Los acontecimientos mundiales recientes siguen demostrando el papel fundamental que desempeñan los gobiernos al actuar frente a las amenazas.
Pero, aunque el acceso a los datos y herramientas adecuados es esencial, los líderes deben considerar otros factores clave.
Sorprendentemente, los países que frenaron con mayor eficacia las infecciones por COVID-19 durante la pandemia no fueron los que tenían los mejores sistemas sanitarios del mundo.
Una nueva investigación publicada en The Lancet muestra cómo la confianza en los gobiernos y las comunidades puede influir en la gestión de crisis y, potencialmente, salvar vidas.
Mientras el mundo se enfrenta a una crisis tras otra, pocas dudas caben sobre el papel del gobierno en la respuesta a estas amenazas. Ya sea una amenaza militar, como la guerra en Ucrania (o en Etiopía, Yemen u otros lugares), o una amenaza sanitaria mundial, como la COVID-19, los gobiernos están en primera línea de respuesta a las crisis. Transmiten información fundamental, a menudo vital, y toman decisiones difíciles sobre cuándo y cómo contrarrestar los riesgos.
¿Pero qué ocurre cuando los gobiernos no han logrado la confianza necesaria para convencer a la gente de que los siga durante las crisis? Se pierden vidas. En un estudio que publiqué en febrero de 2022 en la revista médica The Lancet, junto con colegas del Institute for Health Metrics and Evaluation y del Council on Foreign Relations, descubrimos que los países con las tasas de infección por COVID-19 más bajas eran también los que tenían los niveles de confianza más altos. Esto no se refería solo a la confianza en sus gobiernos, sino también a la confianza en sus comunidades locales.
Para explicar por qué algunos países protegieron tan bien a su población y otros no, analizamos más de dos docenas de factores, entre ellos el nivel de ingresos, los patrones de edad, los riesgos biológicos asociados a la transmisión, el gasto en sistemas sanitarios y las medidas tradicionales de preparación ante pandemias. Sorprendentemente, los países que más frenaron las infecciones por COVID-19 durante la pandemia no fueron los que tenían los mejores sistemas sanitarios del mundo. Tampoco fueron los países que los expertos consideraban mejor preparados para defenderse de un virus altamente contagioso y letal. En cambio, los países con altos niveles de confianza nacional y local ralentizaron con mayor eficacia la propagación del virus y, en última instancia, salvaron vidas.
La confianza interpersonal —el nivel de confianza entre las personas— fue un factor predictivo aún más poderoso del éxito de los países frente a la pandemia. La confianza en el gobierno explicaba el 7 por ciento de las diferencias entre países en las tasas de infección (estandarizadas para ser comparables entre países), mientras que la confianza interpersonal explicaba el 17 por ciento de esas mismas diferencias. Si todos los países hubieran tenido los niveles de confianza más altos del mundo, como Dinamarca y Suiza, podría haberse registrado un 40 por ciento menos de infecciones a nivel mundial.
Quizá estos resultados no deberían sorprendernos. A pesar de la enorme cantidad de miedo e incertidumbre que trajo consigo la COVID-19, las precauciones que los gobiernos recomendaron en todo el mundo no han evolucionado de forma significativa a lo largo de la pandemia. La mayoría de los gobiernos acabaron recomendando el distanciamiento social y el uso de mascarillas. La vacunación y la dosis de refuerzo se convirtieron en un mensaje habitual de los responsables de salud pública de todo el mundo en cuanto estas opciones estuvieron disponibles. Aun así, las tasas de uso de mascarillas y de vacunación han variado drásticamente a lo largo de la pandemia, tanto a nivel mundial como dentro de países como EE. UU. Las interacciones cara a cara, medidas a partir de los desplazamientos de las personas dentro de las localidades o ciudades en las que viven, también variaron de forma notable: algunas poblaciones reaccionaron de manera drástica y se aislaron, mientras que otras redujeron el contacto físico en menor grado. En consecuencia, observamos que las tasas de infección por COVID-19 variaron drásticamente, y muchos países registraron tasas de infección más de diez veces superiores a las de países como Vietnam o Nueva Zelanda, que tienen niveles de confianza en el gobierno y de confianza interpersonal superiores a la media.
Lo que confirma esta investigación es que una característica a menudo pasada por alto —la confianza— puede facilitar u obstaculizar la respuesta de un gobierno ante una crisis. No basta con que un gobierno disponga de las herramientas para responder a una crisis sanitaria mundial; también necesita el respaldo de quienes intenta proteger. En el caso de la COVID-19, los países con personas dispuestas a escuchar, confiar y actuar lograron prevenir la pérdida de vidas limitando las infecciones. A medida que dejamos atrás la gestión de la crisis de la COVID y afrontamos nuevas crisis —y nos preparamos para futuras pandemias—, se ha vuelto imperativo invertir en la construcción de la confianza a nivel interpersonal y gubernamental.


