Este artículo apareció originalmente en Forbes.
Un año después de la llegada de una nueva normalidad digital provocada por la pandemia —y ya bien entrada la Cuarta Revolución Industrial—, empieza a perfilarse una nueva imagen de la relación entre tecnología y geopolítica. Inteligencia artificial, cadena de bloques y 5G se están convirtiendo rápidamente en frentes de competencia o coordinación mundial. Estos avances generan la necesidad de normas y protocolos mundiales que aceleren los beneficios y mitiguen los riesgos de estas nuevas tecnologías.
El valor de las tecnologías de vanguardia es elevado. Se prevé que la tecnología 5G por sí sola genere 13 billones de dólares en valor económico mundial y 22 millones de empleos para 2035. Se prevé que la inteligencia artificial añada más de 15 billones de dólares a la economía mundial para 2030. El hecho de que China y Estados Unidos hayan anunciado o estén considerando grandes inversiones en estos ámbitos es una señal clara del importante papel geoestratégico que estas tecnologías desempeñarán en un futuro próximo.
Es importante señalar que la tecnología no tiene por qué ser un factor de rivalidad mundial. La creación de alianzas en torno a la tecnología verde en Oriente Medio entre antiguos adversarios es solo un ejemplo de cómo la innovación puede servir de tejido para reforzar la coordinación transfronteriza.
En un momento en que asistimos tanto a una rápida innovación como a un panorama geopolítico inestable, el Foro Económico Mundial pidió a los miembros del Consejo Global del Futuro sobre Geopolítica que compartieran sus puntos de vista sobre el impacto que tendrá la tecnología en la geopolítica durante el próximo año.
«Debemos acordar normas y reglas»
Mark Leonard, director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR)
El mayor desafío relacionado con la tecnología es la forma en que se está nacionalizando y convirtiendo en arma. En el mundo moderno ha surgido un nuevo mapa del poder, que ya no se define por la geografía ni por el control del territorio o los océanos, sino por el control de los flujos de personas, bienes, dinero y datos, y por la explotación de las conexiones que crea la tecnología. Así, toda conexión entre naciones —desde los flujos de energía hasta los estándares informáticos— se convierte en una herramienta geopolítica.
Asistimos a una fragmentación de la globalización, ya que los países recurren a subvenciones estatales, regulaciones, controles de exportación, listas de entidades y políticas de localización para acceder por sí mismos a tecnologías críticas, al tiempo que controlan el acceso de otros. A medida que la globalización se balcaniza, las empresas corren el riesgo de verse atrapadas en medio y obligadas a planificar capacidades redundantes o a elegir entre mercados. Los consumidores se enfrentan a precios más altos. Y los Estados corren el riesgo de sufrir intimidaciones. Lo más preocupante es que esta competencia tecnológica se intensifique sin control y amenace la seguridad mundial. Si las conexiones esenciales para nuestro bienestar también se están convirtiendo en herramientas geopolíticas, debemos acordar normas y reglas que las hagan menos peligrosas.
«Podríamos ver un mayor deterioro de la interconexión»
Fyodor Lukyanov, director de investigación del Club de Debate Valdái
El principal efecto de la tecnología en el orden geopolítico internacional se derivará de la creciente brecha entre la naturaleza transnacional de la comunicación y la resistencia cada vez mayor de los Estados nación a esta.
El mundo está cada vez más fragmentado, y la pandemia ha acentuado esa tendencia. Como resultado, la comunicación sigue siendo el principal puntal de la globalización. Sin embargo, las herramientas de comunicación las proporcionan principalmente empresas privadas de «grandes tecnológicas» que, por un lado, apenas rinden cuentas ante los Estados en los que operan y, por otro, tienen raíces nacionales y pueden considerarse canales de influencia extranjera, ya sea estadounidense, china o de cualquier otro país.
A medida que se introduzcan medios de comunicación más sofisticados, es probable que aumenten las sospechas entre los gobiernos. Cuanto más vulnerables se sientan los Estados, más estricto será el control que intenten imponer y ejercer. Como resultado, podríamos ver un mayor deterioro de la interconexión —algo que ya observamos en los ámbitos económico y político— y las empresas podrían tener dificultades para encontrar oportunidades de mercado. En conjunto, esto podría agravar las tensiones y poner a prueba la integridad de un mundo globalizado.
Empresas tecnológicas: «la batalla por la influencia geopolítica»
Susana Malcorra, decana de la Escuela de Asuntos Globales y Públicos IE, IE University
El mayor impacto que tendrá la tecnología en la geopolítica en 2021 y más allá no procederá principalmente de la tecnología en sí, sino del sistema que la rodea. La forma en que vemos el mundo, creamos valor económico e impulsamos la innovación —y, por tanto, ejercemos el poder— se ha concentrado en unas pocas empresas de «grandes tecnológicas», en lo que se ha llamado economía de la atención o «capitalismo de vigilancia».
Por tanto, la batalla por la influencia geopolítica girará en torno a quiénes son los propietarios de las empresas tecnológicas y qué empresas poseen. Igual de importante será quién las gobierna y cómo se integrarán sus cadenas de suministro. Además, el contenido que se produce en las plataformas de estas empresas sigue siendo un campo de rivalidad, pues las «granjas de troles» intentan influir en la optimización para motores de búsqueda y en lo que el público consume en línea.
Las democracias necesitan compartir datos, establecer «estándares comunes» e invertir en «infraestructura tecnológica»
Robin Niblett, director y director ejecutivo de Chatham House (Instituto Real de Asuntos Internacionales)
La rapidez con que los países salgan de la pandemia de COVID-19 tendrá un impacto decisivo en el futuro equilibrio del poder económico y político mundial. Los países que tengan acceso a la secuenciación genómica rápida podrán mantenerse un paso por delante de la pandemia. Aquellos con la banda ancha más avanzada se adaptarán con mayor rapidez a nuevas formas de actividad económica en línea. Y los que puedan integrar los datos sobre la salud de sus ciudadanos con las respuestas médicas podrán reactivar sus economías sin sufrir una recaída.
China ha desarrollado la capacidad tecnológica y la escala económica necesarias para acelerar su ascenso frente a sus homólogos occidentales durante la pandemia. Si las democracias quieren evitar un mayor debilitamiento de su poder geopolítico relativo, deben eliminar las barreras para compartir datos sobre la salud de sus ciudadanos, desarrollar estándares comunes para el desarrollo y la evaluación de vacunas e invertir juntas en la infraestructura tecnológica de la que dependerán su prosperidad y seguridad futuras.
Debemos abordar los desafíos «de forma conjunta y a través de las fronteras»
Samir Saran, presidente de la Observer Research Foundation (ORF)
El año pasado fue un año de perturbaciones mundiales sin precedentes. También fue un año en que la tecnología emergió como la verdugo de la geopolítica convencional. El mundo pospandémico tendrá que hacer frente a desafíos tecnológicos conocidos y desconocidos. Estos abarcan desde las implicaciones de ámbitos emergentes como la IA y la robótica hasta el aumento de los ciberataques y el desafío de las «grandes tecnológicas» a la soberanía nacional.
Las incógnitas conformarán el proverbial triángulo imposible, cuyos tres lados serán la búsqueda del crecimiento económico sostenido, la intensificación de las preocupaciones por la seguridad nacional y las crecientes demandas de derechos individuales. Se trata precisamente de un triángulo imposible porque ningún gobierno, comunidad o país puede satisfacer los tres intereses a satisfacción de todos.
En el punto medio de este triángulo imposible se encuentra la intersección entre tecnología y geopolítica. Ha quedado obsoleta la idea de que las naciones son las únicas interlocutoras. Los gobiernos, las empresas y las personas tendrán que hacer frente de forma conjunta y a través de las fronteras a los desafíos políticos que plantea la aparición de la tecnología. Esto, a su vez, tendrá un efecto profundo en las tendencias geopolíticas y, de hecho, en los acuerdos e instituciones que moderan la política mundial.
«Debemos trabajar juntos para abordar tanto los enormes beneficios como los enormes riesgos de los datos»
Vera Songwe, subsecretaria general de la ONU y secretaria ejecutiva de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para África (CEPA)
La actual fragmentación de internet, la prohibición de Huawei y ZTE y la atención centrada en la privacidad giran en torno a los datos.
Hoy en día, los datos son uno de los activos más valiosos que existen. La recopilación y el uso generalizados de datos por parte de entidades públicas y privadas afectan la toma de decisiones individuales, los derechos humanos, la acción colectiva y la cohesión social. La generación, el uso y el control de los datos serán factores determinantes importantes de las economías futuras.
Los datos no son solo una cuestión que enfrenta a las personas, las grandes empresas y la soberanía nacional. Son una cuestión de comunidad y de bien común. Muchos tipos de datos valiosos se obtienen, transportan y utilizan con facilidad para influir en grandes grupos de población. Por ello, solo las instituciones y los acuerdos mundiales y regionales pueden garantizar la equidad para todos. Muchas instituciones y mecanismos, entre ellos la OMC y la AfCFTA, tienen dificultades para seguir el ritmo de los asuntos relacionados con los datos y abordarlos. Sin embargo, como ha demostrado la respuesta internacional a la pandemia de COVID, debemos trabajar juntos para abordar tanto los enormes beneficios como los enormes riesgos de los datos. Lo que está en juego a escala mundial es demasiado importante para actuar de otro modo.
«La base de un conflicto geoestratégico innecesario y peligroso»
Danny Quah, decano y profesor Li Ka Shing de Economía en la Escuela de Políticas Públicas Lee Kuan Yew, Universidad Nacional de Singapur
El impacto inmediato será una intensificación del conflicto geoestratégico como reacción a las diferencias entre las normas tecnológicas de los distintos sistemas políticos. Sí, el mundo quizá sería más eficiente con un único estándar tecnológico. Pero, después de la COVID, el mundo necesita resiliencia, no solo eficiencia. La competencia entre estándares aporta solidez.
¿Serán la seguridad y la confianza un problema? Sí, los distintos sistemas difieren en cuanto a privacidad y control. Por tanto, lo mejor será mantener separadas las estructuras tecnológicas y permitir que las personas de distintas regiones elijan lo que quieren. De lo contrario, ¿quién decidiría qué sistema único sirve para todos?
La tecnología y las ideas, para parafrasear a Thomas Jefferson, disipan la oscuridad: como no son rivales, iluminan tu camino sin oscurecer el mío. Sin embargo, el debate geopolítico ha adoptado un enfoque confrontativo de suma cero respecto de la competencia tecnológica.
Entonces, ¿cuál es el mayor impacto? Al convertir la tecnología en un fetiche y en símbolo de nuestras diferencias, la hemos convertido en la base de un conflicto geoestratégico innecesario y peligroso.
Obtenga más información sobre el Consejo Global del Futuro sobre Geopolítica del Foro Económico Mundial.



