Se suponía que el final de la Guerra Fría daría inicio a la era de las reconciliaciones en Europa, cuando el continente, por fin en paz consigo mismo, podría existir como un todo unificado. Pero quizá la reconciliación funcionó demasiado bien: la desaparición del Telón de Acero también hizo que a Europa le costara diferenciarse de las tierras del este. Si se expandía, podía hacerlo sin límites; si se replegaba, podía convertirse en importadora de inestabilidad.
La década que derribó el Muro de Berlín también fue la que abrió China al capitalismo global. Pronto se establecieron cadenas de valor profundas, junto con la infraestructura —tanto física como digital— necesaria para hacerlas funcionar. A menudo se olvida que las multinacionales y las instituciones financieras occidentales fueron las primeras en desarrollar esa infraestructura.
En los últimos años, las autoridades chinas han asumido cada vez más esta tarea y, con la Iniciativa de la Franja y la Ruta, un proyecto de desarrollo de una ambición sin parangón, pretenden tener el control absoluto. La iniciativa abarca unos 70 países y requiere una inversión cercana a los 4 billones de dólares; su propósito deliberado es transformar el orden político y económico mundial. El comercio de China con los países de la Franja y la Ruta aumentó un 17,8 % interanual en enero de 2018.

Con la desaparición de las antiguas líneas divisorias ideológicas y el establecimiento de nuevos vínculos comerciales, ha empezado a emerger una nueva entidad geográfica: Eurasia, el supercontinente que se extiende desde Lisboa hasta Shanghái o incluso Yakarta. Se podría sostener que esto supone volver a una época anterior, pero sería más exacto describirlo como el amanecer de una nueva era. Las imágenes románticas de la Ruta de la Seda o de las aventuras de Marco Polo no pueden ocultar que el comercio por esas rutas era insignificante y que casi nadie recorría todo el trayecto de mar a mar. En cuanto al imperio de Gengis Kan, por ilimitado que llegara a ser, seguía obedeciendo las férreas leyes de los imperios y se organizaba en torno a un centro de poder. Un verdadero encuentro entre Oriente y Occidente es una creación de nuestro tiempo.
Una consecuencia inmediata de la nueva geografía política es la forma en que Rusia definirá su posición en el mundo. Tradicionalmente, las élites rusas consideran que su tarea consiste en lograr una integración gradual, pero plena, con una Europa más avanzada. Esa visión está siendo reemplazada por una nueva imagen de sí misma como centro y núcleo del supercontinente euroasiático. Desde esa posición, Rusia puede proyectarse en todas las direcciones y servir de puente entre Europa y China, en ambos extremos. Asia, asociada durante mucho tiempo al atraso histórico en la mentalidad rusa, está emergiendo como un polo de atracción.
Esto nos lleva al segundo significado, más profundo, de Eurasia: el de una era histórica, en lugar de una unidad geográfica. Se ha escrito mucho sobre un nuevo siglo asiático y, dado que pronto cuatro de las cinco mayores economías del mundo estarán en el continente, la idea resulta atractiva. Lo que pasa por alto es que Europa y Estados Unidos conservarán en gran medida su poder y su riqueza, y que, en algunas dimensiones cruciales, las economías y sociedades asiáticas siguen muy rezagadas. Lo que promete el nuevo siglo no es la aparición de un nuevo centro, sino un mundo equilibrado entre polos occidentales y asiáticos. A diferencia de lo ocurrido durante la Guerra Fría, estos dos polos estarán profundamente integrados.
Eurasia es una palabra perfectamente adecuada para captar los elementos principales de este mundo, y el primero de ellos es la contradicción. El nuevo siglo euroasiático no es aquel en que las distintas regiones del mundo convergen hacia un modelo único. Si el final de la Guerra Fría permitió a muchos en Occidente albergar esos sueños, ahora han quedado definitivamente atrás. Todas las declaraciones públicas y privadas procedentes de China hablan de un país seguro de su capacidad para dominar la tecnología moderna y construir una sociedad moderna sin adoptar en modo alguno un modelo económico y político occidental. Por primera vez en muchos siglos, nos vemos obligados a convivir con la contradicción cultural sin explicarla de inmediato como resultado de que las sociedades se encuentren en distintas etapas del desarrollo histórico.
El segundo elemento es la integración. Pese a sus diferencias, los principales bloques políticos y económicos están cada vez más integrados. Por su propia naturaleza, la sociedad moderna impulsa la expansión de los ámbitos de acción, y la tecnología rompe las antiguas barreras de la distancia geográfica. Al combinar contradicción e integración, estamos entrando en la segunda era de la globalización, en la que las fronteras tienden a disolverse, pero las diferencias culturales y civilizatorias persisten. La llamo la era euroasiática.
Como Europa ha llevado el modelo político occidental hasta sus últimas consecuencias, mientras que China sigue siendo singular por su hermetismo y su resistencia a la influencia occidental, resulta tentador pensar que estas dos regiones marcan los límites exteriores de la política euroasiática. Entre ambas, grandes potencias como Rusia y la India intentarán encontrar posiciones distintas dentro de un amplio abanico de alternativas. Por último, al otro lado de los océanos y con una perspectiva más distante, cabe esperar que Estados Unidos escoja elementos de distintos modelos mientras se esfuerza por conservar su posición de liderazgo, aunque el mundo que quiere liderar sea ahora euroasiático y no occidental.
El libro de Bruno Maçães, El amanecer de Eurasia, se publicó en enero


