40 años, los avances agrícolas, como la Revolución Verde, duplicaron la producción y el rendimiento de los cereales, mejorando el bienestar de muchas personas y sentando las bases de un notable crecimiento económico. Más recientemente, los esfuerzos de biofortificación destinados a obtener y difundir cultivos ricos en micronutrientes, como vitamina A, zinc y hierro, han mejorado la ingesta de vitaminas y minerales entre los consumidores de África y Asia.
Otra contribución importante de la agricultura a la nutrición y la salud es el aumento de los ingresos rurales, que permite a las personas mejorar su alimentación. La población pobre se concentra abrumadoramente en las zonas rurales y obtiene una parte significativa de sus ingresos de las actividades agrícolas. Dada la importancia de la agricultura para los medios de vida de la población rural pobre, el crecimiento agrícola tiene el potencial de reducir considerablemente la pobreza, un factor clave que contribuye a la mala salud y la desnutrición. Las actividades agrícolas también pueden generar efectos en toda la economía, como el aumento de los ingresos públicos para financiar programas de salud, infraestructura e intervenciones nutricionales.
La intensificación agrícola ha sido esencial para alimentar a la creciente población mundial, pero también ha traído consigo riesgos para la salud de las personas, entre ellos enfermedades zoonóticas, enfermedades transmitidas por el agua y los alimentos, riesgos laborales y degradación y sobreexplotación de los recursos naturales. Asimismo, se ha vinculado la subvención del agua, la energía (electricidad) y los fertilizantes con decisiones de consumo y producción distorsionadas y con el desplazamiento de la inversión pública.
Aún queda mucho por hacer
Pese a los importantes avances, persisten graves preocupaciones sobre la situación nutricional y sanitaria en todo el mundo en desarrollo. Se estima que 805 millones de personas todavía pasan hambre, y muchas también sufren hambre oculta, es decir, carencias de vitaminas y minerales esenciales asociadas a diversos efectos negativos para la salud y la economía. Al mismo tiempo, 2.100 millones de personas en todo el mundo (el 37 % de los hombres y el 38 % de las mujeres) padecen obesidad o sobrepeso, y esta cifra va en aumento (especialmente en el mundo en desarrollo), junto con un incremento de las enfermedades no transmisibles, como la diabetes, las cardiopatías y algunos tipos de cáncer.
Se puede hacer mucho más para aprovechar el potencial de la agricultura para mejorar la nutrición y la salud.
Un primer paso fundamental es mejorar los conocimientos sobre la interrelación entre agricultura, nutrición y salud. Debemos ir más allá de la búsqueda ciega de un crecimiento agrícola indiscriminado. En cambio, debemos promover un crecimiento «más inteligente», aprendiendo más sobre los efectos en la salud y la nutrición de los distintos patrones de desarrollo agrícola por subsector. Entre las medidas importantes para ampliar esta base de conocimientos figuran las inversiones en investigación, evaluación y sistemas educativos capaces de integrar información de los tres sectores.
A partir de estos conocimientos, deben diseñarse estrategias agrícolas que minimicen los riesgos y maximicen los beneficios para la nutrición y la salud en toda la cadena de valor, desde la producción hasta el consumo. Entre las medidas importantes figuran el desarrollo y la difusión de alimentos más nutritivos y biofortificados que consuman las personas pobres, así como campañas de información pública y políticas de precios que aborden tanto la desnutrición como la obesidad. Los responsables de formular políticas deben eliminar las subvenciones distorsionadoras y utilizar los ahorros resultantes para diversificar la producción y el consumo agrícolas e incluir productos alimentarios más nutritivos, como legumbres, verduras, frutas y productos lácteos. Estas iniciativas también deben centrarse en mejorar las prácticas y políticas de procesamiento, incluida una mejor infraestructura de transporte y almacenamiento que reduzca la pérdida y el desperdicio de alimentos.
Un lenguaje común
La generación de conocimientos y estrategias más integrados exige un entorno de políticas e investigación en el que puedan prosperar la cooperación y las alianzas entre los tres sectores. Las partes interesadas deben dejar de lado la jerga, que desalienta la comunicación clara, y trabajar para desarrollar un lenguaje común. Las alianzas entre los sectores privado y público desempeñan un papel especialmente importante en la mejora de la eficiencia de las cadenas de valor poscosecha. Un enfoque más colaborativo debe comenzar con programas de formación y educación intersectoriales, junto con directrices claras y responsabilidades definidas para las partes interesadas.
Todos debemos empezar a tomar medidas concretas para ayudar a las personas a superar la mala salud y la malnutrición. Un paso importante en esta dirección es adoptar una nueva vía para el desarrollo agrícola, en la que el crecimiento agrícola se utilice no solo para aumentar la producción de alimentos, sino también para mejorar la nutrición y la salud.
Autor: Shenggen Fan es director general del Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (IFPRI) y vicepresidente del Consejo de la Agenda Global sobre Seguridad Alimentaria y Nutricional.
Imagen: Un agricultor trabaja en un arrozal a las afueras de Hanói el 7 de septiembre de 2011. REUTERS/Kham



