El éxito de las negociaciones sobre el programa nuclear de Irán constituye una espléndida validación para quienes depositaron su confianza en la diplomacia. El acuerdo, alcanzado tras más de una década de conversaciones, pone de relieve el valor de la perseverancia para abordar bloqueos que parecen insalvables y da esperanza ante las numerosas iniciativas que serán necesarias para alcanzar una paz duradera en Oriente Medio.
La Unión Europea, que inició las conversaciones, debería sentirse orgullosa de su esfuerzo. Y el papel de Estados Unidos fue notable, desde el incesante trabajo del secretario de Estado John Kerry, incluso con muletas, para poner fin al enfrentamiento de 35 años entre su país e Irán, hasta el decisivo impulso del presidente Barack Obama para completar las negociaciones. Asimismo, debe reconocerse la determinación del presidente iraní Hassan Rouhani por completar el proceso que inició hace más de una década, cuando se desempeñó como secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán.
Rouhani y yo nos reunimos en 2003, sentados frente a frente en las primeras conversaciones nucleares, cuando nuestro equipo negociador estaba formado únicamente por europeos. La elección de Mahmud Ahmadineyad como presidente de Irán en 2005 hizo descarrilar esas conversaciones y acabó conduciendo a la imposición de sanciones. Pero yo había visto lo decidido que estaba Rouhani a alcanzar un acuerdo. Y, en efecto, cuando Rouhani sucedió a Ahmadineyad en 2013, se abrió una puerta.
Rouhani me invitó a su toma de posesión en agosto de 2013. Durante esa visita, pude asistir a reuniones con él y con otros altos dirigentes iraníes, entre ellos Mohammad Zarif, ministro de Asuntos Exteriores de Irán y, más tarde, su principal negociador en las conversaciones de Viena. Enseguida comprobé que, con estos hombres al frente de Irán, un acuerdo sería posible.
El acuerdo, conocido como el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) – limita el programa nuclear iraní a fines pacíficos a cambio de levantar todas las sanciones internacionales contra el país. Durante los 15 años siguientes, no se permitirá a Irán enriquecer uranio por encima del 3,67 % (para construir una bomba nuclear se necesita uranio enriquecido al menos al 85 %). El enriquecimiento solo se permitirá en la instalación nuclear de Natanz, y no en la instalación subterránea de Fordow. Y, además, Irán deberá mantener sus existencias de uranio enriquecido al 3,67 % por debajo de 300 kilogramos.
Además, el JCPOA obligará a Irán a reducir progresivamente, durante los diez años siguientes, el número de centrifugadoras que se utilizan en el proceso de enriquecimiento. Asimismo, el reactor de agua pesada de Arak deberá rediseñarse para producir únicamente radioisótopos con fines médicos e industriales, o para la investigación de otros usos pacíficos de la energía nuclear, y el combustible gastado que genere será trasladado fuera del país.
Lo más importante es que Irán se ha comprometido a aplicar el Protocolo Adicional del Organismo Internacional de Energía Atómica, lo que otorga a esta organización acceso las 24 horas del día a todos los componentes de su programa nuclear durante 15 años. El OIEA también supervisará la producción de centrifugadoras durante 20 años.
El acuerdo fue posible gracias a que los interlocutores de Irán —los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, Alemania y la UE (E3/UE+3)— lograron mantener una posición común durante un proceso que se prolongó más de diez años. Esto fue así incluso durante el impulso final de las negociaciones, cuando un debate sobre las sanciones contra el comercio iraní de armas convencionales y misiles balísticos amenazó con abrir una brecha entre los socios. Mientras Rusia y China sostenían que firmar un acuerdo volvería legalmente injustificable cualquier tipo de sanción, Estados Unidos procuró disipar en la mayor medida posible los temores de los vecinos de Irán.
El consenso entre los socios negociadores —uno de los pocos puntos de acuerdo sobre Oriente Medio entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad— fue crucial para convencer a Irán de que tomara en serio las negociaciones. Y, en un momento de tensión persistente entre Rusia, por un lado, y Estados Unidos y Europa, por otro, que ha dado lugar a un estancamiento político crónico en el Consejo de Seguridad, la capacidad de las partes para mantenerse unidas justifica un optimismo mayor sobre el futuro.
De hecho, vale la pena considerar si la cooperación entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad y la UE podría ser útil para avanzar en otras cuestiones. Occidente y Rusia comparten un interés en la estabilidad de Oriente Medio, al igual que China, que se preocupa especialmente por la seguridad de sus suministros energéticos.
Lo más necesario —y lo más difícil de lograr— es un acercamiento entre Irán y Arabia Saudí. Muchos de los conflictos de Oriente Medio tienen sus raíces en la tensión entre el islam suní y el chií. La cooperación entre suníes y chiíes será vital para derrotar el extremismo del Estado Islámico, así como para tender puentes entre los combatientes en Siria, Irak, Yemen y Líbano. Irán debe demostrar que es un actor responsable en la región, y no simplemente un respaldo del poder chií.
El restablecimiento de los vínculos entre Estados Unidos e Irán tendrá, sin duda, repercusiones en Israel y Palestina. Aunque el acuerdo con Irán hace objetivamente más segura a Israel, el primer ministro Binyamin Netanyahu lo considera un error histórico. Para aliviar el sentimiento de abandono de su aliado tradicional, Estados Unidos, podría —erróneamente— retirar su apoyo a las iniciativas que reconocen al Estado de Palestina en los próximos meses. Pero es esencial que la UE, que financia y mantiene las instituciones provisionales de Palestina, no ceda en su determinación de hacerlas permanentes.
El acuerdo histórico con Irán es solo uno de los muchos que serán necesarios para alcanzar la paz y la estabilidad en Oriente Medio. El primer obstáculo se ha superado. Ahora debemos completar el resto de la carrera.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Javier Solana fue Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, secretario general de la OTAN y ministro de Asuntos Exteriores de España.
Imagen: Una bandera iraní ondea frente a la sede de las Naciones Unidas. REUTERS/Heinz-Peter Bader.



