La energía es un pilar de la prosperidad económica, y la seguridad, la fiabilidad y la asequibilidad energéticas son condiciones previas clave para un crecimiento sostenible. ¿Está evolucionando el sistema energético actual de manera que garantice estas condiciones?
Hoy, el panorama energético mundial atraviesa un periodo de cambio, con una serie de transformaciones a gran escala que están modificando las perspectivas del sector energético global. Entre ellas figuran los avances tecnológicos —como la rápida caída de los costes de la energía solar fotovoltaica o la revolución del petróleo de esquisto en Estados Unidos—, así como los cambios económicos, demográficos y normativos, a medida que China avanza hacia un nuevo modelo económico y una combinación energética más limpia, e India representa una proporción cada vez mayor del crecimiento de la demanda mundial.
En el fondo de cada uno de estos cambios subyace un conjunto de tres objetivos de política paralelos a los que se enfrenta la comunidad mundial: combatir los peores efectos del cambio climático; garantizar el acceso universal a la energía; y reducir la contaminación del aire causada por la energía. Las decisiones que se tomen hoy sobre cómo abordar estos desafíos —tanto en materia de políticas como de inversiones— se harán sentir durante décadas y tendrán repercusiones en todo el mundo.

La buena noticia es que no existe contradicción entre alcanzar los objetivos climáticos, garantizar el acceso universal y lograr una buena calidad del aire. Esto es importante, ya que las vías de desarrollo del sector energético tendrán que ir cada vez más de la mano del desarrollo económico, las prioridades sociales y las necesidades ambientales. Además, centrarse en un objetivo específico de forma aislada entraña el riesgo de consolidar una trayectoria para el sector energético que obstaculice la consecución de otros objetivos o aumente su coste.
En el informe de la AIE World Energy Outlook 2017, hemos mostrado cómo los responsables de formular políticas pueden alcanzar los tres objetivos simultáneamente: lograr el acceso universal para 2030 y reducir a la mitad, para 2040, tanto las emisiones de CO2 relacionadas con la energía como las muertes prematuras causadas por la contaminación del aire. Las aparentes disyuntivas entre estos objetivos son pequeñas o inexistentes.
Ya se han logrado avances importantes. En 2016, el número estimado de personas sin acceso a la electricidad cayó por debajo de los 1.100 millones, y el ritmo de ampliación del acceso se ha acelerado. Aun así, alrededor del 14 % de la población mundial sigue sin tener acceso a la electricidad. Además, unos 2.800 millones de personas aún carecen de instalaciones para cocinar de forma limpia. Mientras tanto, la contaminación del aire es responsable de alrededor de 6 millones de muertes prematuras cada año.
Está claro que queda mucho por hacer y que será necesario invertir: de hecho, se necesitarían 9 billones de dólares adicionales hasta 2040, alrededor de un 15 % más que las necesidades de inversión de capital del escenario central del WEO. También es importante reorientar los flujos de inversión para mejorar la eficiencia energética de los sectores de uso final, además de invertir más para ampliar tecnologías clave, como los automóviles eléctricos, y el uso directo de energías renovables para el suministro de calor en los sectores industrial y de edificios.
La buena noticia es que en muchos países ya observamos una sólida implantación y notables reducciones de costes de tecnologías clave, como los LED, la energía eólica y la solar fotovoltaica, y los vehículos eléctricos. Los precios de la energía solar fotovoltaica se han reducido a la mitad en tan solo tres años, y prevemos otra reducción a la mitad para 2020. Sin embargo, pese a estos enormes avances, la eficiencia energética, las energías renovables y otras opciones de energía limpia, incluida la captura, utilización y almacenamiento de carbono (CCUS), todavía requieren mayor atención a marcos normativos sólidos y un diseño de mercado adecuado para reducir la incertidumbre y atraer la inversión necesaria.
De hecho, existe un riesgo real de inversión insuficiente en casi todas las tecnologías energéticas, y no se debe a la falta de capital. Los mercados están inundados de capital. Lo que hace falta es que las políticas den un paso al frente y cierren la brecha entre la disponibilidad de financiación y las necesidades de inversión energética. Los gobiernos siempre han desempeñado un papel importante en la inversión energética, pero ese papel ha ido creciendo debido tanto a la geografía como a la tecnología.
La inversión está cambiando de rumbo: primero, hacia los mercados emergentes, donde las empresas estatales desempeñan un papel importante; y, segundo, hacia la electricidad y las energías renovables, dos sectores muy regulados. La interacción entre los gobiernos, la industria y la sociedad civil es más importante que nunca. Por ejemplo, estimamos que actualmente más de dos tercios del consumo energético mundial no están sujetos a normas de eficiencia ni a políticas obligatorias. Esto representa una enorme oportunidad, ya que la eficiencia energética permite frenar el crecimiento de la demanda en muchos países y el aumento mundial de las emisiones relacionadas con la energía, al tiempo que promueve la seguridad energética y el crecimiento económico.
El sector energético ofrece oportunidades excepcionales para los gobiernos y los inversores. Las políticas sólidas y la innovación pueden marcar la diferencia en materia de seguridad energética, cambio climático, calidad del aire y acceso universal a los servicios energéticos modernos, todo ello a la vez; en definitiva, permiten construir un sistema energético seguro, asequible y sostenible, disponible para todos.




