Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI, analiza los desafíos que enfrenta la economía mundial.
Expone 3 prioridades de acción para afrontar unas «perspectivas económicas mundiales que se han ensombrecido considerablemente».
El FMI se dispone a revisar aún más a la baja sus previsiones de crecimiento mundial.
Mientras los ministros del G20 y los gobernadores de los bancos centrales se reúnen esta semana en Bali (13 de julio), se enfrentan a unas perspectivas económicas mundiales que se han ensombrecido considerablemente.
Cuando el G20 se reunió por última vez en abril, el FMI acababa de rebajar su previsión de crecimiento mundial al 3,6 % para este año y el próximo, y advertimos que la situación podía empeorar ante los posibles riesgos a la baja. Desde entonces, varios de esos riesgos se han materializado y las múltiples crisis que enfrenta el mundo se han intensificado.
La tragedia humana de la guerra en Ucrania ha empeorado. También lo ha hecho su impacto económico, especialmente a través de las perturbaciones en los precios de las materias primas, que ralentizan el crecimiento y agravan una crisis del costo de la vida que afecta a cientos de millones de personas, en particular a quienes viven en la pobreza y no pueden alimentar a sus familias. Y la situación no deja de empeorar.
La inflación es más alta de lo previsto y se ha extendido más allá de los precios de los alimentos y la energía. Esto ha llevado a los principales bancos centrales a anunciar un mayor endurecimiento de la política monetaria, que es necesario, pero pesará sobre la recuperación. Las continuas perturbaciones relacionadas con la pandemia, especialmente en China, y los nuevos cuellos de botella en las cadenas de suministro mundiales han obstaculizado la actividad económica.
Como resultado, los indicadores recientes apuntan a un segundo trimestre débil, y proyectaremos una nueva revisión a la baja del crecimiento mundial tanto para 2022 como para 2023 en nuestra Actualización de las Perspectivas de la economía mundial a finales de este mes.
De hecho, las perspectivas siguen siendo sumamente inciertas. Pensemos en cómo nuevas interrupciones del suministro de gas natural a Europa podrían sumir a muchas economías en una recesión y desencadenar una crisis energética mundial. Este es solo uno de los factores que podrían agravar una situación que ya es difícil.
2022 será un año difícil y es posible que 2023 lo sea aún más, con un mayor riesgo de recesión.
Por eso necesitamos medidas decisivas y una sólida cooperación internacional, encabezada por el G20. Nuestro nuevo informe para el G20 expone políticas que los países pueden aplicar para navegar este mar de dificultades. Permítanme destacar tres prioridades.
En primer lugar, los países deben hacer todo lo que esté a su alcance para reducir la elevada inflación.
¿Por qué? Porque una inflación persistentemente alta podría frenar la recuperación y deteriorar aún más el nivel de vida, en particular el de las personas vulnerables. En muchos países, la inflación ya ha alcanzado máximos de varias décadas, y tanto la inflación general como la subyacente siguen aumentando.
Esto ha desencadenado un ciclo de endurecimiento monetario cada vez más sincronizado: desde julio de 2021, 75 bancos centrales —aproximadamente tres cuartas partes de los que seguimos— han subido las tasas de interés. En promedio, lo han hecho 3,8 veces. En las economías emergentes y en desarrollo, donde las tasas de política monetaria empezaron a subir antes, el aumento total promedio ha sido de 3 puntos porcentuales, casi el doble de los 1,7 puntos porcentuales registrados en las economías avanzadas.
La mayoría de los bancos centrales tendrá que seguir endureciendo la política monetaria con decisión. Esto es especialmente urgente allí donde las expectativas de inflación empiezan a desanclarse. Si no se actúa, estos países podrían afrontar una espiral destructiva de salarios y precios que exigiría un endurecimiento monetario más enérgico y perjudicaría aún más el crecimiento y el empleo.
Actuar ahora hará menos daño que actuar más adelante.
También es fundamental comunicar claramente estas medidas de política. Se trata de preservar la credibilidad de las políticas en un contexto de abundantes riesgos a la baja. Por ejemplo, nuevas sorpresas al alza en la inflación exigirían un endurecimiento monetario más pronunciado que el previsto por el mercado, lo que podría provocar más volatilidad y ventas masivas de activos de riesgo y en los mercados de bonos soberanos. Esto, a su vez, podría generar nuevas salidas de capital de las economías emergentes y en desarrollo.
La apreciación del dólar estadounidense ya ha coincidido con salidas de cartera de los mercados emergentes: registraron un cuarto mes consecutivo de salidas en junio, la racha más larga de este tipo en siete años. Esto está añadiendo presión sobre los países vulnerables.
Cuando las perturbaciones externas son tan disruptivas que los tipos de cambio flexibles por sí solos no pueden absorberlas, las autoridades deben estar preparadas para actuar. Por ejemplo, pueden intervenir en el mercado de divisas o aplicar medidas de gestión de los flujos de capital en una situación de crisis para ayudar a anclar las expectativas. Además, deben reducir de forma preventiva la dependencia del endeudamiento en moneda extranjera cuando los niveles de deuda sean elevados. Para ayudar a los países a responder en esas circunstancias, recientemente actualizamos la opinión institucional del FMI sobre esta cuestión.
El Fondo también está redoblando sus esfuerzos para servir a sus miembros de otras maneras. Esto incluye asesoramiento sobre la gestión de activos de reserva y asistencia técnica para fortalecer la comunicación de los bancos centrales.
El objetivo debe ser ayudar a todos a superar este ciclo de endurecimiento sin tropiezos.
En segundo lugar, la política fiscal debe apoyar —y no entorpecer— los esfuerzos de los bancos centrales para reducir la inflación.
Los países con niveles elevados de deuda también tendrán que endurecer su política fiscal. Esto ayudará a reducir la carga de un endeudamiento cada vez más costoso y, al mismo tiempo, complementará los esfuerzos monetarios por contener la inflación.
En los países donde la recuperación de la pandemia está más avanzada, retirar el apoyo fiscal extraordinario ayudará a moderar la demanda y, por tanto, a reducir las presiones sobre los precios.
Pero esa es solo una parte de la historia. Algunas personas necesitarán más apoyo, no menos.
Esto exige medidas específicas y temporales para apoyar a los hogares vulnerables que enfrentan nuevas perturbaciones, especialmente por los elevados precios de la energía o los alimentos. En este caso, las transferencias directas de efectivo han demostrado ser eficaces, a diferencia de los subsidios distorsionadores o los controles de precios, que por lo general no logran reducir de forma duradera el costo de la vida.
A mediano plazo, las reformas estructurales también son cruciales para impulsar el crecimiento: por ejemplo, políticas del mercado laboral que ayuden a las personas a incorporarse a la fuerza laboral, en particular las mujeres.
Las nuevas medidas deben ser neutras desde el punto de vista presupuestario: financiarse con nuevos ingresos o reducciones del gasto en otras áreas, sin contraer nueva deuda y evitando contrarrestar la política monetaria. Esta nueva era de endeudamiento récord y tasas de interés más altas hace que todo esto sea doblemente importante.
Reducir la deuda es una necesidad urgente, especialmente en las economías emergentes y en desarrollo con pasivos denominados en moneda extranjera (FX), más vulnerables al endurecimiento de las condiciones financieras mundiales y donde los costos de endeudamiento se disparan.
Los rendimientos de los bonos soberanos denominados en moneda extranjera ya han superado el 10 % en alrededor de un tercio de las economías emergentes, cerca de los máximos registrados por última vez tras la crisis financiera mundial. Las economías emergentes que dependen más del endeudamiento interno, como las de Asia, han estado más protegidas. Pero una ampliación de las presiones inflacionarias y la consiguiente necesidad de endurecer más rápidamente la política monetaria interna podrían cambiar el cálculo.
La situación es cada vez más grave para las economías que atraviesan o están cerca de una crisis de deuda, entre ellas el 30 % de los países de mercados emergentes y el 60 % de las naciones de bajos ingresos.
Una vez más, el Fondo está aquí para sus miembros: ofrece análisis y asesoramiento adaptados a sus necesidades, así como un marco de préstamos más ágil para apoyar a los países en tiempos de crisis. Esto incluye financiamiento de emergencia, límites de acceso más amplios, nuevas líneas de liquidez y crédito, y la histórica asignación de DEG por valor de 650.000 millones de dólares.
Además de estos esfuerzos, se necesitan con urgencia medidas decisivas de todas las partes para mejorar y aplicar el Marco Común del G20 para el tratamiento de la deuda. Los grandes prestamistas, tanto soberanos como privados, deben redoblar sus esfuerzos y cumplir su parte. El tiempo apremia. Es fundamental que los comités de acreedores de Chad, Etiopía y Zambia logren tantos avances como sea posible en sus reuniones de este mes.
¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial en materia de diversidad, equidad e inclusión?
El Centro para la Nueva Economía y la Sociedad conecta a líderes para comprender cómo el cambio económico y tecnológico está transformando los empleos, las competencias y las oportunidades.
Mediante el conocimiento compartido y la colaboración, el Centro permite a sus socios explorar modelos económicos inclusivos que apoyan a las personas y las sociedades durante la transición.
En tercer lugar, necesitamos un nuevo impulso para la cooperación mundial, encabezada por el G20.
Para evitar posibles crisis e impulsar el crecimiento y la productividad, se necesitan con urgencia medidas internacionales más coordinadas. La clave está en aprovechar los avances recientes en ámbitos que van desde la tributación y el comercio hasta la preparación ante pandemias y el cambio climático. El nuevo fondo del G20, de 1.100 millones de dólares, para la prevención y preparación ante pandemias demuestra lo que es posible, al igual que los éxitos recientes en la Organización Mundial del Comercio.
La prioridad más urgente es actuar para aliviar la crisis del costo de la vida, que está sumiendo en la pobreza extrema a 71 millones de personas más en los países más pobres del mundo, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo . A medida que aumentan las inquietudes sobre el suministro de alimentos y energía, también crecen los riesgos de inestabilidad social.
Para evitar más hambre, malnutrición y migración, los países más ricos del mundo deben brindar apoyo urgente a quienes lo necesitan, incluso mediante nuevo financiamiento bilateral y multilateral, especialmente a través del Programa Mundial de Alimentos.
Como medida inmediata, los países deben revertir las restricciones impuestas recientemente a las exportaciones de alimentos. ¿Por qué? Porque esas restricciones son perjudiciales e ineficaces para estabilizar los precios internos. También se necesitan medidas adicionales para fortalecer las cadenas de suministro y ayudar a los países vulnerables a adaptar la producción de alimentos para hacer frente al cambio climático.
El FMI también está ayudando en este ámbito. Trabajamos en estrecha colaboración con nuestros socios internacionales, entre otras cosas mediante una nueva iniciativa multilateral de seguridad alimentaria . Nuestro nuevo Fondo Fiduciario para la Resiliencia y la Sostenibilidad proporcionará 45.000 millones de dólares en financiamiento concesionario a los países vulnerables, con el objetivo de abordar desafíos a más largo plazo, como el cambio climático y futuras pandemias. Y estamos dispuestos a hacer más.
Es importante tener en cuenta las condiciones particularmente difíciles que atraviesan muchos países africanos en este momento. En mi reunión de esta semana con ministros de Finanzas y gobernadores de bancos centrales del continente, muchos destacaron que los efectos de esta perturbación, totalmente exógena, estaban llevando sus economías al borde del precipicio. El impacto de los mayores precios de los alimentos se siente con especial intensidad, ya que estos representan una proporción mayor de los ingresos. Se están intensificando las presiones inflacionarias, fiscales, de deuda y de balanza de pagos. La mayoría está ahora completamente excluida de los mercados financieros mundiales y, a diferencia de otras regiones, no cuenta con grandes mercados internos a los que recurrir. En este contexto, piden a la comunidad internacional que conciba medidas audaces para apoyar a sus pueblos. Debemos atender este llamado.
Mientras el G20 se reúne para navegar el actual mar de dificultades, todos podemos inspirarnos en una expresión balinesa que recoge el espíritu que necesitamos más que nunca: menyama braya, «todos somos hermanos y hermanas».




