Este artículo forma parte de la plataforma del Foro Económico Mundial de Geoestrategia
La segunda ola de revueltas árabes, que comenzó en Sudán en diciembre del año pasado y se extendió a Argelia, Líbano e Irak este año, se ha basado en las experiencias pasadas de transiciones políticas durante la Primavera Árabe, tanto en sus errores como en sus logros. Los manifestantes de esta nueva ola ya han extraído cinco lecciones de las transiciones anteriores.
Lección uno – Derrocar al jefe de un régimen no significa que el régimen político haya caído. En la plaza Tahrir, el 11 de febrero de 2011, los manifestantes egipcios celebraron la decisión de Hosni Mubarak de dimitir y abandonaron la plaza, pensando que su renuncia bastaba para permitir una transición democrática. En cambio, en Sudán y Argelia, los manifestantes siguieron protestando tras la renuncia de Abdelaziz Bouteflika y el derrocamiento de Omar al-Bashir por parte del ejército.
Los manifestantes comprendieron que el régimen no reside únicamente en la figura del jefe del Estado, sino en las normas que rigen la esfera política. Por extensión, el cambio político exige modificar las normas, y no solo los nombres de quienes se encargan de aplicarlas.
Lección dos – Recurrir a la violencia es la forma más rápida de acabar con cualquier esperanza de cambio democrático. Los manifestantes que decidieron tomar las armas ofrecieron a sus regímenes la oportunidad de presentar las revueltas políticas como una guerra civil, como ocurrió en Siria. Incluso cuando los grupos armados logran derribar al régimen, su presencia pone en peligro la fase de transición posterior, como ocurre en Libia.
Aunque los manifestantes en Sudán e Irak se han enfrentado a la violencia y la represión del gobierno, han insistido en su enfoque no violento. En Sudán, los manifestantes respondieron a la masacre frente al Alto Mando de las Fuerzas Armadas el 3 de junio organizando una manifestación multitudinaria el 30 de junio, que presionó al ejército para que reanudara las conversaciones con las fuerzas revolucionarias.
Lección tres – Una vez caído el antiguo régimen, el periodo de transición debe ser un proceso colectivo de toma de decisiones en el que la oposición tenga, como mínimo, poder de veto. El caso de Túnez tras 2011 es un ejemplo claro. La Alta Autoridad para la Realización de los Objetivos de la Revolución, la Reforma Política y la Transición Democrática, que formuló el rumbo previsto de la transición, incluyó a representantes de todo el espectro político y de la sociedad civil.
Aunque las fuerzas militares de Argelia y Sudán no dejarán de desempeñar un papel político en un futuro próximo, esto no tiene por qué significar el control total del periodo de transición. Sudán podría ofrecer un ejemplo positivo en este sentido si logra aplicar un acuerdo de reparto del poder según el cual un consejo soberano conjunto, civil y militar, gobernará Sudán durante el periodo de transición.
Lección cuatro – Las transiciones políticas deberían alcanzar un acuerdo sobre las reglas del juego antes de proceder a las elecciones. En Egipto, tras 2011, las elecciones precipitadas sirvieron para dividir a la oposición política y aumentar drásticamente la polarización en la sociedad. En esta segunda ola, los manifestantes perciben las elecciones como una trampa que permite a los antiguos regímenes reproducirse con nuevos nombres.
Tanto en Argelia como en Sudán, los manifestantes se han resistido a los intentos del ejército de celebrar elecciones lo antes posible. En Sudán, el acuerdo entre las fuerzas revolucionarias y el consejo militar aplazó las elecciones hasta después de un periodo de transición de tres años de gobierno tecnocrático. En Argelia, los manifestantes salen a las calles cada viernes para protestar contra la decisión de las autoridades de celebrar elecciones presidenciales en diciembre.
Lección cinco – El llamamiento al cambio en la región va más allá de la democracia electoral y se extiende a profundas reformas socioeconómicas. Irak y Líbano lo muestran con claridad: ya se han celebrado elecciones relativamente libres y justas, pero solo han servido para reforzar regímenes sectarios corruptos.
Según la quinta ola del Barómetro Árabe, la situación económica y la corrupción son percibidas como el principal desafío por los argelinos (62.2%), los sudaneses (67.8%), los libaneses (57.9%) y los iraquíes (50.2%), mientras que la democracia es percibida como el principal desafío solo por el 2.3%, el 3.9%, el 5% y el 1.4%, respectivamente. La experiencia de la Primavera Árabe ha demostrado a la gente que las medidas democráticas son solo un medio para alcanzar un fin.
A diferencia de 2011, cuando las revueltas de la Primavera Árabe contaron con un amplio apoyo internacional, esta segunda ola se desarrolla en un entorno hostil, con una presencia rusa e iraní más fuerte en la región y un clima internacional indiferente. Pero los manifestantes tienen la ventaja de la experiencia, y en toda la región están adaptando claramente sus tácticas a las lecciones extraídas de la primera parte de la década.
Cinco lecciones de las nuevas revueltas árabes, Georges Fahmi, Chatham House


