El 22 de abril, científicos de todo el mundo celebrarán el Día de la Tierra participando en una «Marcha por la Ciencia». El objetivo de la marcha será «celebrar y defender la ciencia en todos los niveles, desde las escuelas locales hasta las agencias federales». Para el resto del mundo, es importante entender por qué la comunidad científica, normalmente sosegada, dejará sus laboratorios y oficinas para salir a las calles en una manifestación mundial de preocupación.
La respuesta quedó señalada en noviembre de 2016, cuando Oxford Dictionaries eligió «posverdad» como su «Palabra del año». En una época en la que «los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que las apelaciones a las emociones y las creencias personales», científicos como nosotros ya no podemos permitirnos seguir callados. Por eso marcharemos para devolver a la «certeza» científica el lugar que le corresponde en el debate público.
«Posverdad» describe bien un año en el que el desprecio por los hechos se convirtió en un rasgo generalizado de la política mundial. Como candidato, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, negó las abrumadoras pruebas del cambio climático, respaldó la desacreditada afirmación de que las vacunas causaban autismo y sostuvo que las bombillas fluorescentes compactas pueden causar cáncer.
Pero Trump no monopoliza la política de la posverdad. Responsables políticos de Estados Unidos y Europa han difundido «opiniones de expertos» igualmente escandalosas sobre las consecuencias de las posturas de sus adversarios en temas que van desde los alimentos modificados genéticamente hasta la energía nuclear y el Brexit. Recientemente, también hubo ataques en las redes sociales contra una campaña de vacunación contra el sarampión y la rubéola que llegaron incluso a la India, alimentando una mezcla de teorías conspirativas, inquietudes sobre la seguridad y dudas sobre las motivaciones, y demostrando hasta qué punto pueden ponerse vidas en peligro cuando se ignoran los hechos.
Las advertencias anteriores, como el libro de Ralph Keyes de 2004, La era de la posverdad: deshonestidad y engaño en la vida contemporánea, recibieron poca atención de la comunidad científica. Esto se debe a que ya lo habíamos oído todo; las respuestas de «posverdad» a los «hechos objetivos» son tan antiguas como la propia ciencia. Un ejemplo temprano fue la persistente creencia en una Tierra plana, una idea que se mantuvo durante siglos después de que los antiguos griegos reunieran pruebas claras de lo contrario. En algunos lugares, la negación y los ataques dirigidos contra Darwin y su teoría de la evolución en el siglo XIX continúan hasta hoy. «No me confundas con los hechos», dice un viejo chiste que refleja la mentalidad de la posverdad: «ya tengo una opinión formada».
Pero ahora hemos llegado a un momento decisivo: esta mentalidad ha entrado en la corriente política dominante e influye en políticas que afectarán profundamente a la salud y el bienestar del planeta y de sus habitantes. Quienes consideran que el método científico —la observación sistemática, la medición y la comprobación de hipótesis que durante siglos han sustentado la comprensión humana de nosotros mismos y del mundo— es un valor fundamental de la sociedad deben dar un paso al frente para defender su papel central en la orientación del debate público y la toma de decisiones.
Sin embargo, para resultar convincentes, los científicos debemos poner orden en nuestra propia casa y evitar comportamientos que alimenten la retórica de la posverdad. Las faltas a la ética dan munición a los enemigos de la ciencia. Cuando los resultados publicados se basan en datos falsificados o conclusiones deliberadamente engañosas, la credibilidad de todos los científicos se resiente. La revisión por pares debe ser rigurosa y procurar siempre detectar y erradicar el trabajo deficiente o engañoso.
Igualmente importante es que los investigadores expliquen mejor qué significa la «certeza» científica, ayudando al público y a los responsables políticos a distinguir entre hipótesis demostradas y teorías no verificadas. Deben mostrar cómo se contrastan modelos alternativos con todas las pruebas disponibles en condiciones controladas, para obtener observaciones que otros investigadores puedan repetir y mediciones que puedan reproducir. Las conclusiones que no se deriven de observaciones controladas con tanto cuidado deben seguir siendo conjeturas.
Quienes se dedican a la ciencia deben desarrollar y aplicar urgentemente estrategias más eficaces para comunicar los avances y descubrimientos científicos que afectan a la sociedad y al medioambiente. Un aspecto central de este esfuerzo debe ser explicar y defender los métodos y el rigor del proceso subyacente de recopilación y validación de pruebas. En pocas palabras, es esencial elevar el nivel de cultura científica del público, los medios de comunicación y, sobre todo, los responsables políticos para reconocer y rechazar los intentos infundados de desacreditar la ciencia y a los científicos.
En su libro de 1946, El descubrimiento de la India, Jawaharlal Nehru, primer ministro de la India, defendió el desarrollo de una «mentalidad científica»: la adopción del método científico como forma de vida. Para vencer la amenaza de la posverdad, esa mentalidad hace más falta que nunca. El 22 de abril, defendámosla con pasión.




