La próxima crisis económica podría provocar un conflicto global. He aquí por qué

Final numbers for the Dow Jones industrial average are displayed after the close of trading on the floor of the New York Stock Exchange (NYSE) in Manhattan in New York, U.S., October 11, 2018. REUTERS/Brendan McDermid? - RC110DE21200
The 2008-09 global financial crisis almost bankrupted governments.Image: REUTERS/Brendan McDermid
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La respuesta a la crisis económica de 2008 se ha basado demasiado en el estímulo monetario, en forma de flexibilización cuantitativa y tipos de interés cercanos a cero (o incluso negativos), y ha incluido muy pocas reformas estructurales. Esto significa que la próxima crisis podría llegar pronto y allanar el camino a un conflicto militar a gran escala.

La próxima crisis económica está más cerca de lo que crees. Pero lo que realmente debería preocuparte es lo que viene después: en el panorama social, político y tecnológico actual, una crisis económica prolongada, combinada con el aumento de la desigualdad de ingresos, bien podría desembocar en un importante conflicto militar global.

La crisis financiera mundial de 2008-09 estuvo a punto de llevar a la quiebra a los gobiernos y provocó un colapso sistémico. Los responsables políticos lograron alejar a la economía mundial del abismo mediante un enorme estímulo monetario, que incluyó flexibilización cuantitativa y tipos de interés cercanos a cero (o incluso negativos).

Image: ONU

Pero el estímulo monetario es como una inyección de adrenalina para reanimar un corazón detenido: puede revivir al paciente, pero no hace nada por curar la enfermedad. Para tratar una economía enferma hacen falta reformas estructurales, que pueden abarcar desde los mercados financieros y laborales hasta los sistemas tributarios, los patrones de fecundidad y las políticas educativas.

Los responsables políticos han fracasado por completo en impulsar esas reformas, pese a haberse comprometido a hacerlo. En cambio, han seguido enfrascados en la política. De Italia a Alemania, formar y mantener gobiernos parece llevar ahora más tiempo que gobernar. Y Grecia, por ejemplo, ha dependido del dinero de acreedores internacionales para mantenerse (apenas) a flote, en lugar de reformar de verdad su sistema de pensiones o mejorar su entorno empresarial.

La falta de reformas estructurales ha hecho que la liquidez excedentaria sin precedentes que los bancos centrales inyectaron en sus economías no se destinara a sus usos más eficientes. En cambio, elevó los precios de los activos a escala mundial hasta niveles aún más altos que los previos a 2008.

En Estados Unidos, los precios de la vivienda son ahora un 8 % más altos que en el punto máximo de la burbuja inmobiliaria de 2006, según el sitio web inmobiliario Zillow. La relación precio-beneficio (CAPE), que mide si los precios bursátiles se encuentran dentro de un rango razonable, es ahora más alta que en 2008 y al comienzo de la Gran Depresión, en 1929.

A medida que el endurecimiento monetario deja al descubierto las vulnerabilidades de la economía real, el estallido de las burbujas de precios de los activos desencadenará otra crisis económica, que podría ser aún más grave que la anterior porque hemos desarrollado tolerancia a nuestros medicamentos macroeconómicos más potentes. Una década de inyecciones regulares de adrenalina, en forma de tipos de interés ultrabajos y políticas monetarias no convencionales, ha mermado gravemente su capacidad para estabilizar y estimular la economía.

Si la historia sirve de guía, las consecuencias de este error podrían ir mucho más allá de la economía. Según Benjamin Friedman, de Harvard, los períodos prolongados de dificultades económicas también se han caracterizado por la hostilidad pública hacia grupos minoritarios o países extranjeros, actitudes que pueden alimentar disturbios, terrorismo e incluso guerras.

Por ejemplo, durante la Gran Depresión, el presidente estadounidense Herbert Hoover firmó en 1930 la Ley Arancelaria Smoot-Hawley, destinada a proteger a los trabajadores y agricultores estadounidenses de la competencia extranjera. En los cinco años siguientes, el comercio mundial se redujo en dos tercios. En menos de una década había comenzado la Segunda Guerra Mundial.

Desde luego, la Segunda Guerra Mundial, al igual que la Primera Guerra Mundial, fue causada por multitud de factores; no existe un camino predeterminado hacia la guerra. Pero hay razones para creer que los altos niveles de desigualdad pueden contribuir significativamente a avivar los conflictos.

Según una investigación del economista Thomas Piketty, a un aumento brusco de la desigualdad de ingresos suele seguirle una gran crisis. Después, la desigualdad de ingresos disminuye durante un tiempo, antes de volver a aumentar hasta alcanzar un nuevo máximo y provocar otro desastre. Aunque todavía no se ha demostrado la causalidad, dado el número limitado de datos, no debe tomarse a la ligera esta correlación, especialmente cuando la desigualdad de la riqueza y de los ingresos se encuentra en niveles históricamente altos.

Todo esto resulta aún más preocupante ante los numerosos factores que avivan el malestar social y la tensión diplomática, entre ellos la disrupción tecnológica, una crisis migratoria sin precedentes, la inquietud por la globalización, la polarización política y el auge del nacionalismo. Todos son síntomas de políticas fallidas que podrían convertirse en detonantes de una crisis futura.

Los votantes tienen buenos motivos para sentirse frustrados, pero los populistas que apelan a las emociones y que cada vez reciben más apoyo ofrecen soluciones desacertadas que solo empeorarán las cosas. Por ejemplo, pese a la interconexión sin precedentes del mundo, el multilateralismo se rechaza cada vez más, mientras los países —en particular, Estados Unidos bajo Donald Trump— aplican políticas unilaterales y aislacionistas. Mientras tanto, las guerras subsidiarias hacen estragos en Siria y Yemen.

En este contexto, debemos tomar en serio la posibilidad de que la próxima crisis económica desemboque en un enfrentamiento militar a gran escala. Según la lógica del politólogo Samuel Huntington, considerar un escenario así podría ayudarnos a evitarlo, porque nos obligaría a actuar. En este caso, la clave será que los responsables políticos impulsen las reformas estructurales que llevan mucho tiempo prometiendo y sustituyan las acusaciones y la hostilidad por un diálogo global sensato y respetuoso. La alternativa bien podría ser una conflagración mundial.

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