Por qué probablemente no habrá una guerra fría entre Estados Unidos y China

Chinese and U.S. flags are set up for a signing ceremony during a visit by U.S. Secretary of Transportation Elaine Chao at China's Ministry of Transport in Beijing, China April 27, 2018. Picture taken April 27, 2018. REUTERS/Jason Lee - RC13D78E0020
Instead, we might be heading for a system of 'Four Policemen'.Image: REUTERS/Jason Lee
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A menudo se dice que Estados Unidos y China —superpotencias enfrentadas en los planos económico, geopolítico e ideológico— se encaminan hacia una nueva guerra fría. Y la retórica —al menos por parte de uno de los dos— ha empezado a parecerse a la del discurso del “Telón de Acero” pronunciado por Winston Churchill en 1946, uno de los acontecimientos inaugurales de la Guerra Fría. Este mismo mes, el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, acusó a China de prácticas económicas depredadoras, agresión militar contra Estados Unidos e intentos de socavar al presidente estadounidense Donald Trump.

Pero, pese al revuelo mediático, una nueva guerra fría no es inevitable, ni siquiera probable. Sin duda, los dirigentes chinos, temerosos del desorden y de cualquier debilitamiento de la legitimidad del Partido Comunista de China, están decididos a impedir que Estados Unidos imponga cambios en el sistema político y económico chino. China seguirá impulsando reformas a su propio ritmo y a su manera. Para el presidente chino Xi Jinping, una prioridad máxima es fusionar el PCCh con la maquinaria gubernamental a fin de reducir la corrupción y reforzar las credenciales ideológicas del Estado. Cualquier intento de interferir en este proceso cruzaría una línea roja.

Por fortuna para Xi, Trump no tiene interés en «democratizar» otros países y no parece haberse dejado convencer por los inversores, financieros y magnates tecnológicos estadounidenses que quieren que su Administración presione para obtener un mayor acceso a la economía china.

Sin duda, los aranceles estadounidenses amenazan el 18 % de las exportaciones chinas que se destinan a Estados Unidos cada año. Pero la Administración Trump tiene prioridades más urgentes que cambiar el sistema de gobierno de China, pese a la retórica agresiva del representante comercial de Estados Unidos, Robert Lighthizer, y del director del Consejo Nacional de Comercio de la Casa Blanca, Peter Navarro. Trump quiere desesperadamente reforzar la industria manufacturera estadounidense repatriando las cadenas de suministro globales y bloqueando o limitando las importaciones. «Hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande» consiste, en realidad, en volver a fabricar en Estados Unidos.

Image: Statista

Aun así, aunque el enfrentamiento actual entre Estados Unidos y China no desemboque en una nueva guerra fría, podría debilitar a ambos países y dar paso a un mundo más multipolar. En China, las críticas retóricas, los aranceles y las sanciones de Estados Unidos podrían estar fortaleciendo a los críticos internos de Xi. Tampoco ayuda que China tenga actualmente pocas opciones para tomar represalias. Es cierto que podría empezar a vender parte de sus reservas en dólares estadounidenses, valoradas en 1 billón de dólares. Pero eso reduciría el valor de los bonos del Tesoro estadounidense que sigue teniendo.

En Estados Unidos, la decisión de Trump de imponer aranceles generalizados a las importaciones ha sido calificada por un representante de la industria como «el acto comercial más autodestructivo que he visto jamás». La renegociación por parte de la Administración del Tratado de Libre Comercio de América del Norte —que incluye una cláusula para impedir que Canadá o México negocien con China— también ha suscitado un rechazo similar. Estas políticas amenazan tanto con destruir empleos estadounidenses como con alejar a los aliados de Estados Unidos, muchos de los cuales ya están distanciándose.

De hecho, las posturas de «Estados Unidos primero» de la Administración Trump se han traducido cada vez más en «Estados Unidos solo». Estados Unidos es ahora el único país disidente en el G7, el G20 y la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Después de que Trump retirara a Estados Unidos de la Asociación Transpacífica (TPP), las partes restantes siguieron adelante por su cuenta. Lejos de fijar los términos del debate sobre asuntos internacionales, la Administración Trump ha convencido a otros países de que reduzcan su dependencia del liderazgo estadounidense.

La elusión generalizada de Estados Unidos acelerará la aparición de un nuevo orden multipolar. Por ejemplo, al retirarse del acuerdo nuclear con Irán, Trump prácticamente ha desafiado al Reino Unido, Francia, Alemania, China, Rusia y la Unión Europea a desafiar las prerrogativas estadounidenses.

Por ahora, los países que dependen del petróleo iraní quizá no tengan más remedio que acatar la postura de Estados Unidos. Como ocurre con la mayoría de los bienes comercializados, las exportaciones de petróleo se pagan en dólares —principalmente a través de la Sociedad para las Telecomunicaciones Financieras Interbancarias Mundiales (SWIFT), en Bélgica— y Estados Unidos tiene el poder de bloquear esas transacciones. La mayoría de las empresas y los países han concluido que hacer negocios en Irán no compensa perder el acceso al mercado estadounidense y al sistema internacional de pagos en dólares.

Pero en el futuro quizá ya no tengan que hacer esas concesiones. El 21 de agosto, el ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, Heiko Maas, instó a Europa a establecer canales de pago independientes de Estados Unidos. Y al mes siguiente, la jefa de la política exterior de la UE anunció planes para crear un «vehículo de propósito especial» que «ayude y dé garantías a los operadores económicos que realizan negocios legítimos con Irán».

Mientras tanto, Rusia ha dicho que está desarrollando su propio sistema de transferencias financieras para protegerse ante la posibilidad de quedar excluida del sistema SWIFT si Estados Unidos impone sanciones más severas. Y China lleva impulsando un proyecto similar al menos desde 2015, cuando el Banco Popular de China puso en marcha un sistema para facilitar las transacciones transfronterizas en renminbi.

Ninguno de estos sistemas alternativos ha alcanzado todavía la comodidad de SWIFT y del sistema del dólar. Pero, si llegara a consolidarse un nuevo sistema, podría desplazar rápidamente el poder fuera de Estados Unidos.

En lugar de una guerra fría, el mundo podría encaminarse hacia un sistema internacional liderado por cuatro potencias: Estados Unidos, China, Rusia y Alemania, que dominarían sus respectivas regiones y buscarían prevalecer en las negociaciones internacionales. Un escenario así recuerda la visión que tenía de la Segunda Guerra Mundial el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, quien propuso que los cuatro aliados victoriosos —Estados Unidos, el Reino Unido, China y la Unión Soviética— actuaran como «Cuatro Policías»: cada uno patrullaría su propia esfera de influencia y negociaría con los demás la paz mundial.

Image: Frank O. Salisbury, vía Wikimedia Commons

Hoy, versiones aproximadas de esas mismas cuatro potencias vuelven a estar al frente, pero ahora contamos con instituciones internacionales más sólidas que contribuyen a mantener la paz. Que esa paz perdure dependerá de la voluntad de las cuatro potencias de utilizar y adaptar esas instituciones al sistema internacional emergente.

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