El hambre en el mundo ha aumentado por tercer año consecutivo, según el informe anual de las Naciones Unidas sobre seguridad alimentaria. El número total de personas que padecen privación crónica de alimentos ha aumentado en 15 millones desde 2016. Unas 821 millones de personas sufren ahora inseguridad alimentaria, una cifra que vuelve al nivel de hace casi una década.
La situación está empeorando en América del Sur, Asia Central y la mayoría de las regiones de África, señala el informe. También destaca el preocupante aumento de la anemia entre las mujeres en edad reproductiva. Una de cada 3 mujeres en todo el mundo se ve afectada, con consecuencias para la salud y el desarrollo tanto de ellas como de sus hijos.
De 2005 a 2014, la subalimentación mundial estaba disminuyendo. Pero el ritmo del descenso se fue debilitando continuamente, como un automóvil que avanza cada vez más despacio. Hace varios años se detuvo por completo y el hambre en el mundo empezó a aumentar de nuevo. Entre los factores que impulsaron este cambio estaba el cambio climático.
Aunque la malnutrición y la inseguridad alimentaria comienzan en el hogar, el hambre es asunto de todos. El daño que causa el hambre en las comunidades puede provocar inestabilidad regional y conflictos que pueden extenderse más allá de las zonas afectadas. Por ejemplo, la sequía y las malas cosechas en América Central son algunos de los factores que impulsan la inmigración a través de la frontera con Estados Unidos.
Clima, condiciones meteorológicas y cultivos
Las causas de la inseguridad alimentaria son complejas y están interrelacionadas. En nuestro libro reciente, «Cómo alimentar al mundo», una recopilación de ensayos de destacados investigadores, examinamos desafíos urgentes. Entre ellos, el cambio climático se perfila como un problema preocupante que influye en todos los demás.
El clima de la Tierra ha alternado entre períodos glaciales e interglaciales desde los albores del tiempo. Sin embargo, en los últimos 50 años, las cosas han cambiado. Las temperaturas medias mundiales han aumentado cada vez más rápido, con nuevos máximos registrados en 2014, de nuevo en 2015 y otra vez en 2016.
El cambio climático también está aumentando la intensidad y la frecuencia de los fenómenos meteorológicos extremos, como las tormentas intensas y las sequías. Como resultado, algunas regiones del mundo son cada vez más húmedas, entre ellas el norte de Estados Unidos y Canadá, mientras que otras se están volviendo más secas, como el suroeste de Estados Unidos. En el Medio Oeste de Estados Unidos, los episodios de lluvias intensas aumentaron más de un tercio entre 1958 y 2012.
La agricultura es uno de los sectores más expuestos y vulnerables al cambio climático. Los cultivos y el ganado son extremadamente sensibles a la temperatura y las precipitaciones. Una helada tardía en primavera puede ser devastadora, y una ola de calor durante la floración puede reducir drásticamente los rendimientos. En resumen, la agricultura es el «sector Ricitos de Oro». El tiempo no debe ser demasiado caluroso ni demasiado frío, y las lluvias deben ser «las adecuadas».
La producción de alimentos suficientes para todas las personas del mundo depende en gran medida del clima. Esto significa que será imposible combatir el hambre sin prepararse para el cambio climático y adaptarse a él.
La importancia de la investigación agrícola
El cambio climático reduce el valor de la información generacional e histórica sobre la agricultura. Lo que funcionaba antes puede dejar de ser aplicable en un clima alterado. Cuando los conocimientos históricos ya no sirven, los agricultores deben recurrir a otras fuentes de información, como meteorólogos, agrónomos y otros científicos, así como al desarrollo de nuevas tecnologías sostenibles.
Los agricultores de las economías más avanzadas, incluidos los de Estados Unidos, ya dependen en gran medida del conocimiento científico, que a menudo se transmite a través del sector privado o de los servicios locales de extensión agrícola. Sin embargo, los agricultores de los países más pobres, que en muchos casos sufrirán los impactos más graves del cambio climático, rara vez tienen acceso a esos conocimientos.
Incluso en los países ricos, estos ajustes son costosos. Además, la financiación pública de la investigación y el desarrollo agrícolas lleva una década disminuyendo en Estados Unidos. Los países más pobres del mundo representan apenas el 3 por ciento del gasto mundial en investigación agrícola. Sin inversiones para compartir los descubrimientos de la investigación, muchos avances de los países más ricos no se transferirán a las naciones de bajos ingresos.
Agricultores de Carolina del Norte afrontan las pérdidas de cultivos causadas por el huracán Florence en septiembre de 2018.
La influencia generalizada del cambio climático
El cambio climático también intensifica otras presiones sobre la producción mundial de alimentos. Pensemos en el papel fundamental del agua. Se estima que el consumo de carne por sí solo representa el 22 por ciento del uso mundial de agua, y esta demanda aumentará en un mundo más cálido. El cambio climático también altera los patrones de lluvia: en algunos lugares habrá muy poca agua para cultivar, mientras que en otros puede haber suficiente, pero caer en el momento equivocado o con menos frecuencia y en episodios de lluvias más intensas.
Incluso factores que parecen tan dispares como el comercio internacional se ven afectados por el cambio climático, con graves consecuencias para la seguridad alimentaria. A medida que el cambio climático provoque cambios permanentes en la distribución geográfica de las zonas de producción agrícola del mundo, el comercio internacional surgirá como un mecanismo importante de resiliencia para reducir el hambre y promover un acceso equitativo a los alimentos.
Por ejemplo, una ola de calor y una sequía en 2012 provocaron grandes pérdidas en las cosechas de maíz de Estados Unidos. Los productores del hemisferio sur compensaron el déficit, lo que contribuyó a moderar las subidas de precios en Estados Unidos. Esto solo fue posible gracias al comercio internacional.
Una respuesta eficaz al cambio climático también será fundamental para avanzar en muchos otros desafíos relacionados con la seguridad alimentaria, como reducir la pérdida de alimentos, mejorar la nutrición y promover sistemas de producción sostenibles. Los países productores de alimentos necesitarán políticas creativas y nuevas tecnologías para superar estos desafíos con éxito.
Adaptarse a las nuevas condiciones
Se prevé que el cambio climático empuje a más de 100 millones de personas a la pobreza extrema para 2030. Adaptarse al cambio climático es una forma clave de combatirla, y la tecnología puede ayudar.
Por ejemplo, la agricultura de precisión puede aprovechar computadoras, sistemas de posicionamiento global, sistemas de información geográfica y sensores para proporcionar los datos necesarios y aplicar a cada pequeña parcela de un campo exactamente los insumos que necesita. También está resurgiendo el interés por el uso de la tecnología consagrada de los cultivos de cobertura para mitigar los impactos del cambio climático.
Con la llegada de la nanotecnología, podemos medir a escalas aún menores. Además de hacer que los sensores de campo sean más pequeños y compactos, las nanotecnologías también pueden ayudar a mejorar la forma en que se liberan los fertilizantes y pesticidas. Al incorporar insumos químicos en cápsulas diminutas o en geles, es posible controlar cuándo y cómo se liberan para hacerlos más eficaces y, al mismo tiempo, reducir las emisiones químicas y la escorrentía.
Pero, en última instancia, todo depende de las personas. En todo el mundo, la gente debe ejercer su poder social para alentar la mitigación del cambio climático y promover las inversiones en tecnologías de adaptación. Necesitamos que todos participen para contribuir a un futuro con seguridad alimentaria.






