Las mujeres sufren de forma desproporcionada los efectos del cambio climático y el hambre: a menudo comen menos y producen menos alimentos.
Sin embargo, cuando el cambio climático afecta a la producción de alimentos y los ingresos de las mujeres, también hay menos alimentos para los hombres y los niños.
Ya hace mucho que las voces de las mujeres deberían orientar las estrategias de adaptación climática y la planificación de respuestas a las crisis.
En Diffa, una de las regiones más pobres de Níger, el cambio climático ha provocado más sequías e inundaciones frecuentes que han generado una grave inseguridad alimentaria y malnutrición. Pero, pese a la arraigada desigualdad de género, las comunidades de Diffa están viendo lo que ocurre cuando las mujeres lideran y promueven una adaptación climática resiliente.
Las mujeres agricultoras en pequeña escala han dado un paso al frente y unido fuerzas para ampliar las posibilidades. Con el apoyo de organizaciones locales de la sociedad civil y de ayuda, aprendieron sobre el cambio climático, encontraron nuevas formas de recolectar y conservar el agua de lluvia, y programaron la siembra de mijo, okra y cacahuetes para cuando se pronosticaba lluvia.
Reservaron ahorros para hacer frente al mal tiempo previsto. Convencieron al gobierno local para que construyera nuevos pozos. Hoy tienen voz en la planificación de escenarios y las decisiones de gasto del gobierno local. Sus vidas, medios de subsistencia, familias y comunidades corren menos riesgos por el cambio climático y el hambre.
Para que esta historia se convierta en la norma y no en la excepción, necesitamos ampliar urgentemente esta estrategia de eficacia demostrada: respuestas integradas al cambio climático y la inseguridad alimentaria, lideradas localmente y desarrolladas por y para las mujeres.
Las mujeres sufren de forma desproporcionada los efectos del cambio climático
Una nueva investigación revela las mortíferas intersecciones entre los fenómenos meteorológicos extremos, el hambre y la desigualdad de género. Al igual que ocurre con la pobreza, las mujeres sufren de forma desproporcionada los efectos del cambio climático y el hambre.
Durante un fenómeno meteorológico extremo, las mujeres —sean refugiadas en Uganda, supervivientes de un terremoto en Nepal o afectadas por la sequía en Honduras— comen menos, producen comparativamente menos alimentos y tienen más probabilidades de morir que los hombres.
Las mujeres siguen estando crónicamente infrarrepresentadas en la planificación ante desastres y es mucho menos probable que se les pregunte por sus necesidades que a los hombres. Sin un lugar en las mesas de planificación de escenarios, no pueden acceder a la misma información climática, el mismo apoyo ni las mismas oportunidades de liderazgo y financieras que los hombres.
El mundo invierte demasiado poco en ayudar a las personas a afrontar el cambio climático y a desarrollar resiliencia a largo plazo. La planificación de respuestas sigue tratando los fenómenos meteorológicos extremos, cada vez más frecuentes, como incidentes puntuales que requieren un seguimiento durante un plazo determinado, pese a que la investigación muestra que cada fenómeno meteorológico extremo afecta a la seguridad alimentaria de las personas durante un máximo de cinco años. Los fenómenos meteorológicos extremos son el principal factor impulsor del hambre en 18 países donde 72 millones de personas se enfrentan a los efectos agudos del cambio climático.
El estrés térmico y las inundaciones amplían la brecha de ingresos entre hombres y mujeres en 53.000 millones de dólares cada año. El calor extremo hace que las mujeres pierdan 8 puntos porcentuales más de ingresos que los hombres; las inundaciones hacen que las mujeres pierdan un 3% más de producción. Además, como las mujeres tienen menos acceso a información climática y tecnología digital, les resulta más difícil actuar para responder a las perturbaciones climáticas o protegerse de ellas.
Las persistentes desigualdades de género hacen que la inseguridad alimentaria afecte más a las mujeres que a los hombres en todas las regiones afectadas por el hambre. En el Corredor Seco de Honduras, uno de los lugares del mundo más vulnerables al cambio climático, el 61% de las mujeres atraviesa una crisis alimentaria, frente a solo el 11% de los hombres.
En Zimbabue, una mujer le dijo a CARE: «Los niños y los hombres comen primero, y yo comeré después de que ellos hayan comido». Sin embargo, como es probable que las mujeres se encarguen tanto de cultivar como de comprar los alimentos de la familia, cuando pierden producción e ingresos hay menos comida para todos.
Cómo las agricultoras están creando su propio futuro sostenible
Cuando las mujeres lideran, la historia cambia. En la montañosa región del norte de Vietnam, las agricultoras en pequeña escala comparten semillas para pasar a cultivos resistentes a la sequía, alternan la producción de maíz y cacahuetes para regenerar el suelo y utilizan plantas autóctonas como compost.
Las mujeres de Zimbabue que contaban con recursos y apoyo para planificar ante los cambios de su entorno se organizaron para construir nuevas herramientas de captación de agua después de que las sequías recurrentes secaran sus antiguos pozos. «Nuestro ganado ya no tiene que recorrer más de 5 kilómetros en busca de agua», contó a CARE otra mujer zimbabuense. «Ahora tenemos una buena nutrición y podemos vender las verduras sobrantes y obtener dinero para los préstamos y ahorros de nuestra aldea, así como para las matrículas escolares».
Erradicar el hambre de forma duradera exigirá pasar de políticas centradas en el crecimiento a políticas que prioricen la igualdad y la sostenibilidad. En las economías donde crece el producto interno bruto (PIB), pero la desigualdad es elevada, el hambre aumenta en lugar de disminuir. En 57 economías de todo el mundo, crecen el PIB y el hambre.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), habría 45 millones menos de personas con hambre en el mundo si los sistemas alimentarios mundiales trataran por igual a hombres y mujeres. Los datos muestran que cada dólar gastado en una planificación local de escenarios verdaderamente inclusiva ahorra 4 dólares en posibles pérdidas y que las mujeres lideran el camino hacia respuestas mejores y más rápidas.
En Malawi, cada dólar invertido en capacitar a las mujeres de los grupos locales de ahorro y lograr su representación en la planificación local ante desastres generó 29 dólares. En Filipinas y otros nueve países, organizaciones lideradas por mujeres encabezan plataformas de respuesta pioneras y de titularidad local, que evalúan y responden con eficacia al cambio climático y a otras crisis.
En Timor-Leste, las mujeres que unieron fuerzas ahora forman parte de los comités de planificación ante desastres de sus aldeas. Protegen los alimentos y los documentos familiares importantes de los daños causados por las inundaciones, ahorran dinero en fondos de preparación y difunden avisos cuando se pronostican fenómenos meteorológicos extremos.
«Antes, los hombres eran los jefes y se sentaban en el parlamento, y nosotras, las mujeres, teníamos que estar en la cocina», contó una mujer a CARE. «Ahora hemos formado este grupo por iniciativa propia. No pedimos limosnas, aviones ni coches: pedimos que se escuche nuestra voz».
El mundo debe escuchar sus voces. Las mujeres cuentan a CARE que los mayores desafíos a los que se enfrentan hoy están relacionados con el cambio climático y el hambre: inseguridad alimentaria, falta de agua potable, sequía, conflictos y plagas.
No basta con que quienes planifican digan que analizan grandes volúmenes de datos, recopilan comentarios y promueven la participación comunitaria. Desarrollar resiliencia exige integrar la adaptación en la planificación local y nacional sostenible. También exige preguntar de forma proactiva y escuchar a las mujeres que tienen experiencia directa en primera línea de las crisis y las respuestas.




