Es el año 1985. Los reproductores portátiles de CD, como el Sony Discman, son el máximo exponente de la tecnología de consumo: un dispositivo que funciona con pilas y permite escuchar música en cualquier lugar (siempre que también se hayan llevado los CD).
Un recién graduado de programas de ingeniería electrónica e informática entiende cómo funciona el reproductor portátil de CD. No puede fabricarlo sin herramientas y materiales de precisión, pero sin duda puede diseñarlo: entiende cómo se codifica el audio en la superficie de un CD, la mecánica de lectura de esos datos y el hardware y el software de procesamiento de señales que los transforman en sonido.
Es el año 2019. El teléfono inteligente es el máximo exponente de la tecnología de consumo. Una maravilla de hardware complejo: circuitos integrados que gestionan la comunicación inalámbrica y el procesamiento gráfico, y un microprocesador más potente que los de los ordenadores domésticos de 1985. Capas y capas de software, desde un complejo sistema operativo hasta aplicaciones impulsadas por máquinas virtuales. Un dispositivo que un graduado en ingeniería no entiende.
El ritmo más lento de la educación en ingeniería
La tecnología ha superado a la educación tecnológica. Hay tantos conceptos, técnicas y herramientas que un graduado en ingeniería debería conocer, pero no hay tiempo suficiente. Esto no es una idea novedosa, pero la situación empeora, y esta brecha entre la educación y la demanda del mercado tiene consecuencias graves.
Los estudiantes están menos motivados, pues se dan cuenta de que la brecha entre lo que aprenden y la tecnología que utilizan no se cerrará durante los cuatro años de estudios universitarios de grado. Los empleadores están frustrados porque quieren que los graduados dominen el lenguaje de programación o la metodología de diseño más recientes. Y, sin embargo, los planes de estudios de ingeniería han cambiado poco en los últimos 30 años. Sí, hemos modernizado nuestros laboratorios y ya no enseñamos lenguajes de programación obsoletos, pero la mayor parte de los conocimientos sigue siendo la misma.
Enseñar los fundamentos
Los planes de estudios se han mantenido más o menos iguales por una buena razón: tenemos que enseñar los fundamentos. Podríamos orientar la formación a las necesidades del mercado y enseñar solo los lenguajes de programación más recientes, o hacer que los estudiantes memoricen el significado de las últimas palabras de moda; pero eso sería perjudicial. Así, nuestros graduados adquirirían las habilidades que necesitarán durante los próximos cinco años, pero también se les impediría seguir progresando después. Queremos dotar a los estudiantes de los conocimientos y las habilidades necesarios para aprender durante toda la vida, la única manera de desenvolverse en una profesión tecnológica.
Pero ¿cómo equilibrar estos requisitos contrapuestos: la preparación de los graduados para el mundo laboral y unos fundamentos sólidos? La respuesta tiene dos partes.
Primero, tenemos que cambiar la manera en que aprenden los estudiantes, fomentando su participación en la investigación y orientándolos hacia la formación continua. Ya estamos trabajando en ello: aunque el contenido de los planes de estudios de ingeniería apenas ha cambiado, los enfoques pedagógicos sí han cambiado mucho. Avanzamos hacia un enfoque académico en el que las interacciones entre estudiantes y docentes ya no se limitan al aula. Por ejemplo, el Discovery Centre de la Universidad de Carleton ofrece a los estudiantes de grado oportunidades para participar en investigaciones y colaborar con comunidades de otras disciplinas a fin de abordar problemas comunes del mundo real desde la perspectiva de sus respectivas áreas de estudio. Hay más programas e iniciativas en marcha con el objetivo de ofrecer experiencias de aprendizaje diversas.
Segundo, debemos comprender que los títulos universitarios de grado por sí solos no bastan para formar a los ingenieros del mañana. Estamos diseñando cada vez más programas de máster que ofrecerán formación avanzada en varios subcampos, desde la ingeniería biomédica hasta los sistemas integrados. En ellos, las trayectorias formativas son cada vez menos lineales, lo que permite a los estudiantes elegir especializaciones más específicas. Por ejemplo, el Departamento de Ingeniería de Sistemas e Informática ofrece varias especializaciones de posgrado en sus programas de máster para que los estudiantes desarrollen conocimientos especializados en el subcampo que elijan. Los programas también garantizan unos sólidos conocimientos fundamentales que podrán respaldarlos a lo largo de sus carreras.
Conectar los planes de estudios
Avanzamos hacia planes de estudios conectados, en los que empiezan a desaparecer las fronteras entre la enseñanza y el aprendizaje, la investigación, la divulgación y la participación comunitaria. Creemos que esta es la vía para formar a los ingenieros del siglo XXI, que tendrán que desarrollar tecnología no de forma aislada, sino dentro de un entramado social complejo: pensemos en bitcoin o en los coches autónomos. Pero tenemos que abordar los aspectos sociales implicados: la carga económica y personal que recae sobre los estudiantes, que tendrán que cursar estudios más avanzados durante más años y dedicarles más horas. Esto requerirá esfuerzos conjuntos de las universidades y los gobiernos.
En su mayor parte, las escuelas de ingeniería siguen enseñando lo mismo que hace 30 años. Ahora los estudiantes lo aprenden de otra manera, y eso marca toda la diferencia. La tecnología sigue superando a la educación tecnológica. Pero avanzamos hacia una pedagogía mejor.
Nos pondremos al día.



