La crisis financiera de 2008 quizá comenzara en el sector bancario estadounidense, pero terminó desencadenando la recesión mundial más profunda desde la Gran Depresión.
2009 fue el primer año del que se tiene constancia en que el PIB mundial se contrajo en términos reales, y la pérdida de crecimiento derivada de la crisis y la recesión posterior se ha estimado en más de 10 billones de dólares (más de una sexta parte del PIB mundial de 2008).
En todo el mundo, los gobiernos y los bancos centrales se movilizaron para evitar una crisis importante: rescataron bancos que demostraron ser demasiado grandes para quebrar, redujeron los tipos de interés casi a cero e inyectaron liquidez en el sistema mediante la expansión cuantitativa.
Ese proceso llevó la mayor parte de la década, y solo entonces se produjo una recuperación sostenida del crecimiento en Estados Unidos y Europa. El FMI ha advertido de que los gobiernos y los reguladores no lograron sacar adelante las reformas necesarias para proteger el sistema de comportamientos imprudentes. Los economistas afirman que nos acercamos a unas condiciones propicias para otra crisis financiera, seguida de una recesión mundial.
La gran preocupación es que los gobiernos no disponen de las herramientas de política económica que tenían en 2008 para evitar que una perturbación financiera se convierta en una caída en picado, y que el nivel general de deuda es más alto que durante la crisis anterior.
En la Reunión Anual del Foro Económico Mundial de enero de 2019, hablamos con Kenneth Rogoff, profesor de Políticas Públicas y de Economía en la Universidad de Harvard y ex economista jefe del FMI sobre estas cuestiones. A continuación se ofrece una transcripción editada.
¿Cómo reaccionarán los responsables políticos si se produce otra crisis financiera?
No creo que necesariamente vayamos a sufrir otra crisis financiera en un futuro próximo, aunque la agitación política en Estados Unidos y en el mundo es tal que ahora mismo no me siento realmente a salvo de nada.
Cuando tengamos otra crisis financiera, nuestras herramientas serán limitadas. Un problema es que los tipos de interés son muy bajos, lo que deja a los bancos centrales muy poco margen para reducirlos.
Otro problema es que hay tanta división en todo el espectro político que, salvo que la situación sea extremadamente grave, puede resultar difícil acordar una respuesta fiscal lo bastante contundente basada en el gasto público.
Lo que más me preocupa es la idea de que, ante una crisis financiera, solo se debe recurrir a estímulos y no hace falta abordar los problemas del sector financiero; eso es muy problemático.
Durante la última crisis, muchas personas llegaron a la conclusión de que la intervención más sencilla y elegante habría sido encontrar la manera de reducir las deudas subprime en Estados Unidos utilizando el balance del Gobierno; y también, en la eurozona, encontrar formas de reducir las deudas de los países periféricos muy endeudados. Es muy difícil hacerlo, pero los países y las regiones que salen con mucho éxito de las crisis financieras reducen sus deudas.
El problema es que, si no lo haces, te quedas con un sector financiero débil durante años y años: no puede conceder préstamos y la economía no vuelve a crecer. Eso tampoco es nada saludable.
¿Tienen los bancos centrales la independencia que necesitan para reaccionar con eficacia?
Durante la última crisis financiera, los bancos centrales sorprendieron a muchos responsables políticos por el grado de independencia que tenían. Al fin y al cabo, el banco central puede emitir deuda propia —eso fue lo que hizo la Reserva Federal—, de forma muy parecida a como lo hace el Gobierno. Todos los bancos centrales emitieron cantidades ingentes de deuda para intentar aumentar la oferta monetaria. Emitieron deuda a muy corto plazo para recomprar deuda a largo plazo.
No creo que los gobiernos se dieran cuenta del todo de que podían hacerlo. Por desgracia, se habían impuesto muchas restricciones a los bancos centrales y a su capacidad de responder de forma creativa, sobre todo en Estados Unidos. No sabemos si se dejarían de lado esas restricciones. Pero la independencia de los bancos centrales sigue siendo muy sólida en todo el mundo, pese a ellas.
Tienen la independencia que necesitan, pero les faltan herramientas. Me gustaría que los bancos centrales pudieran llevar los tipos de interés muy por debajo de cero ante una emergencia grave, no en tiempos normales, como forma de intentar estimular la economía.
Habría sido mucho más eficaz que la expansión cuantitativa, la orientación futura y esas medidas poco claras que aplicaron y que tuvieron cierto efecto, aunque la mayoría de los estudios muestra que fue bastante limitado.
Dado que los salarios aún no se han recuperado del todo desde la última crisis, ¿qué supondría una recesión para la gente corriente?
Por desgracia, cuando hay una crisis financiera, una crisis de deuda o cualquier tipo de crisis, quienes casi siempre reciben el golpe más duro son las personas sin poder ni voz, las más pobres y, muy a menudo, la clase media.
Así que una crisis financiera sería mala para los ricos, pero peor para la gente corriente. Al fin y al cabo, no tienen un colchón ni recursos de los que puedan vivir.
Por eso, cuando pensamos en proteger la economía de una crisis financiera, no se trata solo de proteger a los financieros adinerados, sino también a la gente corriente. Dicho esto, el Gobierno puede tomar medidas para que la carga se reparta de forma más equitativa. Una de ellas sería reducir las deudas de forma mucho más contundente que la última vez.
¿Será la economía mundial siempre propensa a este tipo de recesiones o hay una forma mejor de hacer las cosas?
Por desgracia, las crisis financieras tienen más que ver con la naturaleza humana que con las particularidades del sistema jurídico o del sistema financiero. Llevan siglos ocurriendo y se repiten en ciclos.
Lo que podemos hacer es alargar el tiempo hasta la próxima y aplicar medidas más sólidas y creativas. En cierta medida, eso es lo que se ha hecho tras esta crisis financiera. Se han tomado muchas medidas para sanear el sector bancario y hacerlo más seguro.
Pero, a fin de cuentas, somos personas muy optimistas, en particular los emprendedores y las empresas. Así que gran parte del dinero que estaba causando problemas en el sector financiero convencional ahora se está extendiendo al llamado sector bancario en la sombra y a otros ámbitos.
¿Cómo deberíamos medir el progreso económico?
Nos cuesta medir las ideas y los bienes. Por ejemplo, estoy aquí en el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, y puedo hablar con mis hijos por distintos medios, casi sin coste. La gente puede hablar con sus familiares en cualquier parte del mundo; las empresas pueden comunicarse entre sí. Hay innovaciones que no medimos muy bien, sobre todo las relacionadas con los consumidores, pero también algunas que atañen a las empresas.
La antigua forma de medir —el producto interior bruto— servía para medir los coches, cuántas viviendas construimos y otras cosas. Pero cada vez se aleja más de lo que realmente consideramos progreso económico.
Por supuesto, hay otras cuestiones, como la igualdad. El bienestar económico depende no solo de los ingresos totales de una sociedad, sino también de cómo se distribuyen. No podemos reflejar todo esto en una sola medida, pero podríamos medir mejor lo que tenemos en la sociedad. Sin duda, al determinar las políticas deberíamos utilizar más medidas que indiquen cuán equitativamente se distribuye.
¿Cuál es el mayor error que comete ahora mismo la economía mundial?
No cabe duda de que se obliga a los responsables políticos a centrarse mucho en el corto plazo, lo que deja fuera a las generaciones futuras: el cambio climático es el principal problema. No sé cómo será el mundo en 2100, pero está bastante claro que existe un riesgo, que las políticas lo subestiman y que las soluciones del sector privado no son adecuadas.
Prácticamente todos los economistas apoyarían algún tipo de impuesto al carbono, mucho más amplio que el actual. Es solo un ejemplo de cómo miramos al corto plazo y no al largo plazo, y de que dependemos de nuestras instituciones y de los responsables políticos para intentar adoptar una perspectiva más a largo plazo. Es muy difícil porque, por supuesto, los votantes están aquí ahora y los políticos tienen que preocuparse por ellos. Así que es un equilibrio muy difícil.
¿Cuánto optimismo siente respecto al futuro?
Mis hijos y sus amigos son muy optimistas sobre la tecnología del futuro. Es interesante el contraste: si hablas con economistas, bancos centrales o gente de Wall Street, dicen que ya no inventaremos nada, que hemos vivido 250 años magníficos y que ahora todo se ralentizará. Creo que se equivocan; de hecho, es probable que veamos una aceleración tecnológica.
¿Eso me hace optimista respecto a la sociedad? No estoy seguro, porque a la sociedad le cuesta mucho gestionar los cambios rápidos y la innovación. En cierto modo, quizá sería más fácil si nos adaptáramos a un ritmo más lento de crecimiento tecnológico.
Eso no es lo que va a ocurrir. El optimismo y la curiosidad innatos de la humanidad producirán nuevas ideas. La inteligencia artificial ya está aquí y avanza muy rápido. Ya sea dentro de 10, 20 o 30 años, no cabe duda de que su huella será enorme.
Así que me impresiona lo rápido que mejorará la tecnología. Lo que más me preocupa es que la sociedad y la política no progresen a un ritmo similar; esa desconexión entre el rápido avance de la tecnología y el lento ritmo al que cambian las sociedades y la política podría causar muchos problemas.
¿Hay algún asunto en particular que le quite el sueño?
Sin duda me preocupa el crecimiento del populismo en todo el mundo. Estoy totalmente de acuerdo con la idea de procurar una sociedad más igualitaria. No creo que volver sin más al socialismo de los años sesenta sea realmente la respuesta.
Me gustaría ver más políticas orientadas al mercado para mejorar la educación y la distribución de los ingresos. Me preocupa que no vayamos en esa dirección y que veamos un enfoque mucho más tosco y cavernícola para intentar resolver estos problemas. Hemos visto algo de eso en Estados Unidos en los últimos años. Me preocupa que podamos verlo también en otros países en un futuro no muy lejano.







