La disposición de los países a una mayor competencia internacional es un requisito previo para un sistema comercial más funcional.
El comercio puede hacer que los países sean más ricos en conjunto, pero sus beneficios se distribuyen de forma desigual.
Abordar la intersección del comercio con el medio ambiente, el clima, el género, la salud o el desarrollo protegerá cualquier sistema comercial futuro.
La carrera por convertirse en la próxima directora general (DG) de la Organización Mundial del Comercio se ha reducido a dos candidatas: Ngozi Okonjo-Iweala, de Nigeria, y Yoo Myung-hee, de Corea del Sur. Quien resulte elegida se enfrentará a la realidad de dirigir el organismo mundial de comercio. La DG tiene poco poder para forzar a los gobiernos a alcanzar acuerdos o remodelar las dinámicas de poder subyacentes. Pero puede marcar el tono en un momento en que el comercio no solo se ha convertido en un arma, sino que también es un arma de elección. Algunas verdades incómodas podrían ser útiles.
1. No eres tú, soy yo
Se ha sostenido que las guerras comerciales son la manifestación internacional de las guerras de clases en el ámbito nacional. Si es así, la estabilidad del sistema comercial dependerá de que los países estén preparados políticamente para profundizar sus vínculos económicos con otros. El comercio agrava las debilidades de la sociedad. La propia preparación social de los países para una mayor competencia internacional es un requisito previo para un sistema comercial más funcional y menos fracturado.
La OMC, centrada en codificar y reducir distorsiones específicas del mercado, no es el ámbito donde se abordan los desafíos sociales relacionados con el comercio. Las reglas comerciales son instrumentos contundentes para gestionar dinámicas nacionales complejas. Fomentar un mejor uso de las políticas y los mecanismos internacionales para atender las necesidades sociales es imprescindible para la salud a largo plazo del sistema comercial.
Aunque el camino a seguir no es sencillo, la nueva DG puede convocar un debate franco, o al menos basado en hechos, sobre estas cuestiones espinosas que los países más pobres llevan años planteando. Puede que las guerras comerciales sean guerras de clases, pero librar guerras comerciales no permitirá ganar las guerras de clases en el ámbito nacional.
2. Trump es un síntoma, no la causa
Es fácil culpar a la animadversión del presidente Donald Trump, a la China de Xi Jinping y a otros presuntos infractores de las reglas de haber descarrilado el multilateralismo comercial liberal, pero hacía mucho que era necesario un reajuste.
Se considera ampliamente que el comercio, como proporción de la producción mundial, alcanzó su máximo en 2008, impulsado por los cambios en el panorama tecnológico y los costes en los centros de fabricación. Las cadenas de suministro con uso intensivo de mano de obra ya habían sido transformadas por la automatización y la inteligencia artificial antes de que el mayor escrutinio político sembrara más dudas sobre los modelos de desarrollo dependientes del comercio.
La percepción de que fue un error integrar a China en el modelo de economía de mercado también precedió a Trump. La integración y la interdependencia no condujeron a la convergencia económica, lo que lleva mucho tiempo alimentando los llamamientos a la desglobalización.
El sistema necesitaba una renovación mucho antes de que la COVID obligara a replantearse a fondo qué bienes se consideran «esenciales».
3. Dejemos atrás las ideas recibidas trilladas y complacientes
Hay que poner fin a las afirmaciones piadosas de que «el sistema comercial multilateral es una marea que hace subir todos los barcos». No, no lo es. Ofrece un marco común para el intercambio comercial, pero las naciones navegan en embarcaciones de distintas capacidades. El comercio puede hacer que los países sean más ricos en conjunto, pero sus beneficios se distribuyen de forma desigual. Ensalzar los beneficios que proyectan los modelos de equilibrio general puede sonar a promesas de dinero en el correo, sobre todo cuando la mayoría de los políticos han pasado décadas ignorando, en vez de afrontar, los efectos distributivos.
4. Las exageraciones no convencen; el realismo quizá sí
Ni las promesas grandilocuentes ni el pesimismo de la desglobalización absoluta sacarían al sistema comercial multilateral del atolladero actual, pero hablar con más claridad quizá ayude. Tanto si sus cadenas de suministro funcionan justo a tiempo como si se preparan para cualquier eventualidad, ambas se beneficiarían de un sistema comercial multilateral sólido y basado en reglas.
La resiliencia tiene muchas facetas; en última instancia, cada país elige una versión u otra. La dependencia excesiva de un solo proveedor muestra sin duda los límites de la economía mundial justo a tiempo, pero la abundancia de equipos de protección individual (EPI) que se logró movilizar también demuestra cómo el comercio puede ser una red de seguridad para una economía preparada para cualquier eventualidad. Si los gobiernos no reconocen que el comercio es un proveedor de último recurso difícil de replicar, podríamos adentrarnos sin darnos cuenta en una nueva normalidad sin red de seguridad.
5. No hay vuelta a la normalidad de siempre
A diferencia de anteriores disputas comerciales, hoy no hay un camino claro hacia una nueva normalidad funcional. El actual estancamiento significa que los miembros de la OMC quizá tengan que volver una y otra vez a la mesa de dibujo, mientras un mundo bifurcado los obliga a tomar partido no solo en materia de comercio, sino también sobre las opciones tecnológicas. También se avecinan nuevos desafíos en torno a la mejor manera en que la OMC puede responder a los cambios sísmicos en el papel del Estado, dado el alcance y la magnitud de los paquetes de rescate en todo el mundo.
La nueva DG tendrá la ingrata tarea de ayudar a poner fin a las disputas antes de que lleguen al punto de no retorno, para lo cual necesitará un excelente olfato político y maniobras propias de un Jedi.
6. La llamada agenda «comercio y» es la agenda comercial del futuro
El impulso de la agenda de liberalización se ha estancado, pero ¿ha llegado a su fin? Algunos describen las negociaciones comerciales como combates de boxeo y restan importancia a la necesidad de llegar a compromisos. Otros condenan los efectos de la apertura de los mercados en la población pobre del país. Si hasta quienes la defienden dan la espalda a la liberalización como objetivo en sí mismo, ¿qué razón la impulsará entonces?
Durante años, la OMC ha coqueteado con las llamadas agendas de «comercio y», ya sea comercio y medio ambiente, clima, género, salud o desarrollo. Ahora es el momento de reconocer que abordar la intersección del comercio con estos otros ámbitos de las políticas públicas no solo debería ocupar un lugar destacado en la lista de tareas pendientes de la OMC. Esa es la lista de tareas que protegería cualquier sistema comercial multilateral futuro.
Aunque la diplomacia multilateral cumpla más de lo prometido, los costes de transacción que conlleva seguirán atrayendo atención. Pero, en realidad, ¿cuán aceptables son las alternativas? La diplomacia declarativa de los últimos años, por medio de iniciativas plurilaterales, no llenó el vacío y, además, estuvo plagada de costes de transacción y acompañada de un aire de irrelevancia.
Por último, la OMC, bajo el liderazgo de la nueva DG, debe reconocer que no existe una solución técnica al problema del aprovechamiento gratuito, porque las medidas punitivas contra los socios comerciales probablemente tendrán un efecto rebote. El coste político de aceptar que otros se aprovechen ha aumentado, no disminuido, en las últimas dos décadas. El multilateralismo en un mundo interdependiente significa que puede que los ganadores no se sientan especialmente victoriosos, pero también que no saldrán perdiendo.


