La reunión entre el líder norcoreano Kim Jong-un y el presidente surcoreano Moon Jae-in es, sin duda, uno de los acontecimientos más dramáticos y trascendentales de la historia reciente de Asia Oriental. Más allá del simbolismo de los apretones de manos transfronterizos y la plantación de árboles (sin mencionar una mousse de mango decorada de forma polémica que provocó brevemente el enfado de Japón), la declaración conjunta de que este año se acordará un tratado de paz y de que ambos países comparten el objetivo de la desnuclearización marca el avance más importante en las relaciones intercoreanas desde el armisticio que puso fin a la guerra de Corea en 1953.
La primera oportunidad real para este diálogo pareció llegar cuando Corea del Sur fue sede de los Juegos Olímpicos de Invierno en Pyeongchang en febrero de este año. Sin embargo, en la práctica, es poco probable que un evento deportivo convenientemente ubicado fuera el único catalizador de un cambio tan drástico en la política exterior norcoreana.
Entre los analistas de los asuntos coreanos, circulan varias teorías. Algunos creen que el Gobierno de Kim hizo sus gestos porque teme genuinamente que las sanciones económicas puedan convertirse en una amenaza existencial; otros suponen que el programa de pruebas armamentísticas del régimen le ha proporcionado ya una garantía suficiente de que podría disuadir un ataque grave. Una tercera teoría sugiere que el enfoque impredecible de Donald Trump en las relaciones internacionales dio al Norte un sentido de urgencia.
Pero, sea cual sea el estímulo preciso o la combinación de circunstancias, el Norte ha resultado ser bastante más sofisticado en lo diplomático de lo que muchos observadores pensaban. Cuando Pyongyang se puso en contacto con Seúl para plantear la posibilidad de una reunión a través de sus emisarios en los Juegos Olímpicos de Invierno, no estaba claro cómo podría organizarse una cumbre tan histórica en tan poco tiempo. Normalmente, este tipo de eventos requiere meses de planificación y negociación sobre los detalles más minuciosos, pero las dos partes se dieron apenas unas semanas para organizarla.
La visita de Kim Jong-un a Pekín –su primer viaje oficial al extranjero como líder de Corea del Norte– resultó decisiva. Kim salió reconfortado por el apoyo de su aliado más importante y alivió el creciente temor de Pekín a verse relegada en el proceso. Esta cumbre también mostró por primera vez las hasta entonces poco reconocidas habilidades diplomáticas de Kim, que desempeñó a la perfección el papel de socio menor junto a Xi Jinping.
Aun así, pese a la explosión de emociones de todas las partes, conviene mantener una dosis de realismo.
El juego a largo plazo
Pese a la declaración de Kim y Moon de que la desnuclearización completa de la península es el objetivo, aún no está claro si las dos partes entienden lo mismo con esa expresión. No se sabe si Pyongyang está dispuesta a aceptar una reducción de su capacidad en cualquier grado, pero, incluso si se comprometiera plenamente con un acuerdo de desnuclearización, su programa armamentístico sería, en última instancia, irreversible: Corea del Norte ya sabe cómo producir estas armas, y seguirá sabiéndolo aunque las que tiene sean destruidas.
Otra declaración destacada de la cumbre fue el compromiso de los dos líderes de “impulsar activamente” reuniones con Estados Unidos o con Estados Unidos y China. Esto apunta a una verdad incómoda: cualquier debate sobre las relaciones intercoreanas nunca puede ser puramente bilateral. Por histórica que haya sido esta cumbre, los problemas en el centro de la división de Corea no pueden resolverse sin la participación directa de Estados Unidos y China.
China no tolerará verse marginada por Estados Unidos y hará todo lo posible para que el siguiente paso sea un diálogo a cuatro bandas. Del mismo modo, Corea del Norte necesitará el apoyo de su socio económico más importante si quiere reconstruir su economía. En última instancia, los intereses de China se sirven mejor con la coexistencia pacífica de las dos Coreas que con la reunificación, que la privaría de un Estado tapón entre su frontera y la de un aliado militar de Estados Unidos. Es probable que Xi siga apoyando a Kim y prestando asistencia para el desarrollo económico en lugar de fomentar una disolución formal de la frontera con el Sur.
Del mismo modo, independientemente de los deseos de quienes se encuentran al sur de la frontera, no puede lograrse un avance concreto con el Norte sin la contribución de Estados Unidos. Tal y como están las cosas, el Sur necesita las garantías de seguridad de Washington, y las diversas prioridades del Norte giran en torno a protegerse de una hipotética acción militar estadounidense.
Así pues, por trascendental que fuera la reunión entre Kim y Moon, los dos hombres por sí solos no tienen la clave del futuro de sus países. Sin embargo, pese a esta cruda realidad geopolítica, sería un error no reconocer la magnitud de este extraordinario paso adelante. Que las dos Coreas vuelvan a hablar es un progreso en sí mismo, y que parezca probable que sigan dialogando y generando confianza es lo mejor que cualquiera podría haber esperado de este encuentro sin precedentes.



