Este artículo forma parte de la plataforma del Foro Económico Mundial de Geoestrategia
En julio de 2019, el presidente Donald Trump tuiteó que «Irán nunca ha ganado una guerra, pero nunca ha perdido una negociación». El análisis publicado hoy por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) sobre las redes de Irán en Oriente Medio sugiere un cambio de rumbo: Teherán ha perdido la fe en las negociaciones tras el colapso del acuerdo nuclear con Irán, pero ha encontrado la manera de ganar en la guerra.
Si bien el equilibrio militar convencional sigue inclinándose en gran medida a favor de Estados Unidos y sus aliados, Irán ha inclinado el equilibrio de la fuerza efectiva en Oriente Medio a su favor al desarrollar una capacidad soberana para librar guerras a través de terceros.
Irán disputa y gana guerras «libradas entre la población», no guerras entre Estados. Evita el conflicto simétrico entre Estados, consciente de que estaría en desventaja armamentística. En cambio, persigue la guerra asimétrica a través de socios no estatales.
Esta capacidad soberana tiene un valor estratégico mayor para Teherán que sus fuerzas convencionales, sus misiles balísticos o incluso su programa nuclear en proceso de revitalización. Es un arma de elección particularmente adecuada para los conflictos regionales actuales.
Estas disputas no se definen por la guerra entre Estados, con paridad de fuerzas sujeta al derecho internacional, sino que son espacios de batalla complejos y saturados, sin Estado de derecho ni rendición de cuentas, con poca visibilidad y múltiples actores que representan un mosaico de intereses locales y regionales.
Irán ha desarrollado esta capacidad para combatir y ganar manteniendo las hostilidades en un nivel que minimiza la probabilidad de represalias contra el propio Irán.
En Siria, por ejemplo, la Fuerza Quds de Irán dirigió tanto a milicias extranjeras como nacionales para salvar al régimen de Bashar al-Asad. Irán se está integrando ahora en el gobierno en evolución de Siria y en sus estructuras de seguridad informales. Si bien esto es asequible, flexible y negable para Teherán, también sirve para contrarrestar cualquier presencia estadounidense en el país, intensificar la amenaza de Irán contra Israel, protegerse frente a la política rusa y garantizar un papel duradero independientemente del destino del régimen de Asad.
Guerra asimétrica
La guerra asimétrica de Irán no ha encontrado una respuesta internacional eficaz y supone un desafío considerable, ya que los adversarios de Irán no pueden simplemente reequilibrar su influencia en la región mediante el poder convencional. La fuerza convencional no ha disuadido ni limitado el desarrollo constante, a lo largo de 40 años, de la capacidad soberana de Irán para librar este tipo especializado de guerra.
Su «compromiso persistente» en las jurisdicciones vecinas es difícil de igualar para otros, porque el país ha perfeccionado una estrategia especializada para construir su propio sistema de apoyo dentro de Estados frágiles. Su doctrina se basa en la experiencia bélica iraní y en la ideología revolucionaria. A menudo explota la afinidad de la comunidad chií con Irán, pero también a veces recluta a comunidades no chiíes que comparten los objetivos de Irán.
El régimen cuenta con esta capacidad cuidadosamente diseñada para atraer a minorías y a los marginados más allá de sus fronteras, y es poco probable que renuncie a la red de influencia que ha construido para obtener la «rehabilitación internacional». El carisma de Irán a los ojos de sus socios deriva de su supervivencia como paria y alternativa.
Las redes de influencia de Irán constituyen una capacidad soberana que ahora forma parte de su personalidad estratégica. Renunciar a ellas implicaría no solo una pérdida de influencia, sino también de identidad.
Si bien la inclusión en el orden internacional supondría beneficios económicos para Teherán, exigiría imponer restricciones a la capacidad de guerra a distancia de la Fuerza Quds. Irán y la Fuerza Quds no pueden ser a la vez revolucionarios y parte del orden internacional.
Irán podría entrar finalmente en negociaciones sobre el alcance de sus redes de influencia, pero, hasta ahora, su reacción ante la creciente presión ha sido defender a sus aliados, mantenerse firme en sus asociaciones y repetir la narrativa de la resistencia.
El Líder Supremo podría revertir esta elección estratégica. Sin embargo, las redes de influencia de Irán constituyen una capacidad soberana que ahora forma parte de su personalidad estratégica. Renunciar a ellas implicaría no solo una pérdida de influencia, sino también de identidad. Se han convertido en un activo estratégico fundamental para el régimen. Las sanciones por sí solas difícilmente obligarán al régimen a renunciar a una capacidad que le ha proporcionado un cordón exterior de protección tan vital.
Los Estados débiles y las sociedades divididas son presa fácil de la influencia iraní. En Irak, Siria y Yemen, Irán ha perseguido asociaciones no estatales de forma oportunista.
En los países que han logrado desarrollar un cierto grado de buena gobernanza, la influencia de Irán se ha visto mermada, limitando su capacidad para crear el próximo Hezbolá. La fragilidad de los países vecinos favorece la forma de guerra de Irán; unas instituciones sólidas que sirvan a un propósito nacional sano son una primera línea de defensa necesaria, aunque no siempre suficiente, frente a ella.
Un debate internacional sobre cómo afrontar la forma de guerra de Irán debe basarse en los hechos de esta capacidad estratégica generada de manera única.
Irán está ganando la guerra por Oriente Medio, y Occidente no tiene una respuesta convincente, John Chipman, del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos


