El desarrollo internacional no consiste solo en aliviar la pobreza; también implica brindar seguridad, estabilidad y oportunidades económicas a comunidades pobres y frágiles, evitando así que sus habitantes tengan que huir de su país en busca de una vida mejor. Para Occidente, que busca frenar los flujos de refugiados y migrantes de África y Oriente Medio, apoyar el desarrollo es un enfoque mucho más eficaz que levantar muros y vallas de alambre de púas.
Pero con demasiada frecuencia el desarrollo queda relegado en la formulación de políticas. La llamada Guerra contra el Terrorismo, que comenzó en 2001, ha evolucionado hasta convertirse en múltiples conflictos brutales que desestabilizan todo Oriente Medio, erosionan las libertades de las personas, socavan su seguridad y transforman la naturaleza misma de sus sociedades. Esto está expulsando a la gente de sus hogares y, a menudo, de sus países. El conflicto que continúa en Siria, en particular, ya ha desplazado a unos cinco millones de personas.
Por supuesto, es sensato decir que los refugiados deberían quedarse en el primer país seguro al que puedan llegar. Sin embargo, muchos claman por escapar por completo de la inestabilidad de su región. Sueñan con una vida de seguridad y oportunidades en Europa, y están dispuestos a hacer grandes esfuerzos para conseguirla, incluso emprendiendo un viaje por el mar Mediterráneo que pone en peligro sus vidas.
Para Europa, dar la espalda a estos refugiados no es una opción: las personas desesperadas seguirán marchando hacia la seguridad y la esperanza, aunque muchos sigan creyendo que sí lo es. Cuando la canciller alemana Angela Merkel aceptó recibir a un millón de refugiados en Alemania, muchos la elogiaron y muchos otros se opusieron.
Pero absorber simplemente los flujos de refugiados tampoco es realmente una opción, al menos no una solución completa. ¿Qué pasaría si Egipto estallara como lo hizo Siria? Los países desarrollados —algunos de los cuales se han resistido a aceptar refugiados— no aceptarían sin más a 20 millones de personas recién desplazadas.
La única opción real para abordar la crisis de los refugiados es afrontar las causas del desplazamiento de las personas, entre ellas el terrorismo, el hambre, las enfermedades, la opresión, la infraestructura inadecuada, la escasez de recursos vitales, la falta de empleo y de perspectivas económicas, y el deterioro del nivel de vida. Desde esta perspectiva, apoyar el desarrollo internacional no es un acto discrecional de generosidad, sino una cuestión de supervivencia mutua.
Sin embargo, para tener éxito hay que adaptar las políticas de desarrollo a la realidad económica. En lugar de limitarse a transferir dinero de un Estado a otro, como ha hecho el mundo durante los últimos 60 años, los fondos para el desarrollo deben utilizarse para movilizar al sector privado, el verdadero motor del crecimiento y el desarrollo económicos. De hecho, en las economías en desarrollo, el sector privado representa el 90 % de los empleos.
Con el enfoque adecuado, los 20.000 millones de euros (21.900 millones de dólares) de financiación anual para el desarrollo que aporta la Unión Europea podrían aprovecharse para movilizar 300.000 millones de euros de capital para el mundo en desarrollo, mejorando la vida de millones de personas. El modelo es sencillo: primero, combinar aportaciones públicas, privadas y benéficas; segundo, invertir los fondos con arreglo a rigurosos estándares del sector privado, en lugar de confiárselos a actores derrochadores del sector público que a menudo tratan con desprecio el dinero de los donantes.
Aunque todavía están en sus inicios, ya se ha demostrado que estos instrumentos de financiación combinada funcionan bien en otras partes del mundo. Una encuesta del Foro Económico Mundial reveló que cada dólar de dinero público invertido en este tipo de iniciativas atrajo hasta 20 dólares de inversión privada. Y esto ni siquiera tiene en cuenta los beneficios que conllevan la mejora de los procedimientos contables, de licitación y de presentación de informes, todos ellos derivados de una mayor participación del sector privado.
Este enfoque es especialmente adecuado ahora que muchos países europeos afrontan un crecimiento lento y fuertes restricciones fiscales. Solo cuatro miembros de la UE destinan actualmente a la ayuda al desarrollo el 0,7 % de la renta nacional bruta acordado a escala mundial.
La buena noticia es que los gobiernos europeos parecen reconocer cada vez más la necesidad de aprovechar el potencial del sector privado para apoyar el desarrollo. El mes pasado, durante una sesión plenaria del Parlamento Europeo en Estrasburgo, la Comisión Europea respaldó mi plan para situar al sector privado en el centro de los proyectos de desarrollo.
Pero establecer la inversión del sector privado como componente clave de la estrategia de desarrollo de Europa es solo el primer paso. Ahora la Comisión debe convertir sus palabras en acciones, lo que implica colaborar directamente con el sector privado y las comunidades empresariales. Al estabilizar las sociedades de Oriente Medio e impulsar su desarrollo económico, Europa puede ayudar hoy a frenar la llegada de migrantes y solicitantes de asilo, al tiempo que asegura nuevos mercados, oportunidades de negocio y alianzas para mañana.


