Las democracias occidentales son cada vez más conscientes de la necesidad de abordar los problemas sociales internos y las desigualdades económicas.
Aunque esta introspección es importante, no debe eclipsar los apremiantes asuntos de política exterior.
Exponemos tres ámbitos clave de amenazas externas que es necesario abordar para hacer posible una agenda de renovación democrática.
La naturaleza deliberativa de la democracia parece haber superado por fin el triunfalismo arrogante de la década de 1990. En estos tiempos turbulentos que vivimos, las democracias occidentales muestran una conciencia cada vez mayor de los desafíos internos que afrontan. El desencanto está muy extendido entre la juventud, y crecen la impaciencia y la ira ante la insuficiencia de las medidas para hacer frente al cambio climático; además, las amenazas que plantea el populismo distan mucho de haber desaparecido, mientras la recuperación pospandémica sigue siendo esquiva.
En consonancia con el viejo dicho «Médico, cúrate a ti mismo», los políticos astutos están centrando su atención en las fracturas existentes y potenciales que afrontan sus sociedades, y buscan políticas correctivas para reducir las desigualdades de ingresos y abordar otras fuentes de descontento interno.
La agenda del presidente estadounidense Biden para «reconstruir mejor» representa uno de esos intentos de renovación democrática mediante la actualización de los contratos sociales. De cara a las elecciones para elegir al próximo canciller alemán, la prioridad otorgada a las preocupaciones internas ha quedado patente en los debates «Triell» entre los tres candidatos; en cambio, las cuestiones de política exterior han pasado a un segundo plano.
Aunque es loable el deseo de poner orden en la propia casa, es importante garantizar que estos ejercicios de introspección no se conviertan en una mirada excesiva hacia el propio ombligo. Esto es especialmente cierto hoy, porque los riesgos para la democracia occidental no son solo internos. Si los líderes políticos —y sus asesores en el ámbito académico y en los centros de estudios— se toman en serio la preservación y renovación de los valores y el funcionamiento democráticos, hay tres razones por las que deberán prestar a los asuntos de política exterior al menos tanta atención como a la política interna.
1. Asegurar las cadenas globales de valor
La frontera entre la política interna y los asuntos exteriores es hoy más permeable que nunca. Las cadenas globales de valor integradas implican que los gobiernos —incluso en los países ricos— deben depender de socios extranjeros para obtener componentes clave destinados a fabricar productos esenciales, entre ellos principios farmacéuticos activos para medicamentos y tierras raras necesarias para los chips semiconductores.
Para proteger a sus poblaciones de la interrupción deliberada de suministros vitales por parte de competidores y rivales, los gobiernos deberán realinear estas cadenas globales de valor (CGV) al menos para algunos productos estratégicos. La estrecha cooperación con aliados de confianza para crear CGV más cortas y fiables será crucial por motivos de viabilidad y rentabilidad (frente a los intentos de autosuficiencia, por un lado, o a seguir haciendo negocios como siempre bajo las reglas actuales del multilateralismo comercial).
Una variedad de planes creativos y detallados para abordar problemas internos —renta básica universal, energía verde, creación de empleo, vivienda asequible, atención sanitaria, etc.— corre el riesgo de quedar en nada si no va acompañada de medidas de política exterior que aseguren un flujo fiable de bienes y servicios esenciales para la población.
2. Protegerse frente a las amenazas digitales
Las tecnologías digitales ofrecen posibilidades de vigilancia sin precedentes y existe un alto riesgo de que se haga un uso indebido de ellas. Estamos viendo el desarrollo de estas tecnologías en China y también su difusión a otros países. Por diversas razones, gobiernos de todo el espectro político están recurriendo a estas tecnologías y, con ello, las normalizan y legitiman, pese a las evidentes amenazas que plantean para los valores liberales fundamentales.
Se necesitarán salvaguardias internas, así como normas y reglas internacionales, para proteger el modo de vida democrático, tanto frente a las intromisiones de empresas que recopilan macrodatos —a veces estrechamente vinculadas con Estados rivales— como frente a gobiernos soberanos que deciden aumentar la vigilancia y el control sobre sus poblaciones. Esto exige más implicación y cooperación internacional, no menos, especialmente entre gobiernos y actores transnacionales de la sociedad civil comprometidos con valores como la protección de datos y el derecho a la privacidad.
3. Forjar alianzas económicas
No se han cumplido las esperanzas iniciales de que la integración de regímenes autoritarios en la economía mundial fuera acompañada de cambios políticos y de su socialización en el orden liberal (Wandel durch Handel). En cambio, hemos visto surgir un modelo alternativo de crecimiento y desarrollo —y, al menos según sus propios criterios, bastante exitoso— procedente sobre todo de China.
Las democracias se enfrentan ahora al desafío de demostrar que también pueden garantizar la prosperidad de sus propios ciudadanos; por eso son necesarias medidas internas como el desarrollo de infraestructuras, la creación de empleo, la reforma fiscal y la atención sanitaria universal. Pero los éxitos económicos de China no se limitan a su propio territorio. Su Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) ofrece conectividad; China ejerce influencia en organizaciones multilaterales; y la diplomacia de «guerrero lobo» del país se vio compensada por una considerable cantidad de asistencia médica durante la pandemia. En conjunto, estos éxitos sugieren que conviene aliarse con China.
En cambio, la iniciativa del G7 «Build Back Better World» apenas se parece, salvo por el nombre, al plan interno de recuperación de Biden, mucho más ambicioso, y además queda muy por debajo de la BRI. A muchos en todo el mundo se les puede disculpar que piensen que el autoritarismo parece dar resultados, no solo para China y su propio ascenso, sino también para quienes lo adoptan; las democracias, en cambio, parecen abandonar a sus amigos cuando las cosas se ponen difíciles. Hong Kong es un ejemplo. Y por mucho que Estados Unidos defienda su caótica retirada de Afganistán, sus efectos de señalización para aliados y amigos son negativos. Las democracias más poderosas del mundo deben demostrar que también respaldarán a sus amigos, y asociarse con ellos resulta beneficioso no solo en términos económicos, sino también de seguridad.
¿Cómo podemos proteger la democracia?
No se deben minimizar los problemas en el funcionamiento interno de las instituciones y sociedades democráticas. Sin duda, estos desafíos han aumentado en los últimos años, como muestran los disturbios durante la cumbre del G20 en Hamburgo en 2017 o el ataque al Capitolio de Estados Unidos en enero de 2021. Pero, en última instancia, el descontento interno, la disputa dentro de la sociedad y, a veces, incluso las protestas extremas son parte constitutiva de las democracias.
En cambio, los riesgos externos que afrontan hoy las democracias por parte de rivales sistémicos —especialmente en una era de «interdependencia convertida en arma»— pueden amenazar su existencia. Una agenda de renovación democrática será inútil si no se reconocen estas amenazas externas y se les hace frente mediante la reestructuración de las cadenas de suministro, nuevas alianzas globales y la revitalización de las alianzas existentes.

