Por qué la reducción de la pobreza depende del comercio

An aerial photo shows the Seoul Express container ship, registered in Germany, docked at Harbor Island at the Port of Seattle in Seattle, Washington, U.S. March 21, 2019. Picture taken March 21, 2019. REUTERS/Lindsey Wasson - RC14E5B326C0
Image: REUTERS/Lindsey Wasson
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Tras un año de conflictos comerciales en escalada, el mundo no debe olvidar que el comercio abierto ha sido un motor clave del crecimiento económico y de la reducción de la pobreza en las últimas décadas. Con la economía mundial entrando ahora en una desaceleración generalizada, las medidas para ampliar las oportunidades económicas a través del comercio han cobrado aún más importancia.

Justo cuando los esfuerzos por reducir la pobreza en todo el mundo ya se estaban ralentizando, las recientes previsiones indican que la economía mundial se dirige hacia un período de creciente incertidumbre. Esto hace que las medidas para impulsar el crecimiento y ampliar las oportunidades económicas sean aún más urgentes, razón por la cual la revitalización del comercio debe ocupar un lugar prioritario en la agenda política mundial. Las pruebas son claras: como motor del crecimiento económico y herramienta fundamental en la lucha contra la pobreza, el comercio funciona.

Ante las tensiones comerciales actuales, es fácil perder de vista los avances que el mundo ha logrado en las últimas décadas de integración económica. Desde 1990, más de mil millones de personas han salido de la pobreza gracias al crecimiento impulsado por el comercio. Y hoy en día, los países comercian más e intensifican sus lazos económicos incluso más rápido que en décadas anteriores. Actualmente existen más de 280 acuerdos comerciales vigentes en todo el mundo, frente a solo 50 en 1990. En aquel entonces, el comercio como proporción del PIB mundial rondaba el 38%; en 2017, había alcanzado 71%.

El comercio abierto beneficia especialmente a los pobres, porque reduce el coste de lo que compran y eleva el precio de lo que venden. Como muestran las nuevas investigaciones del Banco Mundial y de la Organización Mundial del Comercio, los agricultores y los trabajadores del sector manufacturero obtienen mayores ingresos cuando sus productos pueden llegar a mercados extranjeros.

En Vietnam, por ejemplo, una serie de reformas comerciales en las décadas de 1980 y 1990 ayudó a convertir al país en una potencia exportadora, reduciendo drásticamente la pobreza. Hoy en día, las exportaciones de Vietnam generan el 30 % del empleo del sector empresarial; y su ratio comercio/PIB –un indicador clave de una economía abierta– es de aproximadamente el 200 %, el más alto entre todos los países de ingreso mediano.

Asimismo, un estudio independiente sobre la industria manufacturera en 47 países africanos reveló que los empleados de empresas orientadas a la exportación ganaban un 16 % más que los trabajadores de empresas no exportadoras. Y mientras que los hombres y las mujeres que trabajan en empresas comerciales recibían salarios similares, los hombres de empresas no comerciales ganaban más que las mujeres.

Pruebas como estas demuestran la promesa del comercio abierto. Pero los pobres no se benefician automáticamente del comercio. De hecho, nuestra investigación apunta a serios desafíos. Por ejemplo, algunos grupos de trabajadores pueden perder ingresos como resultado del aumento de la competencia de las importaciones. Y otros se encontrarán con barreras «detrás de la frontera», como la competencia limitada en el transporte y la distribución, la infraestructura deficiente o la falta de información sobre nuevas oportunidades, que pueden anular los beneficios del comercio.

Por último, nuestra investigación muestra que el comercio puede tener un impacto desigual en los pobres, según circunstancias específicas como el acceso a infraestructuras que favorecen el comercio, el género o si se vive en una zona rural o urbana. Estas dinámicas son claramente visibles en la India, donde los bienes producidos en hogares rurales se enfrentan a un tipo arancelario en los mercados internacionales que es 11 puntos porcentuales superior al de los bienes producidos en hogares urbanos.

Del mismo modo, en la frontera entre Laos y Camboya, las mujeres pagan impuestos más altos a los funcionarios de aduanas, y sus mercancías tienen más probabilidades de ser retenidas en cuarentena que las comercializadas por hombres. En Uganda, donde el 70 % de la población trabaja en la agricultura, la baja calidad y el alto coste del transporte impiden que la mayoría de los productores lleguen a clientes extranjeros.

Con reformas comerciales adecuadas, los gobiernos pueden aliviar tales limitaciones, al tiempo que reducen los costes de transacción, promueven la competencia y establecen normas claras para el comercio transfronterizo. Sabemos que el comercio abierto puede impulsar el desarrollo. Pero confiar pasivamente en las exportaciones para impulsar el crecimiento económico y reducir la pobreza no es suficiente. Debemos insistir más en las reformas para reducir las barreras arancelarias y eliminar las medidas regulatorias que distorsionan el comercio. Y se debe hacer más para facilitar la inversión en infraestructuras, como carreteras, rutas marítimas y sistemas de comercio electrónico, que conecten a las personas con los mercados.

Lamentablemente, las recientes previsiones de la OMC muestran que el crecimiento del comercio mundial se está desacelerando, lo que pone en peligro las perspectivas de un crecimiento económico más rápido y de una reducción de la pobreza. Necesitamos con urgencia abordar las raíces de las tensiones comerciales mundiales, fortalecer el sistema comercial basado en normas y avanzar en una mayor liberalización comercial. La experiencia demuestra que esta es la forma más eficaz de impulsar un crecimiento económico inclusivo y sostenible, crear nuevas oportunidades y acercarnos a nuestro objetivo compartido de poner fin definitivamente a la pobreza extrema.

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