Desde que el momento unipolar de Estados Unidos terminó hace una década, hemos oído decir que el siglo XXI será africano, chino, asiático o incluso latinoamericano o europeo. Sin embargo, 19 años después del inicio de este siglo, escasean las certezas sobre el futuro geopolítico del mundo. Los expertos siguen tratando de describir el estado de la geopolítica: ¿es bipolar, no polar, multipolar o una jungla en rápida expansión que necesita ser desbrozada?
El Informe sobre riesgos globales 2018 del Foro Económico Mundial sostenía que la geopolítica se está volviendo no solo multipolar, sino también «multiconceptual». Esto no debería sorprender. A medida que el poder mundial se vuelve más difuso, hay más espacio para que valores divergentes den forma a la geopolítica. El «fin de la historia» —la idea de que el orden mundial podía configurarse a partir de un conjunto de valores políticos compartidos— se ha pospuesto indefinidamente.
Implicaciones para los líderes
Sin duda, el debilitamiento del multilateralismo y la creciente fragmentación podrían abrir oportunidades para la agilidad y la innovación. Sin embargo, tres tendencias presagian posibles peligros.
En primer lugar, las alianzas internacionales se están deteriorando, ya que los mecanismos multilaterales de resolución de disputas ceden bajo la presión del unilateralismo de los «Estados fuertes». Esto se ha hecho evidente en el giro de la política comercial: de marcos globales supervisados por la Organización Mundial del Comercio (OMC) a iniciativas regionales dirigidas por los Estados y acuerdos bilaterales. También se observa en los compromisos vacilantes con el Acuerdo de París sobre el cambio climático y en el fracaso sin precedentes a la hora de alcanzar un consenso en la cumbre del G7 de 2018 en Québec.
Los valores divergentes que alimentan la geopolítica también dificultan mantener un consenso mundial sobre cuestiones de gran carga ética, como los derechos humanos y la regulación de las biotecnologías emergentes, mientras que la desintegración de la cooperación multilateral pone en peligro la protección de los bienes comunes globales. El espacio ultraterrestre, el ciberespacio y las regiones polares se convertirán cada vez más en fuentes de tensión internacional.
En segundo lugar, el aumento de las tensiones geoeconómicas crea nuevos riesgos de inestabilidad. Aunque los Estados siempre han utilizado la política económica como instrumento estratégico, su uso en un contexto de políticas de Estados fuertes, debilitamiento del multilateralismo y complejidad de la economía mundial entraña graves peligros. Si las tensiones económicas siguen intensificándose, también lo harán los riesgos asociados. A medida que el crecimiento mundial se estanca y aumenta la inestabilidad financiera, el deterioro de las condiciones podría incluso acercar a los rivales al conflicto.
En tercer lugar, el rápido desarrollo de nuevas tecnologías está alterando las dinámicas de poder tradicionales.Las tecnologías siempre han favorecido a los Estados pioneros. Dado que hoy muchas tecnologías clave se caracterizan por una dinámica en la que el ganador se lo lleva todo, se prevé que las desigualdades dentro de los Estados y entre ellos se profundicen. La aplicación de importantes avances tecnológicos a nuevos tipos de armas también podría dar ventaja a ciertos Estados.
Por ejemplo, los ciberataques contra infraestructuras críticas, los enjambres de drones o los nuevos métodos para desestabilizar el sistema político interno de un adversario podrían alterar de formas inesperadas el equilibrio mundial de poder. Mientras tanto, los macrodatos y las nuevas tecnologías biométricas harán que el control centrado en el Estado sea más eficaz y eficiente, pero podrían resultar más difíciles de afrontar para las democracias.
¿Qué deben hacer los líderes?
En noviembre de 2018, dirigí a un grupo de destacadas voces de la política exterior como copresidenta del Consejo del Futuro Global sobre Geopolítica del Foro Económico Mundial, durante la Reunión Anual de los Consejos del Futuro Global en Dubái. Un mensaje clave que surgió de nuestro trabajo es que los procesos internacionales deben reestructurarse para permitir la cooperación en cuestiones de interés común, como la degradación ambiental y la migración, en lugar de basarse en el supuesto de que existen valores compartidos. Al mismo tiempo, en un mundo donde los valores ya no unen ni siquiera a aliados de larga data, los actores comprometidos con los valores liberales tendrán que colaborar de manera más deliberada para defenderlos.
Nuestro Consejo recomendó nuevos mecanismos para impulsar la acción entre un amplio espectro de partes interesadas, incluidas las conversaciones de vía II sobre puntos críticos geopolíticos o las coaliciones de líderes empresariales para promover normas mundiales en cuestiones clave. Imaginemos, por ejemplo, un grupo de directores ejecutivos de empresas globales que aporte ideas para reformar el sistema de la OMC. Una mayor flexibilidad en las alianzas, por ejemplo mediante coaliciones no regionales, también puede ayudar a protegerse frente a la creciente incertidumbre.
Los líderes mundiales volverán a reunirse en la Reunión Anual 2019 del Foro Económico Mundial, en Davos, para considerar cómo configurar una nueva arquitectura mundial concebida para fomentar la cooperación en lugar de la competencia de suma cero. Para hacer frente a los desafíos sistémicos que todos vemos, pero que no estamos logrando abordar, los líderes deben garantizar que los principios de inclusión y sostenibilidad sustenten todas las soluciones que surjan.


