Dos acontecimientos importantes están influyendo de manera significativa en los acuerdos de seguridad vigentes en Asia-Pacífico.
Como resultado de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) de China, encabezada por el presidente Xi Jinping, y del abandono por parte del presidente estadounidense Trump del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), muchos Estados asiáticos están reorientando sus políticas de larga data hacia las dos potencias.
Los vagos compromisos de Estados Unidos con sus aliados asiáticos tradicionales, junto con las ofertas de miles de millones de dólares en inversiones en infraestructura de China, que dispone de abundantes recursos, podrían alterar el orden habitual de las cosas en Asia.
La política de «Estados Unidos primero» de Trump y la política de Xi de ofrecer «bolsillos profundos» a los vecinos de China ya han llevado a varios aliados leales de Estados Unidos a recalibrar sus alianzas.
El cambio más drástico ha venido del presidente filipino Rodrigo Duterte. Pese a los problemas de larga data con China tras el enfrentamiento por las islas Scarborough, en el mar de China Meridional, y a que Filipinas era uno de los aliados de confianza de Estados Unidos en Asia, Duterte ha repudiado públicamente a Estados Unidos y ha firmado varios tratados bilaterales con China.
Apoyo chino
China ha donado a Filipinas un cargamento de fusiles de asalto y de francotirador, junto con municiones, valorado en 7,35 millones de dólares y compuesto por más de 3.000 armas. Es probable que se utilicen en Mindanao contra militantes radicales. Incluso hace cinco años, el mundo habría esperado que Estados Unidos y Occidente, y no China, apoyaran la lucha de Filipinas contra los militantes radicales.
El distanciamiento de Duterte con Estados Unidos puede atribuirse a las críticas estadounidenses a sus políticas de mano dura contra los narcotraficantes. Duterte ha dicho en varias ocasiones que no le gusta la presencia militar estadounidense en su país. En cambio, es poco probable que China interfiera con el firme liderazgo de Duterte o lo critique por cuestiones de derechos humanos.
Tailandia y Malasia también se han acercado a la esfera de influencia de China.
El Gobierno militar de Tailandia ya mantenía relaciones poco cómodas con la administración Obama; ahora, China y Tailandia están llevando adelante un proyecto ferroviario de alta velocidad previsto, valorado en 5.150 millones de dólares. La junta tailandesa ha hecho del gasto en infraestructura un medio a largo plazo para impulsar la economía, y China ofrece miles de millones a través de la BRI.
Si Filipinas, Malasia, Tailandia, Laos y Camboya también se acercan a China, todo ello podría sacudir los fundamentos de la orientación geopolítica de las naciones de la ASEAN.
Fuerzas impulsoras de la ASEAN
Cuando se creó la ASEAN hace 50 años, había dos fuerzas impulsoras. La primera era obtener beneficios económicos mediante un mejor comercio entre los Estados miembros; la segunda, formar una alianza contra la expansión del comunismo en la región, liderado entonces por la Unión Soviética y la China de Mao. Hoy la Unión Soviética ha dejado de existir y el comunismo ha muerto. A China no le interesa exportar ideología, sino ampliar el comercio en la región. La pregunta inevitable es: «¿Serán los beneficios económicos un pegamento lo bastante fuerte para mantener unidos a los países del bloque mientras se adentran en territorios desconocidos y responden a una China en auge y a unos Estados Unidos en declive e inseguros?»
Una posibilidad es que la ASEAN forme su propio pacto de defensa para evitar quedar atrapada en la pugna regional por el poder entre China y Estados Unidos, y preservar la paz y la estabilidad regionales.
Las disputas en el mar de China Meridional han dejado al descubierto posibles fracturas: países como Camboya son reacios a contrariar a China, mientras que otros expresan su apoyo al fallo de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya.
Pese a las dudas persistentes sobre la continuidad del compromiso de Estados Unidos en la región, a principios de este mes un destructor de la Armada estadounidense navegó cerca de la isla disputada en el mar de China Meridional; además, Estados Unidos ha propuesto aumentar su presencia naval de 272 a 350 buques.
Al celebrar sus 50 años, los líderes de la ASEAN no pueden negar ni aplazar para siempre las inevitables realidades geopolíticas y sus implicaciones para la capacidad del bloque de mantenerse unido durante los próximos 50 años, en medio de la rápida transformación de la dinámica de seguridad de la región.
Una Corea del Norte cada vez más agresiva, liderada por Kim Jong Un, ha probado más misiles que su padre y su abuelo juntos. Ya se han lanzado 16 misiles en 10 pruebas realizadas en 2017, y el objetivo último del país es fabricar un misil capaz de alcanzar Estados Unidos y equipado con una ojiva nuclear.
Se acaba la paciencia
Las amenazas de Corea del Norte inquietan a Japón y Corea del Sur. La administración Trump ha anunciado el fin de la «era de la paciencia estratégica» y ha declarado que «todas las opciones están sobre la mesa».
El refuerzo militar estadounidense en sus bases asiáticas, el despliegue de su sistema de Defensa Terminal de Área a Gran Altitud (THAAD) a lo largo de la frontera coreana y la inquietud de China por ese despliegue, junto con la frustración de Estados Unidos ante la incapacidad de China para contener al imprevisible líder norcoreano, están conduciendo a una serie de posibles desenlaces.
La posibilidad de un ataque estadounidense, con sus consiguientes repercusiones para la región, ya no es inconcebible. Por improbable que pudiera haber parecido hace apenas un año, la aparición de «una sola Corea» como consecuencia de la cadena de acontecimientos que podría desencadenarse si continúan las pruebas de misiles norcoreanas ya no es imposible. Por supuesto, este debate requiere un análisis y una argumentación aparte.
Una China cada vez más poderosa está mostrando señales de asertividad en su vecindad, incluido el mar de China Meridional. Durante las celebraciones del vigésimo aniversario de la devolución de Hong Kong a China, el presidente Xi Jinping pronunció una firme advertencia: «El Gobierno central aplicará sin vacilar la política de “un país, dos sistemas” y se asegurará de que se aplique plenamente en Hong Kong, sin alteraciones ni distorsiones».
El tono general de resignación se refleja en las palabras de Carrie Lam, recién nombrada jefa ejecutiva de Hong Kong, quien dijo a la BBC que no puede garantizar que la libertad de expresión proteja a quienes reclaman la independencia. Estos acontecimientos no ofrecerán ninguna tranquilidad a Taiwán, que China considera una «provincia separatista» que deberá reunificarse con el continente en el futuro.
Persisten las viejas rivalidades
En Asia Meridional, hay pocas esperanzas de que exista cordialidad entre India y Pakistán o de que resuelvan problemas de larga data, como Cachemira y las disputas fronterizas. De hecho, la situación ha empeorado tras los ataques del año pasado contra guardias fronterizos indios en Pathankot y, posteriormente, en Uri, perpetrados presuntamente por militantes paquistaníes.
La rivalidad entre los dos países más grandes de Asia Meridional ha socavado la cooperación regional, y Asia Meridional sigue siendo una de las regiones menos integradas del mundo: el comercio entre sus países ni siquiera alcanza el 5 % del comercio total que estos realizan con el resto del mundo.
Con una población de unos 1.700 millones de personas, Asia Meridional alberga a dos vecinos hostiles entre sí y armados con armas nucleares; cualquier error de juicio o cálculo por parte de uno u otro podría tener consecuencias catastróficas, no solo para ambos países, sino para toda la región.
Aunque la Asociación Sudasiática para la Cooperación Regional (SAARC) es prácticamente una organización disfuncional —sobre todo en comparación con la ASEAN—, la rivalidad entre India y Pakistán también está obstaculizando otras iniciativas regionales y subregionales, como la BRI y el Foro de Cooperación Regional Bangladesh-China-India-Myanmar (BCIM). El Corredor Económico China-Pakistán atraviesa la disputada región de Cachemira, lo que deja a India fuera de la BRI y la hace desconfiar del BCIM.
En junio, las tropas chinas comenzaron a construir una carretera en dirección a la frontera india, hasta la meseta de Doklam, en Bután, que China reclama como enclave propio. Bután, a su vez, ha pedido ayuda a la vecina India, que envió tropas al otro lado de la frontera desde el estado nororiental de Sikkim.
El «cuello de gallina» de India
El enfrentamiento entre China, India y Bután comenzó por la preocupación de India ante las obras chinas en la región. Aunque la meseta de Doklam no es territorio indio, la actividad en la región da acceso a China al corredor del «cuello de gallina», que conecta India con sus remotos estados del noreste. China y muchos habitantes de Bután sospechan que Nueva Delhi podría estar impulsando la reafirmación de las reivindicaciones de Bután debido a la importancia estratégica que el corredor tiene para India.
La incapacidad de estas dos potencias asiáticas para establecer algún tipo de relación estratégica mínima que les reporte ventajas económicas, comerciales y de conectividad sigue perjudicándolas, así como a otros países de la región.
India está reorientando su política, y el primer ministro Modi se acerca a Estados Unidos y Japón, mientras se perfila una alianza regional entre Estados Unidos, India, Japón y Vietnam.
La visita del primer ministro Modi a Israel —la primera de un primer ministro indio— y la firma de un acuerdo de defensa por valor de miles de millones de dólares entre ambos países reflejan un cambio respecto de la dependencia tradicional de India de Rusia como principal proveedor de material militar.
El ejercicio militar conjunto entre Rusia y Pakistán del año pasado, el acercamiento de Rusia a los talibanes mientras los insurgentes lanzan ataques cada vez más audaces en Afganistán, y el hecho de que una nueva rama de Estado Islámico en Afganistán esté tomando el control de territorio fortificado que antes se consideraba un bastión talibán están cambiando la dinámica de la pugna por el poder regional.
La retirada de las tropas estadounidenses, el compromiso incierto de Pakistán con la erradicación de los talibanes y la implicación ahora de Rusia no auguran nada bueno para la región.
Incluso Australia se distanció de Estados Unidos tras la fallida llamada telefónica entre Trump y el primer ministro Malcolm Turnbull sobre la cuestión del asilo para refugiados. Turnbull dijo públicamente que estaba abierto a que China ocupara el lugar de Estados Unidos al frente de las negociaciones del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), tras la retirada de Trump.
Hoy, China es el mayor mercado de Australia para las exportaciones de mercancías. Turnbull también está consultando con otros países para seguir adelante con el TPP sin Estados Unidos, y mantiene conversaciones con el primer ministro de Japón, Shinzo Abe.
Nuevos caminos
Mientras los aliados tradicionales de Estados Unidos buscan maneras de unirse sin ese país y China continúa impulsando regímenes comerciales como la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), además de grandes proyectos de infraestructura como la BRI, la geopolítica de Asia-Pacífico está experimentando realineamientos y cambios que no se veían desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
A medida que la región de Asia-Pacífico navega por aguas desconocidas, se pondrá a prueba la solidez de antiguas alianzas económicas como la ASEAN y también se cuestionará la idea convencional de que los países con credenciales democráticas y mercados libres se alineaban política y militarmente con el líder del mundo libre: Estados Unidos.
La economía, la política y las alianzas militares quizá ya no sigan la misma trayectoria que antes. El futuro de la región está plagado de desafíos e incertidumbre, y exige comprender mucho mejor tanto las cuestiones estratégicas y los intereses económicos como las fuerzas que unen a los países o abren brechas entre ellos.
Los problemas complejos requieren una comprensión madura, algo que en este momento parece dar ventaja a los chinos frente a los estadounidenses, mientras los asiáticos, inquietos, esperan y observan cómo se desarrollan los acontecimientos. Una cosa es segura: nada volverá a ser igual.


