La colisión de estas tres geografías está creando un nuevo orden mundial

Airline tycoon Richard Branson (L) and former U.S. vice-president Al Gore hold a globe in central London February 9, 2007. Branson announced on Friday a $25 million prize to the first person to come up with a way of scrubbing greenhouse gases out of the atmosphere in the battle to beat global warming. REUTERS Kieran Doherty (BRITAIN) - GM1DUOOSKJAA
The rise of the Indo-Pacific, Eurasia and the Arctic will change how nations view the world.Image: Reuters
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Durante las últimas siete décadas, el mundo ha estado moldeado por una sólida relación transatlántica, con Estados Unidos y la Unión Europea sentando las bases de la paz, la estabilidad y la prosperidad económica.

El éxito de este orden ha creado su propio desafío existencial. Sus beneficiarios cada vez más numerosos en Asia y otras regiones cuestionan cada vez más la validez de estos acuerdos y la eficacia de las normas que han regido los asuntos mundiales. Aunque el historiador John Ikenberry describió el orden liberal mundial como un modelo de gobernanza de «centro y radios», con Occidente en el centro, ahora está claro que las periferias del sistema están desarrollando sus propias ruedas y motores.

En efecto, el auge de Asia en su conjunto está redefiniendo el mapa físico y mental del mundo. La proliferación de relaciones transnacionales y de nuevos flujos de financiación, comercio, tecnología, información, energía y mano de obra ha creado tres nuevas geografías estratégicas que ya están escapando a la sombra de los acuerdos transatlánticos. En esencia, representan la colisión de antiguas construcciones políticas, y su gestión requiere nuevas ideas, instituciones ágiles y alianzas flexibles.

El Indo-Pacífico

La primera colisión, que ya está en pleno desarrollo, es la unión de los océanos Índico y Pacífico. Conocida popularmente como el Indo-Pacífico, es una construcción impulsada por el auge de China, pero definida en igual medida por los actores regionales que responden a la propuesta de Pekín. La Asia marítima es ahora más extensa que Estados Unidos, la ASEAN y China, agrupados anteriormente bajo la noción de Asia-Pacífico. Su frontera no se limita al este del océano Índico. Desde Nantucket hasta Nairobi, las conversaciones sobre seguridad, desarrollo y comercio en esta región incluirán ahora a actores de tres continentes.

Eurasia

La segunda es la confluencia de Europa y Asia en un único sistema estratégico coherente: Eurasia. Es una idea antigua, arraigada en la historia, pero cuenta con un nuevo vocabulario. La interacción de los mercados y las comunidades de estas geografías, antes separadas, está creando una interdependencia de dimensiones supracontinentales.

Sin embargo, esta interdependencia no está exenta de fricciones: la sombra de China se cierne sobre Europa y su promesa de sostener la prosperidad del continente ha resultado demasiado difícil de rechazar. Mientras tanto, Moscú muestra un nuevo afán por recuperar su lugar como actor euroasiático arquetípico, y los miembros de la OTAN siguen discutiendo sobre el papel que desempeñarán en la región. A medida que estas placas tectónicas geopolíticas chocan y se fusionan, está claro que Oriente y Occidente establecerán nuevas condiciones de interacción.

El Ártico

Y, por último, está el Ártico. Surgida como consecuencia involuntaria del cambio climático, esta geografía fusionará por primera vez las políticas del Atlántico y el Pacífico, al tiempo que avivará el choque entre los acuerdos vigentes en estas regiones. La Ruta Marítima del Norte era una teoría tentadora; el calentamiento global la está convirtiendo de nuevo en realidad. Por ejemplo, el gigante naviero mundial Maersk completó en agosto su primer viaje sin la asistencia de rompehielos (aunque la empresa se muestra escéptica sobre la viabilidad de la ruta a corto plazo). Sin embargo, la aparición de esta geografía distará mucho de ser fluida y bien podría crear una nueva distribución de la riqueza y el poder en la región.

Aunque la mayoría de los gobiernos occidentales comparten actualmente la ambivalencia de Maersk, Moscú y China están invirtiendo mucho en construir infraestructura comercial, capacidad naval y capacidades militares. De hecho, como parte de sus ambiciones de la Ruta de la Seda Polar, Pekín alienta activamente a sus empresas a utilizar la Ruta Marítima del Norte. Además, el control de facto de las rutas marítimas de la región está actualmente en manos de Moscú, que se ha arrogado la facultad de conceder permisos de navegación; funcionarios estadounidenses ya han advertido que esta postura podría contravenir la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. En 1956, Gran Bretaña entró en guerra con Egipto para recuperar el control del canal de Suez; sin acuerdos adecuados para la gobernanza del Ártico, la historia bien podría repetirse unos cuantos grados de latitud más al norte.

La colisión de estas tres geografías dará forma al orden mundial del siglo XXI. Sin embargo, este proceso no tiene precedentes históricos. El orden de posguerra y sus predecesores surgieron tras una transformación revolucionaria y catastrófica de la política mundial, así como de conflictos devastadores y a gran escala. Hoy, es probable que este cambio sea gradual, interdependiente y evolutivo. No habrá un único momento decisivo en el que nazca un nuevo orden. En cambio, la política mundial transcurrirá en cincuenta tonos de gris en el futuro previsible.

A medida que estas tres geografías cobran forma, hay cinco tendencias que merecen atención:

1. La primera es el riesgo de guerras frías independientes en distintas geografías. A diferencia del siglo XX, esta tensión no será bipolar y las motivaciones, los medios y los objetivos de cada actor serán distintos. Ya se trate de la guerra fría del Himalaya entre India y China, de la tensión ártica entre Moscú, Europa y Washington o del enfrentamiento mediterráneo entre la UE y China, varias potencias ejercerán influencia sobre estas geografías y competirán en la intersección de los ámbitos social, comercial y militar.

2. Es probable que surjan más «coaliciones de conveniencia» en estas geografías. En un orden mundial incierto y cambiante, las alianzas basadas en temas concretos podrían ejercer una influencia desproporcionada en ciertos debates. Por ejemplo, Rusia vuelve a involucrarse en Afganistán tras casi tres décadas, con la ayuda de Irán y China, mientras que India y Francia cooperan en materia de seguridad y desarrollo marítimos. China colabora con Groenlandia —para gran disgusto de Dinamarca— a fin de afianzar sus reivindicaciones en el Ártico. Si las instituciones mundiales no logran gestionar las nuevas geografías, es probable que estas coaliciones se multipliquen.

3. La tercera es la posibilidad de nuevos diálogos institucionales. La UE ya está reclamando un papel en la Asociación de la Cuenca del Océano Índico, y los Estados de la ASEAN están acercándose al Consejo Ártico. Estos actores y organizaciones están trascendiendo sus mapas mentales del siglo XX en busca de nuevas oportunidades comerciales y estratégicas. No es del todo inconcebible que la OTAN y la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), por ejemplo, algún día entablen un diálogo sobre la seguridad y la conectividad euroasiáticas.

4. La cuarta tendencia: la apertura del Ártico pondrá a prueba la capacidad de las potencias para proporcionar seguridad como bien público en otras partes del mundo. En otras palabras, dado que vías geoestratégicas como el canal de Suez y los estrechos de Malaca podrían estar acercándose al final de su vida útil, la necesidad de asegurar las rutas marítimas árticas bien podría dejar las rutas tradicionales sin potencias dispuestas a protegerlas. ¿Están destinadas, entonces, algunas zonas del Indo-Pacífico y Eurasia a convertirse en espacios sin gobernanza, como el golfo de Adén, o establecerán las potencias regionales sus propios acuerdos?

5. Por último, la matriz institucional también evolucionará en respuesta a estos cambios. Está claro que las instituciones internacionales existentes no responden plenamente a las necesidades de los países en desarrollo y las potencias regionales emergentes. Entonces, ¿qué instituciones serán fundamentales para estas geografías? ¿Desplazará el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII) al Banco Mundial en Asia, o surgirán nuevas propuestas multilaterales de países como India, Estados Unidos y Japón? ¿Será la ONU el centro de los debates sobre paz y seguridad, o reforzarán sus propias normas y reglas instituciones regionales como la OCS (quizás con otra apariencia) y el Consejo Ártico?

En el siglo XX, se consideraba que las instituciones multilaterales mitigaban y gestionaban los conflictos. Esa visión convencional podría invertirse ahora, dado que, por primera vez desde la Paz de Westfalia, centros de poder rivales crearán sus propios acuerdos institucionales para ejercer influencia. Por tanto, una organización como la OCS podría erigirse en guardiana de la estabilidad euroasiática, en contraste con la OSCE o la OTAN, que hasta ahora habían desempeñado ese papel.

La manera en que los Estados nación imaginan el mundo es importante: sus mapas mentales determinan las prioridades diplomáticas, las alianzas económicas y los acuerdos de seguridad. La colisión de nuevas geografías está llevando a los Estados a replantearse su visión del mundo.

En el siglo XXI, Oriente y Occidente son conceptos carentes de sentido. Más importante es cómo los actores y las instituciones resuelven las contradicciones que inevitablemente surgirán en el Indo-Pacífico, Eurasia y el Ártico. Este es ese momento extraño y excepcional en que la gobernanza mundial es más que la suma de sus partes o de las configuraciones regionales individuales.

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