Cuando el hombre que inventó las contraseñas dice que ha llegado el momento de avanzar, probablemente tenga razón. Hace cuatro años, Fernando Corbató, quien inventó la primera contraseña informática en la década de 1960, afirmó que las contraseñas se habían convertido en "una pesadilla". Teniendo en cuenta que su creación no estaba pensada para la web, cómo las filtraciones de datos han marcado la era digital y el auge de la conciencia sobre la privacidad, está claro que las cosas deben cambiar.
En su momento, las contraseñas fueron una de nuestras medidas de seguridad más fiables, pero en la última década, la huella digital de la persona promedio se ha expuesto a un número cada vez mayor de terceros. Hoy en día, el consumidor promedio gestiona más de 191 pares de nombres de usuario y contraseñas. Es casi seguro que las personas reutilizan las mismas contraseñas o tácticas para autenticarse en diversos servicios.
¿Qué tiene de malo las contraseñas?
La mayoría de las filtraciones de datos recientes se deben a contraseñas robadas. A medida que las plataformas digitales acumulan gigabytes de datos, incluida la información personal y las credenciales que utilizamos para acceder a sus servicios digitales, el coste de los ataques para los piratas informáticos ha disminuido considerablemente. Hoy en día, es posible comprar credenciales de inicio de sesión de la cuenta bancaria o de Uber de alguien en la dark web por tan solo 7 $. La autenticación basada en conocimiento, ya sea mediante PIN, contraseñas, frases de paso o cualquier otro dato que debamos recordar, no solo supone un gran dolor de cabeza para los usuarios, sino que además su mantenimiento es muy costoso. Sin contar siquiera los costes de un ciberataque, los meros costes de gestión de contraseñas, el tiempo que los empleados pierden escribiendo contraseñas y recurriendo al departamento de TI cuando fallan, pueden ascender hasta $70 por incidente. Y, con hasta el 50 % de todas las llamadas al servicio de asistencia técnica son para restablecer contraseñas, los costes pueden acumularse rápidamente.
Las contraseñas no solo son difíciles de gestionar, sino que además son incómodas, poco seguras y costosas. Gartner prevé que, para 2022, el 60 % de las grandes empresas y todas las medianas habrán reducido a la mitad su dependencia de las contraseñas. ¿Cómo?
Tecnologías de autenticación que mejoran la privacidad
Varias tendencias han comenzado a permitir que el mercado prescinda de las contraseñas y que los usuarios, por fin, tengan el control de sus datos. El primer impulso gubernamental importante llegó con el RGPD en Europa y la Ley de Derechos y Aplicación de la Privacidad de California.
Los consumidores se han acostumbrado a disfrutar de servicios «gratuitos», que en última instancia se financian con la venta de sus datos y sin su consentimiento explícito ni conocimiento, pero los usuarios están empezando a oponerse. Ejemplos de ello son la demanda colectiva presentada contra Facebook en Illinois y la primera multa impuesta por la autoridad sueca de protección de datos en virtud del RGPD a un centro escolar por el uso indebido de la tecnología de reconocimiento facial.
Para cumplir los requisitos establecidos por estas nuevas leyes, los productos y servicios deben diseñarse con la privacidad como eje central y ofrecer total transparencia a sus usuarios. Si los servicios se desarrollan de esta manera, podremos crear sistemas biométricos de forma fiable, lo que deja únicamente la cuestión de si las empresas pueden verificar la información que presentan sus solicitantes. Una forma de resolverlo es mediante el escaneo del documento de identidad expedido por el gobierno de una persona y una comprobación de similitud facial, combinados con atributos verificados.
Un desafío multilateral que requiere un enfoque multilateral
Tanto los gobiernos como la industria privada desempeñan un papel fundamental en el acceso a atributos verificados. En 2018, la Better Identity Coalition publicó un informe en el que se pide que las fuentes gubernamentales de confianza abran el acceso a los atributos que poseen. Muchos gobiernos han buscado solucionar el problema de cómo verificar la identidad declarada de una persona en un entorno remoto, con iniciativas como eIDAS en la UE, el Marco Fiduciario Pancanadiense, y el Marco de Identidad Digital de Confianza de Australia.
Para que el mundo prescinda de las contraseñas, debemos devolver a los usuarios el control de sus propios datos. Esto permitirá que el trabajo de organismos como el World Wide Web Consortium, que desarrolla estándares globales para la web, y la Fido Alliance - una asociación industrial dedicada a sustituir las contraseñas como medio de autenticación digital - para depender de nuestros dispositivos y atributos en tiempo real, de modo que los usuarios puedan verificarse de forma remota y más segura.
El futuro sin contraseñas está cerca. Seguiremos viendo avances en 2020, pero debemos actuar ahora para cerrar la brecha entre confiar en las verificaciones en tiempo real y poner fin a nuestra dependencia de las contraseñas. Esto puede lograrse ofreciendo una experiencia de usuario más fiable, segura y cómoda, que ayude a las personas a proteger el uso de sus datos y que, al mismo tiempo, proporcione a las empresas acceso a una red descentralizada para confiar en las identidades digitales a escala. Permitirá que las plataformas digitales incorporen usuarios con mayor facilidad entre distintos servicios digitales en tiempo real, con un nivel de interoperabilidad fiable para una experiencia de usuario incomparable. Gestionar 191 cuentas digitales será pan comido, y las personas recuperarán el control de su identidad.


