Esto es lo que Martín Lutero nos enseña sobre la disrupción tecnológica actual

Pope Francis opens the Holy Door to mark opening of the Catholic Holy Year, or Jubilee, in St. Peter's basilica, at the Vatican, December 8, 2015. REUTERS/Max Rossi - GF10000258459
Today, Martin Luther’s “95 Theses” are widely recognized as the spark that started the Protestant Reformation.Image: REUTERS/Max Rossi
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Ginebra – Hace quinientos años, en esta misma semana, un sacerdote poco conocido y profesor universitario de teología hizo algo corriente para su época: clavó una petición en una puerta para exigir un debate académico sobre la práctica de la Iglesia católica de vender «indulgencias»: promesas de que quien las comprara, o un familiar suyo, pasaría menos tiempo en el purgatorio después de morir.

Hoy, las «95 tesis» de Martín Lutero, expuestas en la Iglesia del Castillo de Wittenberg, Alemania (al mismo tiempo, envió una copia a su superior, el cardenal Albrecht von Brandenburg), son ampliamente reconocidas como la chispa que desencadenó la Reforma protestante. En menos de un año, Lutero se había convertido en una de las personas más famosas de Europa, y sus ideas —que cuestionaban no solo las prácticas de la Iglesia y la autoridad del papa, sino, en última instancia, la relación del ser humano con Dios— habían empezado a reconfigurar los sistemas de poder e identidad de formas que aún se perciben hoy.

¿Qué hizo que las acciones de Lutero fueran tan trascendentales? Al fin y al cabo, durante siglos se habían planteado con regularidad llamamientos a reformar la Iglesia. Como escribe el historiador Diarmaid MacCulloch en Una historia del cristianismo: los primeros tres mil años, los dos siglos anteriores a Lutero estuvieron marcados por desafíos casi constantes a la supremacía papal en cuestiones de filosofía, teología y política. ¿Cómo llevaron las inquietudes de un teólogo menor de Sajonia a una agitación religiosa y política generalizada?

Una pieza clave del rompecabezas es el papel de la tecnología emergente. Unas décadas antes de que Lutero desarrollara su argumento, un herrero alemán llamado Johannes Gutenberg había inventado un nuevo sistema de impresión con tipos móviles, que permitía reproducir la palabra escrita con mayor rapidez y a menor costo que el laborioso y menos duradero método de la xilografía.

La imprenta fue una tecnología revolucionaria —y de crecimiento exponencial— para difundir ideas. En 1455, la «Biblia de Gutenberg» se imprimía a un ritmo de aproximadamente 200 páginas al día, una cifra muy superior a las 30 páginas diarias que podía producir un copista bien preparado. Para la época de Lutero, la producción diaria de impresiónde una sola prensa había aumentado a aproximadamente 1.500 hojas impresas por una sola cara. La mejora de la eficiencia de impresión, junto con la fuerte reducción de los costos, dio lugar a un aumento drástico del acceso a la palabra escrita entre 1450 y 1500, aunque solo se estima que el 6 %de la población sabía leer y escribir.

Lutero comprendió rápidamente el potencial de la imprenta para difundir su mensaje, e inventó, en la práctica, nuevas formas de publicación: breves, claras y escritas en alemán, la lengua del pueblo. Quizá la contribución personal más duradera de Lutero fue su traducción de la Biblia del griego y el hebreo al alemán. Estaba decidido a «hablar como habla la gente en el mercado», y en las décadas siguientes se imprimieron en Wittenberg más de 100.000 ejemplares de la «Biblia de Lutero», frente a tan solo 180 ejemplares de la Biblia latina de Gutenberg.

Este nuevo uso de la tecnología de impresión para producir panfletos breves y contundentes en lengua vernácula transformó la propia industria. En la década anterior a las tesis de Lutero, los impresores de Wittenberg publicaban, en promedio, apenas ocho libros al año, todos en latín y dirigidos al público de la universidad local. Sin embargo, según el historiador británico Andrew Pettegree, entre 1517 y la muerte de Lutero en 1546, los editores locales «publicaron al menos 2.721 obras», con un promedio de «91 libros al año», que sumaban unos tres millones de ejemplares.

Pettegree calcula que un tercio de todos los libros publicados durante ese período fueron escritos por el propio Lutero, y que el ritmo de publicación siguió aumentando después de su muerte. En la práctica, Lutero publicaba un escrito cada dos semanasdurante 25 años.

La imprenta amplió enormemente el acceso a la controversia religiosa que Lutero contribuyó a alimentar y avivó la rebelión contra la Iglesia. La investigación del historiador económico Jared Rubin indica quela mera presencia de una imprenta en una ciudad antes de 1500 aumentaba considerablemente la probabilidad de que esta se volviera protestante para 1530. En otras palabras, cuanto más cerca vivías de una imprenta, más probable era que cambiaras tu forma de ver la relación con la Iglesia, la institución más poderosa de la época, y con Dios.

De esta disrupción tecnológica pueden extraerse al menos dos enseñanzas para el presente. Para empezar, en el contexto de la «Cuarta Revolución Industrial» de la era moderna —que Klaus Schwabdel Foro Económico Mundial define como una fusión de tecnologíasque combina las esferas física, digital y biológica—, resulta tentador preguntarse qué tecnologías podrían ser la próxima imprenta. Quienes tengan mucho que perder con ellas incluso podrían intentar defender el statu quo, como hizo el Concilio de Trento en 1546, cuando prohibió imprimir y vender cualquier versión de la Biblia que no fuera la Vulgata latina oficial, sin la aprobación de la Iglesia.

Pero quizá la enseñanza más duradera del llamamiento de Lutero a un debate académico —y de su uso de la tecnología para difundir sus opiniones— sea que fracasó. En vez de una serie de debates públicos sobre la autoridad cambiante de la Iglesia, la Reforma protestante se convirtió en una amarga contienda librada mediante la comunicación de masas, que dividió no solo a una institución religiosa, sino también a toda una región. Peor aún, se convirtió en un medio para justificar siglos de atrocidades y desencadenó la guerra de los Treinta Años, el conflicto religioso más mortífero de la historia europea.

La pregunta hoy es cómo podemos garantizar que las nuevas tecnologías favorezcan el debate constructivo. El mundo sigue lleno de herejías que amenazan nuestras identidades e instituciones más preciadas; la dificultad está en verlas no como ideas que deben reprimirse violentamente, sino como oportunidades para entender dónde y cómo las instituciones actuales excluyen a las personas o no cumplen los beneficios prometidos.

Los llamamientos a un diálogo más constructivo pueden sonar simplistas, ingenuos o incluso moralmente arriesgados. Pero la alternativa no es solo el endurecimiento de las divisiones y el distanciamiento de las comunidades; también es la deshumanización generalizada, una tendencia que las tecnologías actuales parecen fomentar.

La Cuarta Revolución Industrial actual podría ser una oportunidad para reformar nuestra relación con la tecnología y potenciar lo mejor de la naturaleza humana. Sin embargo, para aprovecharla, las sociedades necesitarán entender mejor la interacción entre identidad, poder y tecnología de lo que lograron hacerlo en la época de Lutero.

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