Lo que comenzó como una guerra comercial entre Estados Unidos y China se está convirtiendo rápidamente en una lucha a muerte por la supremacía económica, tecnológica y militar mundial. Si los líderes de ambos países no gestionan responsablemente la relación que definirá el siglo XXI, el mundo entero pagará el precio de su fracaso.
Hace unos años, como parte de una delegación occidental en China, me reuní con el presidente Xi Jinping en el Gran Salón del Pueblo de Pekín. Al dirigirse a nosotros, Xi sostuvo que el ascenso de China sería pacífico y que otros países —en particular, Estados Unidos— no debían preocuparse por la «trampa de Tucídides», llamada así por el historiador griego que relató cómo el temor de Esparta al ascenso de Atenas hizo inevitable la guerra entre ambas. En su libro de 2017 Destinados a la guerra: ¿pueden Estados Unidos y China escapar de la trampa de Tucídides?, el profesor de Harvard Graham Allison examina 16 rivalidades anteriores entre una potencia emergente y otra establecida, y concluye que 12 desembocaron en guerra. Sin duda, Xi quería que nos centráramos en las cuatro restantes.
Pese a que ambos conocen la trampa de Tucídides y reconocen que la historia no es determinista, China y Estados Unidos parecen estar cayendo en ella de todos modos. Aunque una guerra abierta entre las dos principales potencias del mundo aún parece improbable, una guerra fría es cada vez más probable.
Estados Unidos culpa a China de las tensiones actuales. Desde su adhesión a la Organización Mundial del Comercio en 2001, China ha cosechado los beneficios del sistema mundial de comercio e inversión, al tiempo que incumple sus obligaciones y se aprovecha de sus normas. Según Estados Unidos, China ha obtenido una ventaja injusta mediante el robo de propiedad intelectual, las transferencias forzosas de tecnología, las subvenciones a empresas nacionales y otros instrumentos del capitalismo de Estado. Al mismo tiempo, su gobierno se vuelve cada vez más autoritario y transforma a China en un Estado de vigilancia orwelliano.
Por su parte, los chinos sospechan que el verdadero objetivo de Estados Unidos es impedir que sigan ascendiendo o que proyecten legítimamente su poder e influencia en el extranjero. A su juicio, es lógico que la segunda economía más grande del mundo (por PIB) busque ampliar su presencia en la escena mundial. Y sus líderes sostendrían que su régimen ha mejorado el bienestar material de 1.400 millones de chinos mucho más de lo que jamás podrían hacerlo los sistemas políticos paralizados de Occidente.
Independientemente de qué parte tenga el argumento más sólido, la escalada de las tensiones económicas, comerciales, tecnológicas y geopolíticas quizá haya sido inevitable. Lo que comenzó como una guerra comercial amenaza ahora con convertirse en un estado permanente de animadversión mutua. Así lo refleja la Estrategia de Seguridad Nacional del gobierno de Trump, que considera a China un «competidor» estratégico al que hay que contener en todos los frentes.
En consecuencia, Estados Unidos está restringiendo drásticamente la inversión extranjera directa china en sectores sensibles y tomando otras medidas para garantizar el dominio occidental en industrias estratégicas como la inteligencia artificial y el 5G. Presiona a sus socios y aliados para que no participen en la Iniciativa de la Franja y la Ruta, el vasto programa chino de construcción de proyectos de infraestructura en toda Eurasia. Además, está aumentando las patrullas de la Armada estadounidense en los mares de China Oriental y Meridional, donde China se ha vuelto más agresiva al defender sus dudosas reivindicaciones territoriales.
Las consecuencias globales de una guerra fría entre China y Estados Unidos serían aún más graves que las de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Mientras que la Unión Soviética era una potencia en declive con un modelo económico fallido, China pronto se convertirá en la mayor economía del mundo y seguirá creciendo a partir de entonces. Además, Estados Unidos y la Unión Soviética comerciaban muy poco entre sí, mientras que China está plenamente integrada en el sistema mundial de comercio e inversión y, en particular, estrechamente vinculada a Estados Unidos.
Así pues, una guerra fría a gran escala podría desencadenar una nueva etapa de desglobalización o, al menos, dividir la economía mundial en dos bloques económicos incompatibles. En cualquiera de los dos escenarios, el comercio de bienes, servicios, capital, mano de obra, tecnología y datos se vería gravemente restringido, y el ámbito digital se convertiría en una «splinternet», en la que los nodos occidentales y chinos no se conectarían entre sí. Ahora que Estados Unidos ha impuesto sanciones a ZTE y a Huawei, China se apresurará a garantizar que sus gigantes tecnológicos puedan obtener insumos esenciales en el país o, al menos, de socios comerciales amistosos que no dependan de Estados Unidos.
En este mundo fragmentado, tanto China como Estados Unidos esperarán que todos los demás países elijan un bando, mientras que la mayoría de los gobiernos intentará encontrar la manera de mantener buenos vínculos económicos con ambos. Al fin y al cabo, muchos aliados de Estados Unidos hacen ahora más negocios (en términos de comercio e inversión) con China que con Estados Unidos. Sin embargo, en una economía futura en la que China y Estados Unidos controlen por separado el acceso a tecnologías cruciales como la IA y el 5G, probablemente será imposible mantenerse en una posición intermedia. Todos tendrán que elegir, y el mundo bien podría iniciar un largo proceso de desglobalización.
Pase lo que pase, la relación entre China y Estados Unidos será la principal cuestión geopolítica de este siglo. Cierto grado de rivalidad es inevitable. Pero, idealmente, ambas partes la gestionarían de forma constructiva, permitiendo la cooperación en algunos asuntos y una competencia sana en otros. En la práctica, China y Estados Unidos crearían un nuevo orden internacional, basado en el reconocimiento de que a la nueva potencia en ascenso (inevitablemente) se le debe conceder un papel en la definición de las normas e instituciones mundiales.
Si la relación se gestiona mal —con Estados Unidos tratando de obstaculizar el desarrollo de China y contener su ascenso, y China proyectando agresivamente su poder en Asia y en todo el mundo—, estallará una guerra fría a gran escala, y no se puede descartar una guerra abierta (o una serie de guerras subsidiarias). En el siglo XXI, la trampa de Tucídides engulliría no solo a Estados Unidos y China, sino al mundo entero.


