La economía de la Navidad

La economía de la Navidad
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Crucemos los dedos para que pronto nos inunde la alegría navideña disfrazada de regalos de familiares y amigos. Recibí mi primera tarjeta hace más de una semana y un regalo —ahora bajo el árbol— de nuestro hijo mayor, el pequeño Jimmy (que ya no es tan pequeño y vive fuera de casa, en su propio piso). Me resultó especialmente gratificante, pues le había dicho a Jim que notenía que comprar un regalo. Esperaba que quisiera enviar uno. El hecho de que el regalo no fuera necesario, sino que se ofreciera libremente, lo hace más valioso.

El valor del afecto

La observación casual indica que muchos apreciamos más los regalos que los artículos que necesitamos o compramos para nosotros mismos: pensemos en los regalos de cumpleaños, las flores y cosas por el estilo. Esto ocurre a pesar de que, según la estricta teoría económica neoclásica, tales obsequios son ineficientes. Waldfogel lo deja claro en La pérdida irrecuperable de eficiencia de la Navidad.

Según Waldfogel, la ineficiencia surge porque, al hacer un regalo, quizá no acertemos del todo con las preferencias de quien lo recibe. Calcula que regalar «destruye» entre el 10 % y el 30 % del valor de un obsequio. Sin embargo, me parece que Waldfogel no ha tenido en cuenta cuánto valor se añade, incluso a un simple par de calcetines, por el afecto con que se entrega.

El valor adicional que se infunde a un regalo es algo que a muchos economistas les cuesta comprender. Adam Smith no lo menciona en La riqueza de las naciones:

No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de donde esperamos nuestra cena, sino de su consideración por su propio interés.

A menudo se entiende que apelar al interés propio como incentivo suficiente significa que no se necesita ningún otro factor motivador. Habitualmente, el interés propio se incentiva mediante una remuneración monetaria. Por ejemplo, se ha sugerido que, si queremos que el personal de enfermería muestre más compasión,se le pague más si alcanza ese objetivo; si queremos mejorar las calificaciones de los estudiantes, se pague más a los docentes si se alcanza ese objetivo.

Sin embargo, según la jerarquía homónima de Maslow, los seres humanos no están motivados únicamente por el interés propio lucrativo, sino que tienen metas más elevadas, como la autorrealización. Puede que nuestros regalos navideños tengan algún motivo ulterior, pero este consiste en expresar ideas sobre el valor y la importancia de los demás, no en asegurarnos de salir ganando con el intercambio.

Lo social y lo asocial

Al considerar que el interés propio es la única motivación de las personas, surgen varias dificultades:

En primer lugar, limitamos el potencial de la interacción humana. Si consideramos que todas las interacciones son transacciones de mercado, se deduce que todos los amigos son amigos solo en las buenas y que cada regalo bajo el árbol es una especie de inversión. Se ha demostrado que esa perspectiva tiene un efecto perjudicial en nuestra salud mental.

En segundo lugar, existe el riesgo de confundir el precio con el valor. La sonrisa de un bebé no tiene precio, pero está lejos de carecer de valor; del mismo modo, la mañana de Navidad en una sala cálida y decorada con alegría, en compañía de la familia, no tiene precio. Sostener que podría haberlo comprado todo mucho más barato en las rebajas posteriores a Navidad es no entender lo esencial.

En tercer lugar, y en términos más generales, limitamos el alcance del debate sobre políticas públicas. Muchas interacciones humanas tienen lugar en un contexto social, no de mercado. Si consideramos que solo el interés propio monetario es una fuerza motivadora, se sugiere que el Gobierno debería limitarse a soluciones basadas en el mercado, en lugar de considerar soluciones sociales para problemas sociales.

Por tanto, corremos el riesgo de socavar nuestra economía. Los economistas han demostrado que las políticas que favorecen la búsqueda individual del interés propio socavan la moralidad y el desarrollo de la confianza y la cooperación. Además de limitar las capacidades y la participación humanas, esto limita el potencial de crecimiento económico, que depende, en parte, de la confianza.

En última instancia, limitamos las expectativas humanas. Los economistas conductuales han demostrado que tolerar, e incluso fomentar, la codicia probablemente conduzca a un aumento de las conductas amorales , mientras que los recordatorios de los códigos morales probablemente desincentiven el engaño. También hay pruebas de que la codicia y la mala conducta son contagiosas, mientras que las personas generosas tienen más probabilidades de ser felices.

Por supuesto, nadie negaría la existencia del interés propio financiero, especialmente en el ámbito empresarial, aunque de ningún modo está claro que debamos fomentarlo siquiera allí. Sin embargo, si promovemos un enfoque exclusivamente lucrativo en las interacciones humanas, corremos el riesgo de desplazar motivaciones más elevadas y satisfactorias.

Hay una alternativa

Si limitamos nuestra consideración de las interacciones humanas a las que describe el interés propio en un contexto de mercado, corremos el riesgo de alejarnos unos de otros y de nuestro propio potencial individual, social y económico. Sin embargo, Adam Smith nunca supuso que, por tener que pagar la cena, esa fuera la totalidad de sus posibles interacciones humanas. Como escribió en La teoría de los sentimientos morales:

Sentir mucho por los demás y poco por nosotros mismos; restringir nuestros afectos egoístas e indulgir en los benevolentes: eso constituye la perfección de la naturaleza humana y es lo único que puede producir entre los hombres esa armonía de sentimientos y pasiones en la que consisten toda su gracia y decoro.

Muchas de las mejores cosas de la vida no son necesariamente «gratis», pero tampoco pueden comprarse ni venderse: nacen de nuestras relaciones. En resumen, ¡muy feliz Navidad a todos! Y gracias por el regalo, pequeño Jimmy. ¡Hasta pronto!

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Kevin Albertson es profesor titular de Economía en la Universidad Metropolitana de Mánchester.

Imagen: Turistas visitan el tradicional Christkindelsmaerik (mercado del Niño Jesús), cerca de la catedral de Estrasburgo, el 29 de noviembre de 2013. REUTERS.

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