Más allá de la confianza: por qué necesitamos un cambio de paradigma en el intercambio de datos

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  • La promesa de la economía de los datos está en peligro debido a la desconfianza y a nuevas regulaciones.

  • El crecimiento económico, los descubrimientos científicos y la innovación están en riesgo.

  • Las tecnologías que mejoran la privacidad podrían ser la respuesta.

En los últimos 30 años, la sociedad se ha acostumbrado a los servicios gratuitos en internet. Los usuarios se enamoraron de la accesibilidad y la apertura de los motores de búsqueda, el correo electrónico y los sitios para compartir vídeos; el trato parecía una ganga en un momento en que los datos eran un recurso nuevo de valor desconocido. Los usuarios confiaban en que las empresas almacenaran su información y se acostumbraron a experiencias en línea cómodas y fluidas. Compartían y se conectaban sin reservas.

A la par que avanzaba la digitalización de casi todos los ámbitos de la vida, las capacidades de inteligencia artificial (IA) y análisis de datos crecieron enormemente, lo que permitió a las empresas transformar rastros de datos dispersos en información significativa que les ayudaba a mejorar considerablemente sus procesos empresariales. El marketing dirigido, las búsquedas basadas en la ubicación y las promociones personalizadas se convirtieron en la norma. Esto acabó haciendo posible combinar datos de diversas fuentes en grandes conjuntos y extraer de ellos perfiles de usuarios detallados, de una precisión sin precedentes, para establecer correlaciones entre aspectos dispares del comportamiento de los consumidores y predecir cada vez mejor los riesgos de salud individuales y las decisiones electorales, para quienes poseían los datos.

A medida que los datos empezaron a reconocerse como el «nuevo petróleo», motor del crecimiento y la innovación, el público empezó a comprender cómo este nuevo recurso lo había hecho vulnerable. Injerencia electoral. Recopilación de datos insegura. Violación de la privacidad. Hoy, tareas sencillas como registrarse en un hotel, reservar un coche de alquiler o pedir comida a domicilio pueden exponer los datos de los consumidores. El problema del abuso de datos, cuyo ejemplo emblemático es el escándalo de Cambridge Analytica, está ahora muy extendido. Resulta que incluso la tecnología utilizada para crear un hogar inteligente pone aún más en peligro la privacidad.

La opinión pública pasó del entusiasmo por los servicios digitales gratuitos a la desilusión y la aversión hacia las grandes tecnológicas y sus prácticas de intercambio de datos. Se acuñó el término «datavigilancia», que refleja la creciente preocupación del público y la brecha de desconfianza que se había abierto entre los consumidores, las empresas y las instituciones públicas. Hoy, la confianza en las instituciones está en su mínimo histórico.

Al no existir una forma sencilla de desvincularse de la vida digital, se intensificó el reclamo de legislación, que parecía ser la vía adecuada para recuperar el orden.

¿Podría la regulación restaurar la confianza?

Los legisladores europeos y estadounidenses asumieron este reto. Sin embargo, el problema de la regulación de la privacidad de los datos es que limita principalmente lo que las organizaciones pueden hacer con ellos, lo que tiene el efecto adverso de restringir la colaboración en diversos ámbitos que podrían beneficiar enormemente al progreso humano.

El intercambio de datos y la colaboración entre múltiples partes han propiciado avances extraordinarios en la última década. Pensemos en los estudios médicos entre múltiples partes que se benefician de grandes conjuntos de datos de pacientes agrupados; en un transporte urbano más inteligente gracias a los datos de ubicación en tiempo real; o en la detección del fraude financiero mediante el análisis de datos entre bancos.

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Corremos el riesgo de entrar en una era de aislamiento

Las regulaciones actuales y las que están por venir no parecen tener en cuenta las oportunidades de colaboración que ofrece la economía de los datos. En mayo de 2018, se puso en pausa un estudio sobre la diabetes tipo 2 de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos. ¿El motivo? La investigación incluía historiales médicos finlandeses que, en virtud del RGPD, el reglamento de protección de datos de la UE, ya no podían facilitarse a los investigadores estadounidenses. En lugar de compartir información para profundizar sus conocimientos sobre la enfermedad, los colaboradores —y, en última instancia, los pacientes— no pudieron aprovechar las ventajas de los conjuntos de datos más amplios.

Si las regulaciones sobre privacidad de datos impiden que sigan adelante colaboraciones como estas, que hacen posible el progreso de la humanidad, ¿debería la sociedad esperar un futuro regresivo? ¿Tendrán las organizaciones que resucitar los silos que existían antes de que estuvieran disponibles las herramientas de colaboración en torno a los datos? ¿Se quedarán las empresas de sectores muy regulados sin la capacidad de intercambiar conocimientos? La eficiencia, el crecimiento, los descubrimientos científicos y, sobre todo, la innovación podrían verse obstaculizados.

Sin embargo, resulta alentador que exista una nueva generación de tecnologías que mejoran la privacidad y permiten a las organizaciones colaborar sin necesidad de confiar unas en otras.

La criptografía se reconoce desde hace mucho tiempo como un método para proteger los datos en tránsito (cuando se envían de A a B) o en reposo (cuando están almacenados). Antes, era necesario descifrar los datos para procesarlos o analizarlos, pero los avances en criptografía están haciendo posible analizar datos cifrados. Estas tecnologías se basan en las matemáticas, no en el hardware ni en el software. Ahora, las tecnologías que mejoran la privacidad pueden hacer que los datos permanezcan invisibles e irrecuperables y, al mismo tiempo, estén accesibles y disponibles para el cálculo.

El cifrado homomórfico (HE, por sus siglas en inglés) es una de esas técnicas. Permite que los datos permanezcan cifrados mientras se utilizan, analizan y procesan. Para visualizar lo que esto significa, imaginemos que guardamos datos personales en una caja negra. Esta caja, cerrada y sin llave, puede entregarse a otra entidad. Esa entidad puede «sacudir» la caja proverbial, mover los datos y realizar análisis sin llegar a tomar posesión de los datos que contiene. Después, los datos pueden devolverse junto con información nueva y esencial, sin que jamás se establezca ni se verifique la confianza mutua.

En el caso de la investigación sobre diabetes que se puso en pausa, el uso del HE podría disipar las preocupaciones de seguridad relacionadas con el intercambio de datos altamente sensibles y permitir avances valiosos para tratar una enfermedad grave.

En el ámbito de la ciberseguridad, podrían compartirse datos sobre ataques contra una entidad con organizaciones homólogas y gobiernos sin poner en riesgo la confidencialidad de los datos ni exponerse a infringir las regulaciones de protección de datos.

Ha llegado el momento de un cambio de paradigma en el intercambio de información. Cuando la información puede compartirse sin quedar expuesta y analizarse sin revelarse, los beneficios de la colaboración no tienen que supeditarse a la confianza. Nuestra imaginación puede volver a desplegarse para resolver algunos de los problemas más apremiantes de nuestro tiempo.

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