Los inventores de Internet no pensaron mucho en la ciberseguridad. ¿Por qué lo habrían hecho? La idea detrás del principal antecesor de Internet, la ARPANET del Pentágono, era ayudar a los investigadores a compartir información con mayor facilidad. Se diseñó para la apertura, la resiliencia y la escala, para usuarios que compartían un propósito común.
No sabían —y no podrían haber imaginado— hasta qué punto Internet llegaría a ser central en nuestras vidas. Tampoco podían imaginar una red de usuarios que acabaría volviéndose unos contra otros. Pero décadas después, Internet es tan esencial para el funcionamiento cotidiano de la sociedad mundial como la electricidad, y la ciberseguridad se ha convertido en un asunto determinante de la era digital.
Intentar impermeabilizar un colador
Irónicamente, la palabra «cyber» procede de «cibernética», el estudio de los sistemas de « control » sobre seres vivos y máquinas. Pero asegurar un sistema que desde el principio fue diseñado para ser abierto se parece mucho a intentar impermeabilizar un colador: se trata de hacer algo para lo que el sistema simplemente no fue construido. Cada año se invierten miles de millones de dólares en añadir nuevas tecnologías de seguridad sobre un diseño antiguo porque, literalmente, no tenemos elección: la arquitectura original es tan inherente a la estructura y al funcionamiento básico de Internet que reemplazarla es, en la práctica, imposible.
El problema se vuelve cada vez más urgente a medida que la economía digital teje a nuestro alrededor una red de conexiones cada vez más densa. Un nuevo protocolo de Internet que admite hasta 78 octillones de direcciones de Internet multiplicará exponencialmente el número de objetos que pueden conectarse a la red mundial a la vez, o, como comentó recientemente el antiguo agente de Interpol Marc Goodman a New Scientist, «Eso son 78 mil millones de millones de millones de cosas… Si la Internet actual tiene el tamaño de una pelota de golf, en los próximos años podría crecer hasta alcanzar el tamaño del sol. Cada grano de arena de nuestro planeta podría tener su propia dirección de Internet un billón de veces».
Pero cuando todo está conectado en red, todo es hackeable. Y cuando todo es hackeable, todo está en riesgo.
Destinos mucho peores que el fraude con tarjetas de crédito
La ley de Moore ha creado, por así decirlo, los «forajidos de Moore». Los ciberdelincuentes actuales pueden alcanzar una escala asombrosa, sin mucho temor a ser descubiertos, y desarrollan formas de eludir las medidas de seguridad tan rápido como estas se crean. Cuanto más dependemos de Internet, y cuanto más valiosos son los sistemas e información que conectamos a él, más tentadores objetivos presentan para quienes tienen malas intenciones. Eso nos pone a todos en riesgo de maneras que nunca hemos imaginado.
¿Su nevera inteligente? Podría simplemente dejar que la leche se estropee. Aunque, pensándolo bien, podría ser reclutada para una campaña de spam o, aún peor, ofrecer a los piratas informáticos la oportunidad de colarse en su sistema de seguridad doméstico.
¿Su coche? Pregúntele al periodista de Wired que dejó que unos piratas informáticos secuestraran a distancia su Jeep qué se siente perder el control en la autopista con un camión de 18 ruedas que se le viene encima a toda velocidad.
¿Infraestructura básica? Imagine que las llamadas al 911 sean desviadas, que las aguas residuales se viertan en las calles o que se produzcan apagones regionales masivos porque todos esos sistemas han sido hackeados.
¿Drones? El software malicioso podría permitir que actores malintencionados tomaran en secreto el control del vuelo y de la cámara, lo que les permitiría espiar a cualquiera o manipular información privada.
¿Atención sanitaria? Piense en recetas médicas alteradas, en robots quirúrgicos secuestrados o en que todo el sistema informático de un hospital quede fuera de servicio. Habría vidas en juego.
En algún momento del futuro previsible, es probable que los delincuentes encuentren la manera de hackear el ADN —que, al fin y al cabo, es un tipo de código— para desatar armas biológicas y pandemias.
En 1999, un grupo de piratas informáticos previó los peligros de una red omnipresente pero frágil y trató de advertir al Congreso de Estados Unidos, pero no sucedió nada. En parte, esto se debe a que simplemente tiene más sentido que las empresas den prioridad a la atención al cliente, que tiene un efecto directo y tangible en los resultados, frente a la ciberseguridad. La seguridad es complicada, costosa y engorrosa, y es imposible cuantificar el beneficio de evitar que ocurra algo malo no especificado. Salvo, por supuesto, que ese algo malo sea que su empresa quiebre por haber perdido la confianza de sus clientes.
Otro obstáculo ha sido la sensación de que es un problema de otros. Las empresas no han sido consideradas responsables de los daños, financieros o de otro tipo, causados por no asegurar sus sistemas. Sin embargo, a medida que crecen las posibles consecuencias, esto está cambiando. De hecho, una reciente sentencia de un tribunal de apelación sugiere que la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos está endureciendo su postura sobre lo que considera pasos razonables que las empresas deben dar para proteger la información de los consumidores frente a los piratas informáticos.
¿Hacia dónde vamos a partir de aquí en materia de seguridad?
Salvo que nos retiremos a vivir aislados en el campo, no podemos optar por una vida sin Internet y seguir formando parte de la sociedad convencional. Pero tampoco podemos pasar la vida esperando que cada una de nuestras interacciones contenga la semilla de un desastre de seguridad. Si no podemos confiar en los sistemas que sustentan nuestros servicios y transacciones más fundamentales, pero tampoco podemos evitarlos ni rediseñarlos, ¿qué opciones tenemos?
Debemos tomar medidas enérgicas contra la creciente amenaza de la ciberdelincuencia. Como mínimo, al igual que hacemos para protegernos de las enfermedades infecciosas, las personas y las organizaciones deben exigir y priorizar la higiene digital básica.
Más allá de eso, las organizaciones deben reconocer que, a medida que se digitalizan cada vez más, serán exponencialmente más vulnerables a las brechas de ciberseguridad. Es fundamental que planifiquen e inviertan para proteger los datos, las interacciones, las transacciones y las identidades de sus clientes, empleados y socios. Algunos expertos llegan incluso a recomendar que las organizaciones recurran a hackers éticos para detectar vulnerabilidades y ayudar a desarrollar defensas más sólidas. Este es el argumento a favor de la seguridad de código abierto: permitir que los expertos y la comunidad en general identifiquen y corrijan las debilidades.
Por último, existe una preocupación creciente de que ni siquiera los esfuerzos más serios a nivel empresarial o nacional sean suficientes. En cambio, podríamos necesitar un enfoque mundial integral que reúna a los principales líderes empresariales y gubernamentales y a la comunidad técnica mundial para desarrollar principios y políticas globales de estándares en materia de ciberseguridad. Porque sin un esfuerzo intenso por proteger Internet, al menos de la escala del que llevó a la humanidad a la Luna a finales de la década de 1960, el potencial político, económico y humano de la economía digital bien podría quedar sin materializarse.
Este artículo se publica en colaboración con SAP Community Network. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Daniel Wellers es responsable de Estrategia e Investigación de SAP Portfolio Marketing.
Imagen: Una ilustración muestra una proyección de código binario sobre un hombre que sostiene un ordenador portátil. REUTERS/Kacper Pempel.


