¿Ha alcanzado su auge el populismo? Qué nos dice la victoria de Emmanuel Macron

A supporter holds a french flag during a political rally of Jean-Luc Melenchon of the French far left Parti de Gauche and candidate for the 2017 French presidential election, in Toulouse, Southwestern France, April 16, 2017. REUTERS/Regis Duvignau - RTS12J8U
Most French voters are sick of a political class that feathers its own nest while neglecting their concerns.Image: REUTERS/Regis Duvignau
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Después del año pasado, cuando el Reino Unido votó a favor de abandonar la Unión Europea y Estados Unidos eligió presidente a Donald Trump, el nacionalismo xenófobo empezaba a parecer irresistible. Sin embargo, Francia se ha convertido ahora en la mayor potencia que desafía esa tendencia, al elegir presidente a Emmanuel Macron, socialmente liberal, favorable a la inmigración y proeuropeo. ¿Ha llegado realmente a su punto máximo la ola de populismo de derecha en Occidente, como afirman algunos?

La notable victoria de Macron sin duda merece celebrarse. Como centrista independiente que se presentaba a sus primeras elecciones, Macron derrotó hace dos semanas, en la primera vuelta, a los candidatos de los partidos tradicionales y obtuvo casi dos tercios de los votos en la segunda vuelta frente a Marine Le Pen, del ultraderechista Frente Nacional. Como único candidato destacado que adoptó una postura firme contra el presidente ruso Vladímir Putin, se enfrentó a una filtración de última hora de correos electrónicos pirateados (y falsos), además de otros intentos de desacreditarlo.

Macron logró todo esto ofreciendo un mensaje de esperanza a un país enojado y deprimido. Se presentó como un outsider dinámico, capaz de impulsar cambios en un sistema político paralizado. Su juventud —tiene apenas 39 años— refuerza la imagen de renovación. Al igual que en el caso del primer ministro canadiense Justin Trudeau, también ayudan su buen aspecto y su encanto natural.

Pero cumplir la promesa de cambio no será fácil. Al igual que el Reino Unido y Estados Unidos, Francia sigue profundamente dividida entre quienes favorecen una sociedad liberal y abierta y quienes buscan una política y unas fronteras cerradas, entre los partidarios de la integración europea y mundial y los defensores del nacionalismo y el proteccionismo.

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La amplia ventaja de Macron sobre Le Pen resulta engañosa, pues oculta la persistente fragmentación y polarización de la sociedad francesa. En la primera vuelta, solo la mitad del electorado votó por candidatos ampliamente favorables a la UE, mientras que la otra mitad respaldó a candidatos de extrema izquierda o extrema derecha que detestan a la UE en su forma actual. Aunque Macron quedó en primer lugar, obtuvo solo el 24 % de los votos: apenas tres puntos porcentuales más que Le Pen y el porcentaje más bajo para un candidato en cabeza desde Jacques Chirac en 2002.

Al igual que Chirac —quien se enfrentó en la segunda vuelta de 2002 a Jean-Marie, el padre de Le Pen—, Macron ganó la segunda vuelta por una amplia mayoría, no porque hubiera cautivado a los votantes franceses, sino porque muchos no podían decidirse a votar por el Frente Nacional. Y aunque Le Pen obtuvo un resultado peor de lo esperado, su 34 % en la segunda vuelta fue casi el doble del que logró su padre en 2002.

En el sistema semipresidencial francés, Macron solo podrá impulsar el cambio que prometió si cuenta con una mayoría que lo apoye en la Asamblea Nacional. Sin embargo, está lejos de ser seguro que los votantes franceses se la concedan en las elecciones legislativas del próximo mes: una reciente encuesta sugería que el 61 % no quiere que Macron obtenga la mayoría.

Algunas proyecciones sí prevén que ¡En Marcha!, el movimiento político que Macron fundó hace un año y que concurrirá a las elecciones con un nuevo nombre, ¡La República En Marcha!, se convierta en el mayor grupo parlamentario, pero indican que no alcanzará la mayoría. Algunos prevén que los Republicanos, que se consideran con derecho a gobernar tras cinco años de un Gobierno socialista impopular, quedarán en primer lugar. Incluso podrían obtener la mayoría, lo que obligaría a Macron a nombrar a un primer ministro y un Gobierno conservadores.

Las perspectivas de Macron también dependen de cuántos políticos socialistas y republicanos desencantados (u oportunistas) opten por ¡En Marcha!, así como de la capacidad de Macron para llegar a acuerdos con partidos y candidatos. Si ningún candidato de una circunscripción obtiene la mayoría en la primera vuelta, pasan a la segunda los dos más votados, junto con cualquier candidato que haya obtenido más del 12,5 % de los votos. Por tanto, los pactos electorales son fundamentales para asegurar la retirada y el apoyo de candidatos menos populares que podrían restar votos a los candidatos de ¡En Marcha! , la mitad de los cuales serán recién llegados a la política.

Y conseguir una mayoría funcional es solo el primer paso. Si lo logra, Macron tendrá que llevar a cabo la transformación política y económica que ha prometido, en un país que se ha resistido a las reformas durante décadas.

La mayoría de los votantes franceses está harta de una clase política que mira por sus propios intereses mientras desatiende sus preocupaciones. Macron quiere que el sistema político sea más abierto y rinda más cuentas, y que la financiación de los partidos políticos sea más transparente. Quiere prohibir que los políticos contraten a sus familiares, acumulen cargos remunerados y se asignen pensiones excesivamente generosas. También quiere reducir en un tercio el número de parlamentarios.

En el ámbito económico, Macron debe dinamizar unos mercados anquilosados y reducir la carga fiscal y regulatoria que soportan quienes asumen riesgos, al tiempo que ayuda a la población a afrontar tendencias disruptivas como la globalización y la automatización. Sobre todo, debe reducir el desempleo, particularmente entre los jóvenes, casi una cuarta parte de los cuales está sin trabajo.

Todo esto exigirá que Macron supere intereses creados muy arraigados. Incluso los ciudadanos de a pie, aunque en gran medida reconocen que el sistema no funciona, suelen resistirse al cambio por miedo a perder lo poco que tienen.

Pero quizá el mayor desafío para Macron será convencer al próximo canciller de Alemania, que será elegido en septiembre, de que colabore con él para reformar la eurozona. Un enfoque más flexible y favorable al crecimiento exigirá que Alemania se ocupe de su enorme superávit por cuenta corriente, equivalente al 8,6 % del PIB. En este caso, la presión de Trump podría ser útil, por una vez.

Macron también quiere construir una eurozona más integrada, eficaz y democrática, con presupuesto, ministro de Finanzas y parlamento propios. Si Alemania se toma en serio el buen funcionamiento de la moneda única, debería colaborar constructivamente con Macron. Si no lo hace —o si Macron no consigue reformar Francia—, la democracia liberal podría acabar aún peor.

Al igual que Macron, Matteo Renzi tenía 39 años cuando se convirtió en primer ministro de Italia en 2014, con la promesa de cambiar las cosas. Pero Renzi no logró cambiar mucho, pronto se volvió impopular y dimitió tras perder un referéndum en diciembre pasado, dejando a los populistas contrarios al euro en una posición favorable para ganar las próximas elecciones. Esperemos que a Macron le vaya mucho mejor.

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