La fragilidad en Europa va en aumento y no estamos haciendo lo suficiente para responder

French soldiers patrol near the Eiffel Tower in Paris as part of the "Vigipirate" security plan December 23, 2014.
After years of peace, instability in Europe is on the riseImage: REUTERS/Gonzalo Fuentes
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La seguridad europea ha entrado en un período de intensa fragilidad. Actualmente intervienen tres factores generales. En conjunto, dificultan aún más la aplicación de respuestas coherentes.

El rechazo ruso de Occidente

En primer lugar, el Gobierno ruso se ha vuelto más audaz en su rechazo de Occidente. Ha declarado la guerra a la expansión hacia el este de las normas y estructuras del orden liberal occidental, representado por la Unión Europea y la OTAN.

Ha amenazado con cortar el suministro de gas y ha recurrido a la fuerza militar para obstaculizar los esfuerzos de Ucrania por estrechar sus vínculos institucionales con la UE: la anexión de Crimea y la intervención militar en el Donbás en 2014, así como el continuo apoyo a los grupos separatistas de la zona, mantienen a la defensiva al Gobierno de Kiev. Al mismo tiempo, los infructuosos intentos de aplicar el Acuerdo Minsk II de 2015 amenazan con retrasar las reformas económicas e institucionales, muy necesarias y respaldadas por la UE, en el país.

Image: The Economist

A Rusia no le basta con defender activamente su perímetro: también hace frente a los miembros de la UE y la OTAN, socavando su cohesión y aumentando su sensación de inseguridad.

En los últimos dos años, Rusia ha aumentado el número y la envergadura de sus ejercicios militares en torno a los pequeños y vulnerables Estados bálticos. Ha desplegado armamento avanzado, incluidos misiles de crucero con capacidad nuclear, en el enclave de Kaliningrado, entre Lituania y Polonia. En una práctica que recuerda a la Guerra Fría, ha estado promoviendo y financiando partidos y grupos políticos prorrusos y contrarios a la UE en toda Europa, y ha intensificado sus campañas de propaganda y desinformación. Al mismo tiempo, está llevando a cabo ciberataques coordinados contra partidos políticos y dirigentes consolidados.

Un nuevo orden estadounidense

En segundo lugar, la elección de Donald Trump para la Casa Blanca ha aumentado el temor a que Estados Unidos debilite su compromiso con la defensa física de Europa y con la alianza transatlántica.

Su intención de restablecer las relaciones de Estados Unidos con Rusia plantea dudas sobre la disposición de Estados Unidos a hacer frente a los esfuerzos rusos por erosionar la seguridad europea por medios que no llegan al conflicto abierto, incluida la guerra híbrida. Y, aunque todavía no se conocen sus prioridades en el cargo, la retórica de campaña de Trump sugiere que el apoyo continuado de Estados Unidos a los aliados de la OTAN dependerá de que aumenten su gasto en defensa.

Los estrechos vínculos entre algunos de los principales asesores políticos de Trump, entre ellos Stephen Bannon y otros defensores de la política posverdad de la «alt-right», y partidos políticos europeos de extrema derecha como el Front National en Francia, el Partido de la Libertad en los Países Bajos y el Partido de la Libertad en Austria, también amenazan con debilitar el apoyo a los partidos políticos europeos comprometidos con una sólida alianza transatlántica y con proteger a Europa de la injerencia política rusa.

Inestabilidad en Oriente Medio, inercia en Europa

En tercer lugar, los Gobiernos europeos no han logrado ponerse de acuerdo sobre la mejor manera de intervenir para mejorar la situación de seguridad en la región de Oriente Medio y Norte de África (MENA) que los rodea.

Aunque Europa sigue proporcionando ayuda y asistencia de emergencia a los países vecinos de Siria, apenas ha participado en los esfuerzos por poner fin a la brutal guerra civil y subsidiaria en Siria; Rusia y Turquía han mediado en las conversaciones para un alto el fuego en Alepo. El conflicto israelo-palestino sigue tan lejos de resolverse como siempre. La guerra continúa haciendo estragos en Irak y Afganistán. Libia se ha fragmentado y está dominada por señores de la guerra, y el futuro de Argelia es incierto.

Aunque Marruecos parece estable, el Gobierno democrático de Túnez es vulnerable a la actividad terrorista. El Gobierno egipcio, dirigido por los militares, tiene dificultades para hacer frente a una amenaza terrorista cada vez mayor. Además, la llegada de la Administración Trump podría poner en riesgo el acuerdo nuclear con Irán y aumentar los incentivos para que la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán interfiera aún más activamente en la región del Mediterráneo oriental.

La violencia y la inestabilidad que se han extendido por el norte de África y Oriente Medio desde 2011 han creado un vacío político que ha permitido a grupos terroristas internacionales establecer bases desde las que atacar a las sociedades europeas. Los atentados terroristas de gran envergadura perpetrados en París, Bruselas y Berlín en 2016 también dejaron al descubierto la debilidad y fragmentación de muchos organismos europeos de seguridad e inteligencia.

Policías alemanes patrullan un mercado navideño en Berlín.Image: REUTERS/Fabrizio Bensch

Sin embargo, esta violencia no solo constituye un problema de seguridad: ha provocado un flujo sin precedentes de refugiados y migrantes económicos hacia Europa. La respuesta de la UE ha sido fragmentaria, marcada por profundas divisiones y hostilidades entre los Estados miembros, así como por un mecanismo de reubicación temporal y de emergencia dentro de la UE, que a su vez ha dañado la credibilidad política de las instituciones existentes. Ante esta creciente inestabilidad, los europeos se preguntan si la UE y la OTAN tienen capacidad para responder a estas amenazas.

Esconder la cabeza bajo el ala

Los ciudadanos europeos pueden sentir la tentación de esconder la cabeza bajo el ala y esperar que esta creciente ola de inseguridad retroceda por sí sola. Sería ilusorio. Tras un prolongado período de paz en Europa, sin precedentes históricos, el deterioro de la situación de seguridad en Europa y sus alrededores significa que los ciudadanos y los Gobiernos tendrán que volver a invertir en proteger su libertad y su modo de vida.

¿Está Europa preparada para adaptarse a este entorno de seguridad más complejo? Los países europeos todavía se encuentran en las primeras etapas de la recuperación económica tras la crisis de la eurozona y la crisis financiera de 2008. Los niveles de deuda son elevados, incluso en economías tan exitosas como la alemana. En 2015, la deuda bruta pública media de la UE-28 rondaba el 85%.

La idea de gastar más en defensa y otras capacidades de seguridad resulta políticamente poco atractiva en un momento en que el gasto en bienestar social está bajo presión por los recortes presupuestarios y el envejecimiento demográfico generalizado. Además, el proceso del Brexit amenaza con distraer y dividir a los Estados miembros de la UE, y debilitar aún más a la Unión al perder a uno de sus dos miembros con mayor poderío militar.

Una nueva era para la seguridad europea

Sin embargo, los europeos están respondiendo, aunque poco a poco y quizá tardíamente. En materia de seguridad dura, el gasto en defensa está aumentando en varios países europeos. Polonia y Estonia se han sumado a Estados Unidos, el Reino Unido y Grecia para cumplir el objetivo de la OTAN de destinar al menos el 2% de su PIB a defensa, mientras que nueve miembros europeos de la OTAN destinan ya el 20% o más de sus presupuestos de defensa a equipamiento.

Tras las cumbres de la OTAN celebradas en Gales y Varsovia en 2014 y 2016, respectivamente, los aliados de la OTAN están aplicando un Plan de Acción para la Preparación y comprometiendo fuerzas para una nueva Fuerza de Reacción Rápida. El Reino Unido, Francia y Estados Unidos han desplegado aviones de combate y tropas en rotaciones permanentes para reforzar los Estados bálticos, mientras que la OTAN está emplazando equipamiento en el territorio de sus miembros de Europa central y oriental. En noviembre de 2016, la Unión Europea anunció planes para un Plan de Acción Europeo de Defensa, que pondría a disposición 5.500 millones de euros al año para desarrollar capacidades de defensa conjuntas, incluidos drones y tecnología militar, y fomentar una base industrial competitiva e innovadora.

Las perspectivas de cooperación entre la OTAN y la UE también mejoran, tras dos décadas en las que una división artificial impidió a los Gobiernos europeos utilizar ambas instituciones para desarrollar una gama completa de respuestas a las diversas amenazas de seguridad que afrontan actualmente. La salida prevista del Reino Unido de la UE podría eliminar un obstáculo para reforzar la cooperación en materia de seguridad dentro de la UE y facilitar que el Reino Unido y otros terceros países contribuyan a las misiones de seguridad de la UE.

Forzados a modernizarse

En cuanto a las nuevas amenazas de seguridad, los fallos de los organismos europeos de inteligencia y seguridad nacional a la hora de rastrear y prevenir los recientes atentados terroristas los están obligando a modernizar sus procedimientos y consolidar sus estructuras, a menudo laberínticas, y sus cadenas de mando. El intercambio de información entre los Estados miembros, aunque todavía imperfecto, está mejorando. En materia de ciberseguridad, grandes países europeos como el Reino Unido, Francia y Alemania están invirtiendo considerablemente en sus ciberdefensas, mientras que el Gobierno alemán podría ser uno de los primeros en adoptar medidas legales para combatir la difusión de información falsa en internet.

En materia de control fronterizo, continúan las operaciones navales en el Mediterráneo. El año pasado, los Gobiernos de la UE crearon un nuevo cuerpo de guardia de fronteras de 1.500 efectivos, cuyos miembros pueden desplegarse para gestionar crisis en las fronteras de la Unión. Alemania, Francia y el Reino Unido están haciendo frente a la inseguridad en su origen, en el África subsahariana, mediante una combinación de unidades militares de estabilización, misiones de formación y la asistencia técnica y para el desarrollo tradicional.

Europa todavía tiene mucho camino por recorrer para gestionar las amenazas cada vez más diversas y omnipresentes que se ciernen sobre su seguridad. A menos que se enfrenten a una amenaza abrumadora o persistentemente violenta, es poco probable que los Gobiernos y las sociedades europeos eleven sus defensas a niveles comparables a los de quienes están decididos a tratar a Europa como un objetivo.

Pero el repentino aumento e diversificación de las amenazas de seguridad a las que se enfrenta ofrece a Europa la oportunidad de replantearse sus enfoques. Construir una Europa segura requerirá inversiones sustanciales y a largo plazo, y una cooperación mucho más estrecha entre los Estados europeos, así como dentro de la UE y la OTAN y entre ambas. También será necesario recuperar el sentido de solidaridad europea y transatlántica que ayudó a hacer frente a los peligros de la Guerra Fría.

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