Nuestros valores compartidos están bajo ataque. También son nuestra mejor defensa 

Kosovo's ethnic Albanians celebrate the first anniversary of independence in the capital Pristina February 17, 2009.
Kosovans celebrate the first anniversary of independence in the capital Pristina February 17, 2009.Image: REUTERS/Hazir Reka
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En la Reunión Anual del Foro Económico Mundial de este año en Davos, los líderes mundiales debatirán el desafío de mantener una narrativa progresista compartida en un mundo cada vez más fragmentado. Como presidente de Kosovo, país que este año celebra el décimo aniversario de su independencia y que aún está desarrollándose económica y políticamente, no puedo insistir lo suficiente en el valor de encontrar y mantener un propósito común a escala mundial. Países como el mío necesitan el apoyo activo de una comunidad mundial unida, interesada en respaldar un desarrollo sostenible y equitativo en todo el mundo.

Restaurar los valores compartidos que surgieron del colapso del comunismo en la década de 1990 es de especial importancia para mí y para mi pueblo. Mi país es fruto de esos valores humanitarios compartidos. Hace exactamente dos décadas, los kosovares sufrían un genocidio y una limpieza étnica en el corazón del continente europeo. La mitad de la población fue deportada de Kosovo, mientras las imágenes de fosas comunes conmocionaban a la opinión pública mundial.

Yo era líder político de una fuerza guerrillera que intentaba resistir el poder devastador de uno de los últimos dictadores del continente: Slobodan Milosevic. Es probable que nuestros esfuerzos por proteger a nuestro pueblo hubieran requerido mucho más tiempo y costado muchas más vidas humanas de no haber sido por la indignación mundial. Puede que el recuerdo de la guerra de Kosovo se haya desvanecido para muchos de ustedes, pero en 1998 todos, desde los galardonados con el Premio Nobel de la Paz hasta los generales de la OTAN, desde los periodistas occidentales comprometidos que estaban sobre el terreno hasta los trabajadores humanitarios en los campos de refugiados, creían que la paz era una causa digna de defender.

Incluso entonces, había voces en los extremos políticos que se oponían a la intervención que salvó al pueblo de Kosovo. La extrema izquierda no lograba distanciarse de los sentimientos contrarios a la OTAN y consideraba la intervención en Kosovo un proyecto imperialista. La extrema derecha, por su parte, veía a los kosovares como una «quinta columna» musulmana peligrosa en Europa y no se oponía a las políticas de Milosevic en Bosnia y Kosovo. Sin embargo, al final fueron los valores humanos compartidos por la inmensa mayoría situada en el centro del espectro político los que hicieron posible nuestra liberación. Las fuerzas desestabilizadoras del aislacionismo, la fragmentación y el nativismo no pudieron igualar los esfuerzos conjuntos de todos los estratos políticos y sociales para defender los valores fundamentales de la humanidad.

En 2008, tras un proceso de negociación mediado por el negociador de la ONU Marti Ahtisaari y coordinado plenamente con las democracias occidentales, Kosovo declaró su independencia y ahora la mayoría de los miembros de la ONU lo reconoce como país soberano. Hemos registrado el mayor crecimiento económico medio de la última década en los Balcanes Occidentales y hemos mejorado de forma constante en todos los indicadores fundamentales de buen gobierno, libertades económicas y políticas y construcción democrática de la nación.

Casi 20 años después de la intervención de la OTAN en Kosovo, tenemos que admitir que el mundo ha cambiado desde aquellos días de intervenciones humanitarias interculturales e internacionales. A pesar de todas las oportunidades que ofrecen internet y las redes sociales, me entristece e incluso me perturba su lado siniestro. Los extremistas pueden encontrarse fácilmente en las redes sociales y crear poderosas cámaras de eco que se propagan por la web como materia oscura. Dicho esto, no comparto la opinión de que Twitter o Facebook sean la raíz de esta narrativa cada vez más fragmentada.

No: hay que decirlo con claridad y sin ambages: hoy existen poderosas fuerzas políticas que intentan, de manera deliberada y sistemática, anular el último siglo de progreso en el mundo y, en el caso de Kosovo, una década de libertad.

Estas fuerzas tienen su origen en Rusia. Los esfuerzos coordinados desde Moscú —entre el Estado, los canales de propaganda, los servicios de inteligencia, los piratas informáticos y los actores políticos— persiguen un objetivo claro. Quieren dañar irreparablemente múltiples lazos de confianza: entre ciudadanos y gobiernos de los países occidentales, entre los países miembros de la OTAN y la UE, y también más allá.

La tecnología no crea ni causa estos esfuerzos. Son fuerzas que siempre han acechado en segundo plano, en los extremos de nuestro discurso público, pero que ahora se ven fortalecidas por políticas deliberadas para destruir los valores en los que se basa el mundo libre, incluidas comunidades como la UE y la OTAN.

No podemos formular nuevas narrativas en un panorama fragmentado sin identificar claramente quién está atacando actualmente el orden mundial; tampoco podemos desarrollar herramientas de resistencia contra las noticias falsas o los ciberataques a los sistemas democráticos sin aceptar que se trata de ataques deliberados. No son islas virtuales de perturbación, sino un archipiélago conectado de plataformas de ataque deliberadas contra nuestros valores compartidos.

Por eso, el Davos de este año será de suma importancia, pues se propone analizar las nuevas fracturas geoestratégicas, así como las formas de volver a conectar y redescubrir nuestra historia común de progreso humano.

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