Tenemos las herramientas para vencer el cambio climático. Ahora hay que legislar

A vehicle drives past workers near power plant number 10 at Saudi Electricity Company's Central Operation Area, south of Riyadh, April 27, 2012. Saudi Arabia is likely to burn less crude in its power plants this summer thanks to rising output from dedicated gas fields and gas that would be associated with any increase in oil output to make up for lower Iranian production. Picture taken April 27, 2012
More efficient gas turbines could save money and emissions across the MENA region - but this requires political willImage: REUTERS/Fahad Shadeed
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Aunque el cambio climático ya está llamando a nuestra puerta y amenaza con causar estragos, todavía no se ha emprendido la acción global radical que podría marcar la diferencia. El crecimiento de la población y las emisiones de carbono no cesan. Las ciudades se expanden a un ritmo alarmante y suman 50 millones de habitantes al año. Para 2050, se espera que casi el 70% de la población mundial viva en ciudades, frente al 55% actual.

Parece un desafío insuperable. Pero, con la tecnología disponible, podemos tomar hoy decisiones que repercutirán positivamente en nuestro futuro y en el de las generaciones venideras. A la luz de lo que sabemos sobre las ciudades hoy —su impacto en el medioambiente, la enorme cantidad de energía que consumen los edificios y las infraestructuras urbanas, y su huella de carbono—, creo que debemos empezar por ahí. Y voy a centrarme en la energía.

Los edificios consumen más energía que la industria o el transporte. Comemos, dormimos, trabajamos, compramos y pasamos la mayor parte de nuestro tiempo libre en edificios. Ya sean rascacielos o viviendas unifamiliares, en conjunto los edificios tienen un impacto innegable en el medioambiente que nos rodea. Pensemos en esto: los edificios consumen más del 40% de toda la energía generada en el mundo. Pero, si empleamos tecnologías inteligentes y energéticamente eficientes en los edificios, podemos reducir su consumo energético entre un 30% y un 40%.

La energía que no se consume es energía que no hace falta generar. Si los edificios necesitan menos energía, las centrales eléctricas no tienen que producir tanta. Esto también reducirá las emisiones de las centrales eléctricas y la cantidad de recursos naturales que se queman para generar electricidad.

¿Cómo podemos hacerlo realidad? La legislación es clave. No podemos permitirnos esperar a que cada persona haga lo correcto. Los cambios aislados no bastan para afrontar un desafío de tal magnitud. Los países y las ciudades pueden actuar con decisión y aprobar leyes que incentiven la transformación de los edificios existentes en estructuras que ahorren energía, y que garanticen que los nuevos se construyan desde el principio con tecnologías inteligentes.

También hay argumentos económicos a favor. Hemos demostrado que la tecnología para edificios puede amortizarse en dos años y ayudar a sus propietarios a ahorrar a partir de entonces. Además, crea mejores entornos para quienes viven o trabajan en ellos. Al fin y al cabo, las personas más felices y productivas construyen economías más sólidas.

La mayoría de los edificios de las grandes ciudades del mundo serán los mismos que habitaremos dentro de 25 años. Hay razones de peso para modernizarlos con tecnologías que permitan ahorrar energía, como sensores y sistemas de gestión de edificios. Ya lo hemos aplicado con muchos de nuestros clientes en todo el mundo y hemos visto resultados impresionantes en algunos de los edificios más sostenibles del planeta. Es posible y está a nuestro alcance, siempre que logremos crear conciencia y comprensión de que los edificios inteligentes deben convertirse en un pilar central de las estrategias energéticas nacionales.

Pero no se trata solo de edificios. Podemos aplicar el mismo concepto a las centrales eléctricas. Aunque la proporción de energías renovables está aumentando en todo el mundo, se prevé que los combustibles fósiles sigan representando una parte importante de la combinación energética durante la transición hacia una energía más limpia. Por eso, también es clave mejorar la eficiencia de las centrales eléctricas que utilizan combustibles fósiles. Al modernizarlas y sustituir las turbinas antiguas por modelos nuevos de alta eficiencia energética, podemos reducir considerablemente el consumo de combustibles fósiles y las emisiones.

Hoy contamos con tecnología de turbinas de gas capaz de generar electricidad con una eficiencia superior al 63%. Sin embargo, muchos países del mundo todavía tienen centrales eléctricas envejecidas que funcionan con una eficiencia del 40% o menos. La eficiencia energética consiste en usar menos combustible para obtener más energía. En una central eléctrica de gas con una eficiencia del 63%, el 63% del gas empleado para producir energía se convierte en electricidad y el resto, en calor. Esto muestra con claridad los ahorros que podemos conseguir en distintos ámbitos. Al igual que ocurre con los edificios, la eficiencia energética tiene un claro fundamento económico. Podemos aprovechar mejor los recursos finitos de que disponemos, como el petróleo y el gas, y reducir las emisiones y los costes de combustible que soportan los gobiernos. Egipto es un gran ejemplo: gracias a las centrales eléctricas eficientes desde el punto de vista energético, el Gobierno ahorra ahora 1.300 millones de dólares en costes de combustible al año.

Al igual que ocurre con los edificios, hoy también es posible reducir las emisiones de las centrales eléctricas. Para lograr resultados importantes, debemos aplicar estas medidas a gran escala y aprobar leyes que eliminen las centrales eléctricas poco eficientes y muy contaminantes.

Lograr que este mundo sea habitable y sostenible para los 9.800 millones de personas que esperamos que lo pueblen en 2050 es una gran hazaña, pero podemos conseguirlo juntos. Al unir los conocimientos del sector privado con la legislación pública para implementar nuevas tecnologías, ya hemos iniciado el camino para combatir el cambio climático. ¿Te unes?

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