En un mundo donde la migración se ha convertido en un fenómeno de nuestro tiempo y está destinada a aumentar, mi mayor preocupación es cómo salvar la vida de los migrantes que recorren rutas peligrosas, por mar y por tierra, para huir de la violencia o la pobreza.
Casi 2000 personas han muerto en el Mediterráneo desde principios de 2015. Esta cifra duplica el número de muertes registradas en el mismo período del año pasado. Es evidente que esto debe detenerse. Europa está haciendo un trabajo increíble al rescatar a migrantes que abordan embarcaciones no aptas para navegar a fin de cruzar el mar. Solo este año, 150.000 migrantes procedentes de Siria, Eritrea, Afganistán, Somalia, Nigeria y otros países del África subsahariana han llegado a las costas de Grecia, Italia, Malta y España.
Fuente: OIM
Si no hacemos más, si no dejamos de ver esta situación como un problema y la consideramos una oportunidad, estos esfuerzos están destinados al fracaso. Construir más muros, endurecer los regímenes de visado e intentar restringir la circulación simplemente no funciona. Si funcionara, no tendríamos tantas muertes. No solo estamos presenciando el mayor desplazamiento forzoso registrado en la historia, con 60 millones de personas obligadas a migrar (la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial), sino también la mayor propagación de sentimientos antiinmigrantes en décadas.
Necesitamos abordar urgentemente esas cuestiones antes de que sea demasiado tarde, para evitar la inestabilidad social y salvar vidas. Pero ¿cómo?
1. Abordar las causas de la migración involuntaria y crear más vías legales de migración
Actualmente, los migrantes que llegan a Malta o a Lampedusa, por ejemplo, son trasladados a centros de procesamiento. ¿Por qué correrían el riesgo de poner en peligro sus vidas si pudieran ser procesados antes? Lo ideal sería contar con centros de procesamiento de migrantes en la costa norte de África, antes de que aborden embarcaciones no aptas para navegar para cruzar el Mediterráneo. Algunos de los migrantes podrán acogerse a la protección de refugiados en virtud de la Convención de 1951. Otros serán claramente identificados como migrantes económicos. Algunos podrían ser devueltos a su país, mientras que otros podrían ser autorizados a reunirse con sus familias ya establecidas en Europa.
¿Por qué no aumentar las oportunidades de migración regular o, incluso, ofrecer protección a corto plazo a los migrantes que la necesiten? Si no se necesita a los migrantes, los empleadores no contratarían a migrantes en situación irregular, que con frecuencia son explotados y maltratados debido a su estatus irregular. Estas medidas pueden ayudar a resolver el problema a corto plazo. Pero nada cambiará realmente hasta que reconozcamos que toda la situación ha cambiado de manera increíble y que Europa, que durante siglos ha sido un continente de origen de migrantes, se ha convertido en un continente de destino durante las últimas cuatro décadas.
2. Volver a lo esencial: la naturaleza históricamente positiva de la migración
La migración ha sido históricamente positiva. Los migrantes aportan nuevas ideas y una gran motivación. Contribuyen a la economía de sus países de acogida y, aún más, a la economía de sus países de origen al enviar remesas a sus familias. No quitan empleos a otros; con frecuencia, los crean. Cada año envían a sus países 450.000 millones de dólares para dar de comer a sus familias, pagar la educación de sus hijos y atender a los enfermos y a los ancianos. Esta cantidad representa entre dos y tres veces el monto anual de la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) mundial.
También necesitamos mejores sistemas para gestionar la migración, de modo que las personas migren en condiciones más seguras y dignas, lo que les permitirá contribuir de forma óptima al desarrollo de las comunidades a las que pertenecen. Comprendo los temores, los que surgen de la crisis económica mundial de 2008, de la pérdida de empleos, del síndrome posterior al 11-S y de la pérdida de identidades personales y nacionales a causa de la globalización. Estos temores son reales. Existen. No podemos negarlos. Pero debemos abordarlos.
3. Desterrar los estereotipos
No hay nada documentado que demuestre que los migrantes tengan más tendencias o antecedentes delictivos que los nacionales. Suele ocurrir lo contrario. Tampoco hay nada documentado que indique que los migrantes transmitan enfermedades. Estas percepciones deben cambiar. Sí, llevará tiempo y será un proceso largo. Pero hay que hacerlo.
Los países que no son destinos tradicionales para los migrantes tendrán que aprender a gestionar una diversidad económica, social, religiosa y étnica en rápido crecimiento. Llegarán personas que no tienen el mismo aspecto ni hablan exactamente como nosotros, pero que podrían compartir los mismos valores siempre que sean acogidas e integradas de forma adecuada.
Los gobiernos deben liderar este proceso, largo pero crucial. Deben poner en marcha programas de educación pública y crear programas de información. Deben actuar antes de que sea demasiado tarde. Se requiere valentía política. Lamentablemente, en este momento escasea.
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Autor: William Lacy Swing, director general de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), Ginebra
Imagen: Migrantes esperan en el lado griego de la frontera para entrar en Macedonia, cerca de Gevgelija, Macedonia, de camino al norte de Europa, 20 de julio de 2015. REUTERS/Ognen Teofilovski




