La justificación más antigua y sencilla del gobierno es su función de protector: proteger a los ciudadanos de la violencia.
El Leviatán de Thomas Hobbes describe un mundo de inseguridad constante sin un gobierno que garantice la seguridad del ordenamiento jurídico, protegiendo a los ciudadanos entre sí y frente a enemigos extranjeros. Los horrores de contar con un gobierno débil o inexistente que cumpla esa función se exhiben en todo el mundo en los numerosos Estados frágiles y las regiones esencialmente sin gobierno. Y, de hecho, cuando el caos de la guerra y el desorden se agrava demasiado, los ciudadanos prefieren incluso gobiernos despóticos y fanáticos, como los talibanes y el ISIS, antes que las depredaciones de bandas enfrentadas.
La idea del gobierno como protector exige recaudar impuestos para financiar, formar y equipar un ejército y una fuerza policial; construir tribunales y cárceles; y elegir o nombrar a los funcionarios que promulguen y apliquen las leyes que los ciudadanos deben cumplir. En cuanto a las amenazas extranjeras, el gobierno como protector necesita poder reunirse y negociar con otros gobiernos, así como combatirlos. Esta visión minimalista del gobierno se aprecia claramente en los primeros años de la República estadounidense, integrada por el presidente, el Congreso, el Tribunal Supremo y los departamentos del Tesoro, de Guerra, de Estado y de Justicia.
Proteger y proveer
A continuación viene el concepto del gobierno como proveedor: proveedor de bienes y servicios que las personas no pueden proporcionarse por sí solas. Desde esta perspectiva, el gobierno es la solución a los problemas de acción colectiva, el medio por el cual los ciudadanos crean bienes públicos que benefician a todos, pero que también están expuestos al problema del aprovechamiento gratuito si no existe algún mecanismo de coacción colectiva.
La infraestructura económica básica que permite la conexión entre las personas pertenece a esta categoría: los medios de transporte físico, como carreteras, puentes y puertos de todo tipo, y, cada vez más, los medios de conexión virtual, como la banda ancha. Toda esta infraestructura puede ser, y normalmente al principio es, provista por empresarios privados que ven la oportunidad de construir, por ejemplo, una carretera y cobrar un peaje a sus usuarios. Pero el capital necesario es tan cuantioso y el beneficio público tan evidente que, al final, el gobierno se hace cargo.
Un concepto más amplio del gobierno como proveedor es el Estado de bienestar social: el gobierno puede paliar la incapacidad de los ciudadanos para mantenerse por sí mismos, en particular en las situaciones de vulnerabilidad de la niñez, la vejez, la enfermedad, la discapacidad y el desempleo causado por fuerzas económicas que escapan a su control. A medida que ha evolucionado el Estado de bienestar, sus críticos han llegado a verlo más como una protección frente a los duros resultados del capitalismo, o quizá como un medio para proteger a los ricos de la ira política de los desposeídos. Sin embargo, en su mejor expresión, proporciona una infraestructura de cuidados que permite a los ciudadanos prosperar social y económicamente, del mismo modo que lo hace una infraestructura de competencia. Brinda seguridad social para que los ciudadanos puedan construir su propia seguridad económica.

El futuro del gobierno se apoya en estos cimientos de protección y provisión. El gobierno seguirá protegiendo a los ciudadanos de la violencia y de las peores vicisitudes de la vida. Seguirá proporcionando bienes públicos en la medida necesaria para garantizar una economía competitiva a escala mundial y una sociedad que funcione bien. Pero, siempre que sea posible, el gobierno debería invertir en las capacidades de los ciudadanos para que puedan valerse por sí mismos en circunstancias que cambian rápida y continuamente.
No es de extrañar que esta visión del gobierno como inversor provenga de una cultura profundamente emprendedora. El periodista especializado en tecnología Gregory Ferenstein encuestó a destacados empresarios de Silicon Valley y concluyó que «quieren que el gobierno invierta en los ciudadanos, en vez de protegerlos del capitalismo. Quieren que el gobierno financie ampliamente la educación, fomente una ciudadanía más activa, impulse alianzas comerciales internacionales vinculantes y abra las fronteras a todos los inmigrantes». En palabras del presidente de Alphabet, Eric Schmidt: «La combinación de innovación, empoderamiento y creatividad será nuestra solución».
Esta celebración de la capacidad humana es un antídoto bienvenido frente al pesimismo generalizado sobre la capacidad del gobierno para afrontar los desafíos económicos, de seguridad, demográficos y medioambientales actuales, tanto nacionales como mundiales. Sin embargo, llevar a la práctica la idea del gobierno como inversor implicará mucho más que simplemente financiar escuelas y abrir fronteras. Si el gobierno parte de la premisa de que, en general, los ciudadanos pueden resolver sus propios problemas con más eficiencia y eficacia de la que el gobierno puede brindarles, tendrá que invertir no solo en desarrollar las capacidades de los ciudadanos, sino también en proporcionar los recursos y la infraestructura que les permitan tener éxito a gran escala.
Invertir en el talento
La prioridad más importante del gobierno como inversor es, sin duda, la educación, pero una educación que abarque desde la cuna hasta la tumba. Los primeros cinco años son especialmente esenciales, pues el desarrollo cerebral durante ese período determina en qué medida los niños podrán aprender y procesar lo aprendido durante el resto de sus vidas. Por tanto, el gobierno tendrá que invertir en toda una infraestructura para el desarrollo infantil, desde el embarazo hasta el comienzo de la escolarización formal, que incluya nutrición y salud infantil, clases para padres, visitas domiciliarias y programas de educación temprana adecuados para cada etapa del desarrollo. La adolescencia es otro período de desarrollo cerebral en el que probablemente se necesitarán programas especiales, orientación y apoyo familiar. La inversión en educación caerá en terreno estéril si el cerebro no está preparado para recibirla y asimilarla. Además, los ciudadanos deben tener acceso a oportunidades significativas de formación continua a lo largo de su vida, pues los empleos cambian rápidamente y la adquisición de conocimientos se acelera.
Sin embargo, ni siquiera los ciudadanos con una buena educación pueden alcanzar todo su potencial como pensadores y creadores si no cuentan con recursos para trabajar. Los futuristas y consultores empresariales John Hagel III, John Seeley Brown y Lang Davison sostienen en El poder de la atracción que las empresas exitosas ya no diseñan productos conforme a especificaciones abstractas para luego ofrecérselos a los clientes, sino que proporcionan una plataforma donde las personas pueden encontrar lo que necesitan y conectarse con quienes necesitan para tener éxito. Si el gobierno realmente quiere invertir en el talento de los ciudadanos, tendrá que ofrecer el mismo tipo de «producto»: plataformas donde los ciudadanos puedan buscar de manera inteligente y eficiente todo tipo de servicios y oportunidades, desde seguros de salud y oportunidades educativas hasta licencias comerciales y posibles socios empresariales. Esas plataformas no pueden limitarse a volcar enormes cantidades de datos; deben seleccionar y organizar la información, diseñarla y actualizarla continuamente para ofrecer una experiencia satisfactoria a clientes y ciudadanos.
Por último, el gobierno como inversor tendrá que encontrar la manera de evitar las economías de escala. El enfoque habitual de los inversores de capital riesgo consiste en esperar que nueve empresas fracasen y que una despegue y crezca. Sin embargo, para el gobierno es mejor impulsar más iniciativas pequeñas que permitan a más ciudadanos participar de manera productiva y satisfactoria que unas pocas iniciativas grandes. Es preferible contar con varios restaurantes familiares en distintas localidades que con unas pocas grandes cadenas nacionales. Entrelazadas, las empresas ciudadanas en todos los ámbitos imaginables pueden crear una red de actividad económica nacional y, al menos, una parte importante de una red de protección social. Pero probablemente le corresponderá al gobierno tejer esa red.
Es atractiva la visión de un gobierno que cree en el talento y el potencial de sus ciudadanos y dedica una gran parte de sus ingresos fiscales a invertir en ellos para ayudarlos a alcanzar ese potencial. Evita la lentitud y la burocracia que conlleva la prestación directa de servicios por parte del gobierno, aunque las unidades gubernamentales eficientes sin duda pueden competir. Reconoce que los ciudadanos responden con más rapidez y creatividad a los cambios y encuentran nuevas soluciones.
Sin embargo, la inversión del gobierno tendrá que reconocer y atender las necesidades cambiantes de los ciudadanos a lo largo de toda su vida, proporcionar plataformas que los ayuden a obtener los recursos y establecer las conexiones que necesitan, y propiciar un conjunto de bienes públicos creado por la suma de sus numerosas partes, concebidas deliberadamente.


