¿Cuánto costaría reparar nuestra relación rota con la naturaleza?

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  • Un nuevo informe concluye que los beneficios de proteger el 30 % de las tierras y los océanos del mundo superan los costos en una proporción de al menos 5 a 1.

  • La COVID-19 y otras enfermedades zoonóticas son consecuencia directa de la sobreexplotación de la naturaleza y los recursos.

  • Invertir en la naturaleza y en medidas para prevenir el cambio climático supondría costos netos a corto plazo, pero estos se compensarían con beneficios financieros a lo largo del tiempo.

En 2020, la humanidad está viviendo las consecuencias de nuestra relación rota con la naturaleza. Hemos sobreexplotado la biodiversidad hasta el punto de provocar una sexta extinción causada por los seres humanos, agravada por el cambio climático de origen humano.

La biodiversidad, abreviatura de «diversidad biológica», se refiere a toda la variedad de vida que puede encontrarse en la Tierra (plantas, animales, hongos y microorganismos), así como a las comunidades que forman y los hábitats en los que viven. La humanidad depende de esas comunidades y los hábitats de otras especies: del oxígeno que respiramos, el agua dulce que bebemos, los alimentos que comemos y las sociedades y economías que construimos.

Aprovechamos su energía para nosotros. Por eso, cuando se debilitan o se extinguen, nos ponen en peligro. Hemos transformado demasiadas tierras y mares para nuestra especie, compuesta por 7.800 millones de individuos, y nos hemos apropiado de mucho más de lo que nos corresponde, a menudo gratis y con un riesgo que amenaza nuestra propia vida.

El coronavirus que ha cambiado el mundo, las enfermedades zoonóticas anteriores y muchos patógenos son consecuencia directa de la insuficiente inversión en la naturaleza y de su sobreexplotación mediante la extracción a corto plazo y la invasión continua de sus espacios, incluso a través del diseño y la expansión de la agricultura, la silvicultura y la pesca industriales. Quedan pocas zonas de amortiguamiento seguras entre los seres humanos y otras especies que han tenido tiempo de evolucionar junto con otros organismos, como el coronavirus que ha matado a más de 500.000 personas en los últimos 6 meses, pero puede vivir en murciélagos silvestres y pangolines sin matar a sus huéspedes.

¿Y si realmente invirtiéramos en la naturaleza para que cumpliera su función y nos sustentara? ¿Cuánto costaría?

Un informe exhaustivo, Proteger el 30 % del planeta para la naturaleza: costos, beneficios e implicaciones económicas, ha llegado justo a tiempo. Concluye que los beneficios de proteger el 30 % de las tierras y los océanos del mundo superan los costos en una proporción de al menos 5 a 1. Esta evaluación económica responde al urgente llamamiento de los científicos a proteger al menos el 30 % de las tierras y los mares de la Tierra para 2030, a fin de detener el colapso de la biodiversidad.

El FMI estima que hasta ahora se han gastado 10 billones de dólares en medidas oficiales de apoyo por la COVID-19 en todo el mundo y pronostica que el PIB mundial se contraerá un 4,9 % en 2020, una caída sin precedentes. Proteger el 30 % de las tierras y los océanos del mundo requeriría apenas el 0,016 % del PIB mundial. Parece una prima de seguro muy baja y una apuesta increíblemente segura por un sistema cuya sólida productividad está demostrada desde hace más de 3.000 millones de años.

Image: Campaña por la Naturaleza

Ampliar la protección al menos al 30 % de las tierras y los océanos del mundo y gestionarlos eficazmente exigiría una inversión media de 140.000 millones de dólares anuales para 2030 (el informe estima un rango de entre 103.000 y 178.000 millones de dólares, según las zonas que se protejan), menos de un tercio de las subvenciones públicas que actualmente se destinan a actividades que destruyen la naturaleza. Esta inversión supondría costos netos a corto plazo, pero se compensarían con beneficios financieros a lo largo del tiempo.

Las consecuencias de la COVID-19 han puesto dolorosa y penosamente de manifiesto los defectos y las injusticias de nuestros sistemas económicos, políticos y sociales. Quizá sea un llamamiento universal de nuestro planeta. Quizá sea una intervención divina. Quizá hayamos chocado contra un muro después de aplazar el problema durante demasiadas generaciones. Sea lo que sea, aquí estamos. Y en este momento terrible tenemos una oportunidad única en la vida de reorientar el rumbo que queremos seguir, no solo para nosotros, sino para las generaciones futuras de todas las formas de vida y su diversa y rica magnificencia.

Charles Darwin dijo: «No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que mejor se adapta al cambio». ¿Evolucionaremos para invertir en los cimientos de nuestra existencia y renegociar nuestro pacto con la naturaleza en beneficio propio a largo plazo? ¿Podemos dejar de explotar las demás formas de vida para nuestros propios fines? ¿Adaptaremos nuestros sistemas económicos y políticos para que sirvan no solo al presente, sino también al futuro?

El ingenio, la innovación y la colaboración humanas nos han traído hasta aquí. Pero debemos seguir adelante con todas las herramientas a nuestro alcance, incluidas la ciencia, los datos y la tecnología, para armonizar la verdad con la transparencia, aplicar una gestión eficaz que evite el despilfarro imperdonable, y ejercer un liderazgo compasivo y afectuoso, así como tratarnos con amabilidad entre nosotros y con las demás formas de vida de este planeta.

La naturaleza sabe qué hacer. Nosotros también.

Primero, debemos mantener al menos la mitad de nuestro planeta en estado natural y proteger el 30 % para 2030. Las demás especies tienen empleos, hogares y familias, igual que nosotros. Nos beneficiamos de su productividad y energía. Invirtamos en ellas: son nuestro seguro más rentable para garantizar la estabilidad y obtener servicios gratuitos. No solo nos ayudarán a evitar el sufrimiento; además, son mágicas y magníficas por derecho propio.

Además de redoblar nuestros esfuerzos por proteger lo que queda de naturaleza silvestre, debemos gestionar responsablemente el resto. Así podremos sustentar la población mundial prevista de 10.000 millones de personas para 2050. Hay proyectos extraordinarios e ilustrativos de turismo responsable, agricultura regenerativa y pesca y silvicultura sostenibles que pueden ampliarse para que las comunidades locales administren los recursos de su entorno de manera que las personas vivan en armonía con la naturaleza a largo plazo y creen cadenas de suministro resilientes desde la tierra y el agua.

Cada vez contamos con más vigilancia satelital y datos recopilados sobre el terreno para añadir trazabilidad y transparencia al seguimiento del origen de nuestros alimentos y fibras, de quién realiza el arduo trabajo de producirlos y de cómo se le puede remunerar de forma más justa. Cuanto antes podamos proporcionar asistencia técnica, financiación puente y políticas propicias a quienes están más cerca del terreno, más se beneficiarán la naturaleza y los consumidores de una economía verdaderamente inclusiva y resiliente. Pero todo empieza por la base de aquello que estaba aquí mucho antes que nosotros y que todos damos por sentado: todas las demás especies que viven en la Tierra.

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