El mundo actual enfrenta algunos desafíos globales graves: crear un desarrollo sostenible frente al cambio climático, salvaguardar los derechos y la justicia, y fomentar mercados éticos en expansión, para empezar. Todos estos desafíos guardan alguna relación con la ciencia y la tecnología, algunos de forma más explícita que otros.
Actualmente somos testigos de un crecimiento de la tecnología tradicional, con computadoras que procesan datos de formas nuevas y apasionantes. También estamos presenciando el nacimiento de tecnologías transformadoras, como la bioingeniería. Pero la cuestión no es si la tecnología es antigua o nueva, sino cómo se utiliza para facilitar o cambiar el comportamiento humano.
Buenas tecnologías, malas tecnologías
Los avances en tecnologías de la información y la comunicación (TIC) son de vital importancia para ayudarnos a tomar decisiones mejor fundamentadas e informadas sobre cómo prepararnos para el futuro. Por ejemplo, la gobernanza democrática consiste en poder articular puntos de vista contrapuestos en toda la sociedad y desde distintos ámbitos del gobierno. La llegada de internet nos permite recibir y difundir dicha información. Asimismo, la seguridad y la protección pública dependen de contar con buena información sobre los riesgos y sus posibles amenazas. Consideremos, por ejemplo, la forma en que los departamentos de policía de Nueva York y Memphis han logrado aprovechar mejor los datos para prevenir la delincuencia.
Si bien la ciencia y la tecnología nos brindan herramientas para mejorar, ellas, así como las personas que las utilizan, también plantean graves problemas. La tecnología nos conecta, pero también nos hace vulnerables a los ciberataques. La cantidad de información que producimos cada día a través de nuestros teléfonos y computadoras puede contribuir a moldear nuestro entorno para adaptarse a nosotros. Pero también significa que nuestras identidades quizá sean más vulnerables que nunca, con teléfonos inteligentes y tarjetas de fidelidad que rastrean cada uno de nuestros movimientos.
De manera similar, en biología logramos avances asombrosos en correcciones, reparaciones, modificaciones y mejoras físicas, ya sea reemplazando extremidades antiguas o haciendo crecer nuevas. Pero también debemos considerar seriamente las cuestiones relacionadas con la ética, la seguridad y la protección. El debate en torno a los experimentos de ganancia de función , que dotan a las enfermedades de nuevas propiedades para ayudarnos a estudiarlas, es un buen ejemplo.
Esperanzas y temores
Para ayudarnos a comprender la forma y el alcance de estos desafíos, el Millennium Project , un laboratorio de ideas internacional, publica su informe anual sobre el Estado del Futuro, que describe los principales obstáculos a los que se enfrenta la humanidad en los próximos 35 años. Ilustra nuestra compleja relación con la ciencia y la tecnología. Del mismo modo que el inicio de la revolución industrial influyó en los temas subyacentes de Frankenstein de Mary Shelley, también nosotros nos preocupamos por las complicaciones imprevistas que podrían traer los desarrollos más recientes.
El informe nos habla de las grandes esperanzas de que la biología sintética nos ayude a escribir código genético como escribimos código informático; del poder de la impresión 3D para personalizar y construir casas inteligentes; y del futuro de la inteligencia artificial, en el que la mente humana y la mente informática se encuentran en lugar de enfrentarse.
Pero, al mismo tiempo, los autores del informe –Jerome Glenn, Elizabeth Florescu y su equipo– expresan el temor de que exista una gran probabilidad de que nos supere el ritmo de la evolución del desarrollo científico y tecnológico. Los autores sugieren que busquemos sistemas de control compatibles con las personas, ya que los avances en estos campos significan que individuos aislados podrían fabricar y desplegar armas de destrucción masiva.
Aquí hay dos preocupaciones: una relacionada con la capacidad de actuar de las personas, y la otra con las estructuras. Los individuos tienen el potencial de utilizar los avances científicos y tecnológicos para causar daño. Se trata de un problema creciente, ya que la ciencia y la tecnología siguen erosionando lo que Max Weber denominó el “monopolio de la violencia”.
Para reducir los riesgos asociados a la capacidad de actuar, dependeremos de estructuras que fomenten un buen comportamiento, como los sistemas de justicia, de educación y de provisión de las necesidades básicas de la vida.
Sin embargo, no está claro cómo llegaremos a esas estructuras ni a quién corresponderá la responsabilidad de desarrollarlas, ya sea a las regiones, a los Estados o a las organizaciones internacionales. Esto resulta especialmente urgente, dado que muchos Estados han renunciado a un sistema de bienestar o están en proceso de destruirlo . No queda claro qué papel desempeñan la educación y la formación, ni cómo ha de funcionar el control regulatorio en tantos ámbitos locales, nacionales, sociales y comerciales.
¿Un enfoque ético?
Que nuestra sociedad global sea superada o no por la ciencia y la tecnología depende en gran medida de nosotros. Y esa es parte del problema, como advirtió William Nordhaus ya en 1982, en su trabajo sobre los Global Commons. El informe pide un enfoque ético para crear sistemas, formas de información y modelos de control que nos permitan interactuar con la ciencia y la tecnología a medida que avanzan.
Esto implica incorporar consideraciones éticas en la forma en que pensamos el futuro. Los autores desean un debate más amplio sobre la ética global, como el que se ha arraigado en el trabajo de la International Organisation for Standardisation , el mayor desarrollador mundial de normas internacionales de carácter voluntario.
En última instancia, la situación en la que terminemos con respecto a la ciencia y la tecnología depende de que asumamos cómo interactuamos con estos avances. Mientras no lo hagamos, un mundo seguro y próspero podría escapársenos.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: David J. Galbreath es catedrático de Seguridad Internacional y director del Centre for War and Technology de la Universidad de Bath.
Imagen: Una trabajadora migrante coloca su dedo sobre un escáner de huellas dactilares mientras solicita un pasaporte en la oficina de inmigración de Tangerang, en la provincia de Banten, Indonesia. REUTERS/Beawiharta


