Con la tecnología avanzando a una velocidad y escala sin precedentes, el proceso mediante el cual las instituciones educativas desarrollan y adoptan nuevos planes de estudio ya no avanza lo bastante rápido como para preparar a los jóvenes para el futuro del trabajo. Los procesos de elaboración y aplicación de los planes de estudio suelen llevar años y pueden decidirse sin contar con la opinión de los empleadores locales o regionales. Consumen tanto tiempo que incluso las competencias y la información más avanzadas pueden quedar obsoletas cuando se adopta el nuevo plan de estudios. Además, algunas instituciones educativas siguen centrándose en la memorización mecánica y el rendimiento en los exámenes, en lugar de priorizar el aprendizaje experiencial, la adquisición de habilidades interpersonales y los cambios de mentalidad.
Ha llegado el momento de adoptar un nuevo proceso para aprobar los planes de estudio, que combine las necesidades de los empleadores con el aprendizaje de los estudiantes en tiempo real y avance a la velocidad de la tecnología. Así es como puede hacerse:
1. Colaborar con los empleadores
La reciente encuesta mundial de ManpowerGroup a 40 000 empleadores de decenas de países reveló que el 45 % no encuentra candidatos con las competencias que necesita. En América Latina, el 50 % de los empleadores afirma que no encuentra empleados con las competencias adecuadas, mientras que dos de cada cinco jóvenes de la región no estudian ni trabajan. En Kenia, los planes de estudio que siguen sin ajustarse a las necesidades de los empleadores amenazan con socavar la pujante industria petrolera del país. Y en el Reino Unido, al 90 % de los empleadores le cuesta encontrar empleados con las competencias adecuadas, y dos tercios de los empleadores creen que el problema seguirá igual o empeorará en los próximos tres a cinco años.
Como resultado, algunas empresas contratan a personas que carecen de las competencias requeridas, pero muestran aptitudes para aprender, y luego las capacitan para el puesto, eludiendo así los sistemas públicos de educación. Las empresas que evitan los sistemas educativos establecidos y optan por los suyos propios solo agravan el problema. En cambio, empleadores y educadores deben coordinarse estrechamente.
Por supuesto, las escuelas secundarias y las universidades son mucho más que centros de formación para el trabajo: preparan a los jóvenes para la vida. The Atlantic, The New York Times y Forbes han expuesto recientemente el valor de una educación en artes liberales. Asimismo, formar buenos ciudadanos ha sido durante mucho tiempo un pilar de las instituciones educativas de todo el mundo: ayuda a los jóvenes a aprender a servir a sus comunidades y a convertirse en ciudadanos globales activos. Y la capacidad del profesorado para inculcar empatía y respeto mediante oportunidades de aprendizaje intercultural nunca ha sido más pertinente ni necesaria. Está claro que los planes de estudio no pueden estar determinados exclusivamente por las necesidades de los empleadores.
Sin embargo, perjudicamos a los jóvenes si no colaboramos con los empleadores locales y regionales para entender qué competencias hacen falta. Cubrir estas brechas de empleo no solo mejora las perspectivas laborales de los estudiantes a largo plazo, sino que también protege a las comunidades frente al aumento del desempleo y el subempleo juvenil, así como frente a los riesgos y consecuencias que estos conllevan. En el Informe de Riesgos Globales 2018, el Foro Económico Mundial clasifica el desempleo juvenil entre los tres riesgos globales con mayor probabilidad de provocar exclusión social, economías desestabilizadas y políticas polarizadas, todo lo cual propicia una mayor migración regional y mundial. Según el informe, el desempleo juvenil «sigue siendo alarmantemente alto en algunos países y regiones» y «aunque la creación de empleo se ha recuperado desde la crisis, crece la preocupación por la creciente prevalencia del empleo de baja calidad y el auge de la economía de trabajos ocasionales».
2. Enseñar competencias que cambien la mentalidad
Los empleadores no son los únicos que necesitan ciertas competencias en su plantilla para tener éxito; los estudiantes también las necesitan para triunfar a largo plazo. Así describimos el fenómeno en un documento de políticas del G20 que redactamos recientemente en coautoría con The Brookings Institution:
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos y el Proyecto del Foro Económico Mundial para cerrar la brecha de competencias sostienen que la convergencia de la globalización, la digitalización y los cambios demográficos ha transformado las competencias necesarias para el trabajo del futuro. La informalidad y el alejamiento de una fuerza laboral manufacturera estable a largo plazo implican que los jóvenes y los sistemas educativos deben estar preparados para adaptarse a los cambios del mercado laboral y aprovechar las oportunidades. Esto supone dejar de enseñar en las escuelas conocimientos específicos para realizar tareas y ayudar, en cambio, a niños y jóvenes a aprender a aprender, brindándoles la capacidad de adquirir continuamente nuevos conocimientos y trabajar con otras personas.
En «Competencias para un mundo cambiante», Brookings analizó 102 países para determinar la amplitud de las competencias incluidas en sus políticas y planes de estudio. Descubrió que la mayoría de los países se proponía incluir una amplia variedad de competencias, pero que esta se reducía al examinar la documentación y los planes de estudio vigentes. Las competencias más populares eran la comunicación, la creatividad, el pensamiento crítico y la resolución de problemas. Sus autores concluyen que la necesidad de centrarse en un conjunto más amplio de competencias existe desde hace tiempo, al menos en el discurso de los sistemas educativos. Sin embargo, aún queda mucho por hacer para que esto se traduzca en prácticas en el aula.
3. Optar por el aprendizaje basado en la experiencia
Aunque los libros y las clases magistrales tienen cabida en el aula, para que los estudiantes sean competitivos en el mundo laboral hay que invertir la proporción actual: pasar de que trabajen principalmente solos en sus pupitres a que colaboren en equipos pequeños para abordar problemas del mundo real que les afectan directamente.
En los programas de aprendizaje práctico de JA, hacemos que los jóvenes se levanten de sus asientos y se sienten en la sala de juntas mientras crean empresas desde cero. Desarrollan un producto que son capaces de fabricar y crean un negocio en torno a él; asumen la dirección, la producción y las ventas de la empresa. A medida que aprenden y ponen en práctica lo aprendido, multiplican su autoeficacia: la convicción de que tienen las competencias necesarias para triunfar y de que acabarán haciéndolo, pese a las decepciones y los fracasos que surjan en el camino. Los estudiantes se remangan y se sumergen directamente en el mundo empresarial, a menudo creando un producto que beneficia a la sociedad más allá de su rentabilidad, mientras aprenden competencias clave de emprendimiento y para el empleo.
Del mismo modo, JA Job Shadow ofrece a los estudiantes acceso a modelos a seguir en una proporción de uno a uno y les permite contar con la atención de un ejecutivo durante toda una jornada, algo que el aula nunca puede ofrecer. Además de brindarles experiencia y una red de apoyo cada vez más amplia, observar a profesionales en su trabajo ayuda a los estudiantes a desarrollar la autoeficacia que nace de conocer a modelos a seguir que los alientan y muestran con su ejemplo lo que es posible.
4. Repensar la frecuencia de actualización de los planes de estudio
¿Te resulta familiar esta situación? Trabajas en una escuela secundaria o una universidad y toca actualizar de nuevo el plan de estudios. Un comité inicia un proceso para evaluar y revisar las competencias y los conocimientos que, a su juicio, necesitarán los estudiantes en los próximos 10 a 15 años. Uno o dos años después, la escuela empieza a implementar cursos y libros de texto nuevos y actualizados. Pero cuando los estudiantes cursan sus primeras asignaturas conforme al nuevo protocolo, han pasado varios años desde que se formó el comité y el nuevo plan de estudios ya muestra señales de estar obsoleto.
Hay otra manera:
Aumenta la frecuencia de actualización. Si tienes edad suficiente para recordar las pantallas de televisión parpadeantes, ya conoces la frecuencia de actualización, que se refiere al número de veces por segundo que se actualiza una pantalla de televisión o de ordenador. Del mismo modo, al actualizar los planes de estudio, cuanto mayor sea la frecuencia, más a menudo se revisarán y modificarán. En lugar de actualizarlos cada 10 a 15 años, hay que revisarlos continuamente y realizar actualizaciones importantes al menos cada cinco años.
Adopta un enfoque de manufactura esbelta. Uno de los principios de la manufactura esbelta es que nunca se deja de intentar mejorar los procesos, por mucho que se haya avanzado y por eficientes que sean. Ya se trate del ritmo de producción de una línea de montaje, del tiempo de espera en urgencias de un hospital o de la cola para una atracción en Disneyland o KidZania, el objetivo es reducir a la mitad el tiempo perdido por las demoras mediante mejoras de procesos que parten de la pregunta: «¿Cómo podemos hacerlo mejor?». Una vez introducidos los nuevos procesos para reducir esos tiempos, se fija el objetivo de volver a reducirlos a la mitad y se pregunta: «De acuerdo, ¿cómo podemos mejorarlo ahora?». Los buenos docentes lo hacen por costumbre, pero los responsables de formular políticas y los comités de planes de estudio se reúnen con muy poca frecuencia para ser lo bastante ágiles y modernizar continuamente lo que se enseña. Una forma de conservar esa agilidad es inspirarse en Ontario: esta provincia canadiense se centra en enseñar objetivos generales, y confía en que su profesorado profesional elija objetivos específicos que contribuyan a alcanzarlos.
En conjunto, estos dos enfoques fáciles de entender, pero difíciles de aplicar, pueden modernizar la elaboración de los planes de estudio. Si las escuelas actualizan continuamente sus necesidades curriculares —por ejemplo, creando un sistema para que docentes, empleadores locales, padres y estudiantes propongan actualizaciones en tiempo real y estas se evalúen y, posiblemente, se apliquen en cuestión de días o semanas— y, al mismo tiempo, se fijan el reto de reducir a la mitad el plazo de adopción y volver a reducirlo a la mitad, podrán empezar a actualizar sus planes de estudio a la velocidad de la tecnología y de la sociedad. Para que las escuelas sigan el ritmo de los cambios tecnológicos, la mejor inversión de recursos consiste en crear documentos curriculares que reconozcan al profesorado como experto en enseñanza y aprendizaje y se centren en desarrollar habilidades y competencias. Como es de esperar, este enfoque requiere una mayor inversión en desarrollo profesional o un programa más largo de formación docente.
5. Llevar la tecnología al límite
Los estudiantes no son meros observadores de la tecnología del futuro que avanzan penosamente por un panorama tecnológico en constante cambio sobre el que no tienen control. Al contrario, los jóvenes desempeñan un papel fundamental en la dirección que toma el desarrollo tecnológico. Aunque el código que aprenden, la realidad virtual que experimentan y los objetos impresos en 3D que diseñan hoy estén irremediablemente obsoletos cuando se incorporen al mundo laboral, la tecnología a la que están expuestos ahora les enseña a no temer las novedades, a aceptar la curva de aprendizaje de cada avance y a aprovecharlo para crear la próxima gran innovación. No dejes que lo perfecto sea enemigo de lo bueno: cualquier aprendizaje basado en la tecnología prepara a los jóvenes para triunfar en el futuro tecnológico.
Hace una generación, usábamos la conexión telefónica para conectarnos a Netscape. Amazon era una pequeña librería en línea. Facebook no existía, ni tampoco Uber, WeChat, M-Pesa, Airbnb o el iPhone. Nadie respondía si le preguntabas a Alexa cómo se escribía «logro», y la tecnología de entretenimiento más avanzada consistía en cambiadores de seis CD y reproductores de DVD caros. Quizá aún más importante, las tasas de mortalidad por cáncer y sida eran mucho más altas, y predecir enfermedades mediante pruebas genéticas era propio de la ciencia ficción. Imagina, entonces, los avances tecnológicos y humanitarios que los jóvenes de hoy podrán lograr dentro de una generación si se les enseña no solo a consumir tecnología, sino también a crearla, mejorarla y ampliarla. Para ello, los educadores deben adaptar los nuevos planes de estudio a la velocidad de la tecnología y desarrollar habilidades y competencias que los ordenadores no puedan sustituir fácilmente.


