El delicado equilibrio multigeneracional de Estados Unidos

El delicado equilibrio multigeneracional de Estados Unidos
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El presidente estadounidense Barack Obama se enfrenta no solo a una amenaza terrorista en constante evolución por parte de actores no estatales, centrada en la campaña de destrucción que lleva a cabo el grupo Estado Islámico, sino también, por primera vez desde el fin de la Guerra Fría, a una posibilidad no desdeñable de conflicto armado entre Rusia y la OTAN. Según la nueva estrategia militar del Pentágono, “se calcula que la probabilidad de que Estados Unidos se vea implicado en una guerra interestatal con una gran potencia es baja, pero creciente”.

La guerra a gran escala fue el factor determinante de gran parte de la historia del siglo XX: en la primera mitad se produjeron dos conflagraciones mundiales que causaron en conjunto 80 millones de muertos, y en la segunda mitad Estados Unidos y la Unión Soviética se acercaron en varias ocasiones al precipicio de un intercambio nuclear. Con el fin de la Guerra Fría, los analistas estadounidenses empezaron a centrarse más en la amenaza del terrorismo. En los años noventa se produjeron varios atentados de gran repercusión y, tras el 11-S, el contraterrorismo se convirtió en un pilar duradero de la política exterior estadounidense. Desde la anexión de Crimea por parte de Rusia en marzo pasado, muchos comentaristas estadounidenses han revisado su valoración de que el conflicto entre grandes potencias es una reliquia del siglo XX.

Si bien el revanchismo actual de Moscú se limita principalmente al este de Ucrania, está revisando si Estonia, Letonia y Lituania son legalmente independientes; a diferencia de Ucrania, esos tres países son miembros de la OTAN. Un acto de aventurismo ruso en cualquiera de ellos aumentaría la probabilidad de una confrontación militar entre tropas y fuerzas delegadas rusas y las fuerzas aliadas, una que, en el más inquietante de los escenarios, podría culminar en una guerra nuclear limitada.

La probabilidad de tal evento es baja. Rusia correría el riesgo no solo de un fuerte aumento de su aislamiento diplomático y de castigos económicos, sino también de un deterioro de sus lazos con China, que sería reacia a tolerar un comportamiento cada vez más temerario y desestabilizador. Un conflicto armado entre Rusia y la OTAN supondría una grave perturbación del orden europeo y mundial.

Incluso en los escenarios más optimistas, parece probable que las tensiones estratégicas fundamentales entre Rusia y gran parte de Occidente persistan indefinidamente. Así las cosas, Estados Unidos necesita llevar a cabo un delicado equilibrio que se desarrollará a lo largo de varias generaciones. Debe contribuir a contener al EI y a otros grupos, resistiéndose al mismo tiempo a la presión para emprender nuevas intervenciones terrestres a gran escala en Oriente Medio. También debe trabajar con sus aliados de la OTAN para frenar el revanchismo ruso sostenido, garantizando, en palabras de el presidente John F. Kennedy, que Moscú puede discernir una opción distinta de “una retirada humillante o una guerra nuclear”. A largo plazo, debe asegurar que ni la brutalidad del EI ni el oportunismo ruso lo obliguen a desvincularse de nuevo de la evolución de la región Asia-Pacífico. Los episodios terroristas y las incursiones de “hombrecillos verdes” pueden resultar más llamativos que la reclamación de formaciones insulares y la puesta en marcha de nuevas iniciativas económicas regionales, pero, especialmente ante el avance de China, estas últimas probablemente den forma al orden mundial en mucha mayor medida.

Hace diez años, cuando el entonces subsecretario de Estado de EE. UU., Robert Zoellick, instó a China a convertirse en una “parte interesada responsable”, Estados Unidos tenía una capacidad de influencia considerablemente mayor para dar forma tanto al ascenso de China como a la evolución del orden económico regional. Aunque China pueda criticar públicamente la “hegemonía” estadounidense, quizá sea su mayor beneficiaria de la excesiva extensión estadounidense. Un análisis de febrero de 2010 de la Quadrennial Defense Review señaló que una prolongación indefinida de las guerras en Afganistán e Irak “debilitaría aún más la fortaleza de Estados Unidos, agravaría su adversidad estratégica y reduciría cada vez más el margen de maniobra en otras cuestiones.”

Cuanto más distraído esté Estados Unidos, más fácilmente podrá China atraer a sus vecinos a su órbita económica, perseguir sus reivindicaciones en el mar de China Meridional y debilitar el sistema de alianzas estadounidense. Para ello, le beneficiaría que Estados Unidos decidiera jugar una prolongada partida del juego del topo con el EI y con las organizaciones que inevitablemente surgirán de sus cenizas. También se beneficiaría de un anquilosamiento de las tensiones entre Estados Unidos y Rusia y de un endurecimiento de la percepción estadounidense de que en cualquier momento podría estallar un conflicto armado en la periferia occidental de Rusia.

Muchos de los vecinos de China quieren que Estados Unidos participe activamente en Asia-Pacífico, incluidos los que tienen economías poderosas, como Australia, Japón y Corea del Sur; sin embargo, les resultará difícil confiar en sus garantías de compromiso si continúa yendo y viniendo. El ministro de Asuntos Exteriores de Singapur hizo esta observación sin rodeos el mes pasado: “La elección es muy tajante. ¿Quiere formar parte de la región o quedarse fuera de ella?” A diferencia de Estados Unidos, que está a un océano de distancia y lucha por reactivar su economía, China es una presencia permanente y el eje de la prosperidad regional.

El historial de Estados Unidos después del 11-S demuestra que le cuesta mantener su implicación en un escenario (Asia-Pacífico) cuando está obsesionado con otro (Oriente Medio). Teniendo en cuenta esa experiencia, es difícil imaginar que Estados Unidos pueda avanzar en el reequilibrio si está centrado en dos escenarios (Oriente Medio y Europa del Este). En medio del creciente rencor en Washington, existe un punto de acuerdo no partidista: el crisol del orden mundial de este siglo será Asia-Pacífico, cuyas cuotas del producto bruto mundial y del gasto mundial en defensa están llamadas a crecer indefinidamente. Las respuestas de Estados Unidos ante ISIL y Rusia deberían partir de esa realidad.

Autor: Ali Wyne es analista colaborador de Wikistrat y miembro global del Project for the Study of the 21st Century. Es coautor de Lee Kuan Yew: The Grand Master’s Insights on China, the United States, and the World (2013).

Imagen: Una bandera de EE. UU. ondea con el viento en un costado del edificio del Pentágono REUTERS/Pablo Martinez

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