Las instituciones importan, especialmente en un período de fluidez económica, política y social, cuando protegen a los países de la volatilidad frecuente y reducen el riesgo de perturbaciones costosas. Cuanto más se tarde en recuperar la confianza en ellas, mayores serán los obstáculos para nuestro bienestar y el de nuestros hijos.
Londres – Desde hace mucho tiempo se considera que las instituciones profundamente arraigadas, creíbles, responsables y eficaces son cruciales para el bienestar y la prosperidad duraderos de una sociedad. Protegen a los países de la volatilidad frecuente e inquietante, ya sea económica, política o social, y reducen el riesgo de perturbaciones costosas. Sin embargo, hoy en día, las principales instituciones políticas y económicas se ven presionadas por una fluidez inusual en sus entornos operativos y por los efectos de una pérdida acumulada de confianza por parte de sus grupos de interés.
Las implicaciones varían: las entidades privadas tienen muchas más probabilidades de adaptarse, incluso mediante un proceso relativamente ordenado de destrucción creativa y recreación, que las públicas. Estas últimas necesitan intensificar sus esfuerzos de reforma, para no convertirse en otro obstáculo a la capacidad de la economía mundial para generar un crecimiento elevado e inclusivo de manera duradera.
Al igual que una red vial bien diseñada y funcional, las instituciones sólidas potencian las economías al garantizar un entorno operativo estable, mecanismos de transmisión más fluidos, interacciones económicas menos costosas y arriesgadas, un conjunto creíble de derechos de propiedad y el respeto del Estado de derecho. No solo facilitan una amplia gama de relaciones beneficiosas para todas las partes, sino que también actúan como guardianes de confianza. Por ello, durante décadas se consideró ampliamente que estas instituciones eran el principal rasgo que diferenciaba a las economías avanzadas de los países en desarrollo, que siguen expuestos a una variedad mucho mayor de perturbaciones cíclicas y estructurales perjudiciales.
Sin embargo, en los últimos años se ha cuestionado esta caracterización, a medida que ha disminuido el prestigio de las instituciones privadas y públicas con una influencia sistémica significativa.
Para un conjunto cada vez mayor de empresas privadas, la principal fuente de presión ha sido la tecnología, en particular los avances impulsados por la combinación cada vez más potente de inteligencia artificial, macrodatos y movilidad. El desafío ha resultado especialmente grave, incluso fatal, para quienes se enfrentan a una intensa competencia de nuevos participantes capaces de combinar contenidos disruptivos con grandes plataformas; los ejemplos más destacados son Amazon, Facebook, Google, Netflix y Uber. Como muestran el creciente interés regulatorio que atraen actualmente y la mayor atención de los medios a diversas controversias —como las relacionadas con las «noticias falsas» y las culturas corporativas internas—, estas empresas deben adaptarse y mantener su agilidad a medida que adquieren mayor influencia y notoriedad sistémicas.
El proceso de adaptación es aún más complicado para las instituciones públicas, sobre todo por sus amplias funciones como guardianas, facilitadoras y reguladoras. A menudo encarnan las características de los «monopolios naturales»: no solo están protegidas de las disrupciones, sino que también pueden reprimir y retrasar innovaciones beneficiosas. La inercia interna, la información incompleta, la aversión al riesgo y los sesgos conscientes e inconscientes se combinan para dificultar el reconocimiento de la urgencia y la importancia de adaptarse. Incluso deficiencias más benignas —como la lentitud para modernizar las leyes y ponerlas al día con las realidades cambiantes— menoscaban el bienestar económico.
El fracaso visible y persistente de los sistemas educativos a la hora de adoptar avances tecnológicos prometedores es un ejemplo bien conocido de esta inercia. Menos evidente es el retraso de las instituciones económicas en actualizar sus enfoques de política, incluso mediante una incorporación más rápida de importantes conocimientos y herramientas de las ciencias del comportamiento, la IA, la neurociencia y otras disciplinas. También persisten las deficiencias en los programas de adquisición de competencias.
Como resultado, la confianza en la eficacia de las instituciones públicas se ha erosionado de forma notable. El daño a su credibilidad amenaza con socavar aún más su eficacia y perpetuar un círculo vicioso que se puso en marcha cuando no lograron generar un crecimiento elevado e inclusivo.
Nuestra comprensión de cómo deben adaptarse y reformarse las instituciones públicas sigue evolucionando. Por ello, aún no ha surgido una solución completa. Sin embargo, ya están claros algunos imperativos.
· Limitar el daño, incluso resistiendo la inclinación natural a promover enfoques, entidades y mentalidades establecidos, aunque cada vez menos eficaces.
· Mostrarse mucho más abiertos a las lecciones que pueden extraerse de los agentes externos disruptivos y estar dispuestos a revisar los fundamentos de los procesos y de modelos de negocio enteros.
· Mejorar la interacción entre los sectores público y privado, no solo para el intercambio directo de contenidos, sino también como forma de ampliar las posibilidades de enriquecer mutuamente las mejores prácticas.
· Mejorar los métodos de comunicación pública, para que las deficiencias informativas persistentes, los canales obsoletos y la erosión acumulada de la confianza no agraven las deficiencias operativas.
Hasta ahora, demasiadas instituciones con una influencia intrínseca han tardado en identificar y aplicar reformas. Esto ha intensificado la decepción, la alienación y la marginación que sienten algunos segmentos de la población respecto de gobiernos que no escuchan ni responden a un temor profundamente arraigado a la inseguridad económica. Es un fenómeno que lleva muchos años gestándose, que no puede eliminarse de la noche a la mañana y que alimenta cada vez más las alteraciones sociales y políticas.
Las instituciones importan, especialmente en un período de fluidez económica, política y social. Cuanto más se tarde en recuperar la confianza en las principales instituciones públicas y, en menor medida, privadas, mayores serán los obstáculos para nuestro bienestar y el de nuestros hijos.

