El auge del nacionalismo tras la caída del Muro de Berlín

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Tras la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989, las sociedades abiertas triunfaron y la cooperación internacional se convirtió en el credo dominante. Sin embargo, treinta años después, el nacionalismo ha demostrado ser mucho más poderoso y disruptivo que el internacionalismo.

La caída del Muro de Berlín, en la noche del 8 de noviembre de 1989, aceleró de forma dramática y repentina el colapso del comunismo en Europa. El fin de las restricciones de viaje entre Alemania Oriental y Occidental asestó un golpe mortal a la sociedad cerrada de la Unión Soviética. Del mismo modo, marcó un punto álgido para el auge de las sociedades abiertas.

Una década antes, ya me había involucrado en lo que llamo mi filantropía política. Me convertí en defensor del concepto de sociedad abierta que Karl Popper, mi mentor en la London School of Economics, me había inculcado. Popper me había enseñado que el conocimiento perfecto no era alcanzable y que las ideologías totalitarias, que pretendían poseer la verdad última, solo podían imponerse por medios represivos.

En los años ochenta apoyé a disidentes en todo el imperio soviético y, en 1984, pude crear una fundación en mi Hungría natal. Esta prestaba apoyo financiero a cualquier actividad que no hubiera sido iniciada por el Estado de partido único. La idea era que, al fomentar las actividades no partidistas, la gente tomaría conciencia de la falsedad del dogma oficial, y funcionó a las mil maravillas. Con un presupuesto anual de 3 millones de dólares, la fundación llegó a ser más fuerte que el Ministerio de Cultura.

Me volví adicto a la filantropía política y, a medida que el imperio soviético se desmoronaba, establecí fundaciones en un país tras otro. Mi presupuesto anual pasó de 3 millones a 300 millones de dólares en apenas unos pocos años. Fueron días exaltantes. Las sociedades abiertas estaban en auge y la cooperación internacional era el credo dominante.

Treinta años después, la situación es muy distinta. La cooperación internacional ha topado con graves obstáculos, y el nacionalismo se ha convertido en el credo dominante. Hasta ahora, el nacionalismo ha demostrado ser mucho más poderoso y disruptivo que el internacionalismo.

No era un desenlace inevitable. Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, Estados Unidos surgió como la única superpotencia superviviente, pero no estuvo a la altura de las responsabilidades que su posición le confería. Estados Unidos estaba más interesado en disfrutar de los frutos de su victoria en la Guerra Fría. No logró tender una mano amiga a los antiguos países del bloque soviético, que se encontraban en una situación desesperada. Así, se atuvo a las prescripciones del neoliberal Consenso de Washington.

Fue entonces cuando China emprendió su asombroso viaje de crecimiento económico, posibilitado por su adhesión, con apoyo de Estados Unidos, a la Organización Mundial del Comercio y a las instituciones financieras internacionales. Con el tiempo, China reemplazó a la Unión Soviética como posible rival de Estados Unidos.

El Consenso de Washington asumía que los mercados financieros eran capaces de corregir sus propios excesos y que, si no lo hacían, los bancos centrales se encargarían de las instituciones en quiebra fusionándolas con otras más grandes. Esa era una creencia falsa, como demostró la crisis financiera mundial de 2007-08.

La crisis de 2008 puso fin a la dominancia mundial indiscutida de Estados Unidos e impulsó enormemente el auge del nacionalismo. También dio un vuelco en contra de las sociedades abiertas. La protección que recibían de Estados Unidos siempre fue indirecta y a veces insuficiente, pero su ausencia las dejó vulnerables a la amenaza del nacionalismo. Me costó algún tiempo darme cuenta, pero las pruebas eran incontestables. Las sociedades abiertas fueron obligadas a ponerse a la defensiva en todo el mundo.

Me gustaría pensar que el punto más bajo se alcanzó en 2016, con el referéndum del Brexit en el Reino Unido y la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, pero aún está por ver. Las perspectivas para las sociedades abiertas se agravan por el desarrollo excepcionalmente rápido de la inteligencia artificial. Esta puede producir instrumentos de control social que ayuden a los regímenes represivos, pero que suponen un peligro mortal para las sociedades abiertas.

Por ejemplo, el presidente chino Xi Jinping ha emprendido la creación de un llamado sistema de crédito social. Si lograra completarlo, el Estado obtendría un control total sobre sus ciudadanos. Inquietantemente, la opinión pública china encuentra atractivo el sistema de crédito social, porque les proporciona servicios que antes no tenían, promete perseguir a los delincuentes y ofrece a los ciudadanos una guía sobre cómo mantenerse al margen de los problemas. Aún más inquietante es que China podría vender el sistema de crédito social a nivel mundial a futuros dictadores, quienes entonces pasarían a depender políticamente de China.

Afortunadamente, la China de Xi tiene un talón de Aquiles: depende de Estados Unidos para que le suministre los microprocesadores que necesitan empresas de 5G como Huawei y ZTE. Desafortunadamente, sin embargo, Trump ha demostrado que antepone sus intereses personales a los intereses nacionales, y el 5G no es una excepción. Tanto él como Xi se encuentran en dificultades políticas en su país y, en las negociaciones comerciales con Xi, ha puesto a Huawei sobre la mesa: ha convertido los microchips en fichas de negociación.

El desenlace es impredecible, porque depende de una serie de decisiones que aún no se han tomado. Vivimos tiempos revolucionarios, en los que el abanico de posibilidades es mucho más amplio de lo habitual y el resultado es aún más incierto que en tiempos normales. Lo único en lo que podemos confiar son nuestras convicciones.

Estoy comprometido con los objetivos que persiguen las sociedades abiertas, gane o pierda. Esa es la diferencia entre trabajar para una fundación e intentar ganar dinero en la bolsa.

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