A primera vista, la aldea al pie de las montañas Tian Shan parece similar a sus vecinas. Los hombres están junto al canal con los tradicionales sombreros kalpak, los niños juegan en el río y las mujeres hornean naan, el pan kirguís redondo y hojaldrado. Pero, a diferencia de otras comunidades a lo largo del río Aspara, esta aldea está afrontando los desafíos de seguridad hídrica a los que se enfrenta, en lugar de ignorarlos.
Con el apoyo de un programa de desarrollo internacional basado en la ciencia, el consejo local de gestión del agua, creado recientemente, se reúne ahora con un consejo similar al otro lado de la frontera internacional, en Kazajistán. Juntos, los consejos resolvieron un problema que llevaba décadas sin solución y que afectaba la capacidad de alimentar a los niños, amenazaba la seguridad regional e impedía hacer cumplir un tratado de 1948 que determina cuánta agua puede utilizar cada aldea para cultivar.
Al aplicar soluciones locales a los desafíos del desarrollo, estos consejos kirguises de gestión del agua construyeron canales de derivación e instalaron un sencillo medidor para controlar la cantidad de agua utilizada por cada aldea. Construidos con materiales disponibles en las aldeas, los nuevos canales están conectados al medidor y a computadoras, lo que permite compartir datos en tiempo real sobre el caudal de agua en cada aldea. Aunque la asistencia para el desarrollo ha concluido, estos gestores internacionales del agua están mitigando ahora el impacto del aumento del caudal provocado por el deshielo de los glaciares, mientras responden a la creciente demanda agrícola regional mediante la elaboración conjunta de pronósticos sobre el uso del agua y la siembra de cultivos resistentes a la sequía.
Así, la gestión científica del agua resolvió tanto un problema de desarrollo como uno diplomático: aumentó el suministro de agua y fomentó hábitos de cooperación transnacional que empoderan a los aldeanos para afrontar los problemas. Un equipo de científicos e ingenieros, en lugar de diplomáticos y expertos en resolución de conflictos, puede aportar una perspectiva pragmática valiosa sobre lo que podría parecer un entramado complejo de cuestiones políticas y culturales. Durante las negociaciones sobre control de armas entre Estados Unidos y la Unión Soviética en la Guerra Fría y, más recientemente, en las negociaciones internacionales sobre el programa nuclear de Irán, los físicos occidentales e iraníes solían encontrar puntos en común con más facilidad que los políticos.
Las soluciones basadas en la ciencia y la ingeniería para los desafíos globales también han impulsado grandes innovaciones, como la Revolución Verde, que combatió los estragos causados por la roya del trigo, y técnicas pioneras de inmunización que redujeron drásticamente la propagación del sarampión y la polio. Y estas soluciones siguen afrontando desafíos del desarrollo. Un microbicida desarrollado recientemente reduce en un 39% la transmisión del VIH/sida. Los datos geoespaciales permiten localizar fuentes de agua dulce y mejorar la eficacia de la asistencia para el desarrollo. Además, una nueva herramienta de diagnóstico detecta la presencia de tuberculosis multirresistente y orienta al personal médico hacia tratamientos específicos.
La lista continúa. La Red del Sistema de Alerta Temprana contra la Hambruna (FEWS NET) alerta a los gobiernos sobre posibles escaseces de alimentos. El Programa de Asistencia en Desastres Volcánicos proporciona información en tiempo real sobre desastres naturales inminentes, desde erupciones volcánicas hasta los terremotos y tsunamis posteriores. De cara al futuro, las pilas de combustible alimentadas por tierra podrían iluminar aldeas remotas para que los niños estudien, y las plantas desalinizadoras de gran escala podrían producir agua potable a partir del agua del océano.
Estos son algunos ejemplos que Mark Green, recién nominado para dirigir la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, debería tener presentes. El compromiso de Green con la «agenda de reforma de la ayuda» ha sido elogiado por organizaciones como la Coalición de Liderazgo Global de Estados Unidos, una red de directores ejecutivos y ONG comprometidos con impulsar tanto el desarrollo como la diplomacia. Además, participó estrechamente en la creación de la Corporación del Desafío del Milenio, que presta asistencia a países que cumplen criterios económicos y políticos claramente definidos.
Para avanzar en sus objetivos, Green haría bien en ampliar el papel de la ciencia y la tecnología en la práctica del desarrollo, aprovechando el trabajo del Laboratorio de Desarrollo Global de USAID, creado por la administración de Barack Obama. La experimentación científica y la innovación tecnológica promueven la eficacia y la rendición de cuentas mediante indicadores claros de éxito y fracaso.
Las soluciones basadas en pruebas requieren pruebas: resultados obtenidos, no recursos invertidos. Por eso, las soluciones originales de desarrollo basadas en la ciencia se crean en paralelo con sistemas innovadores de seguimiento que exigen evaluar los programas. El resultado es un uso eficiente y eficaz del financiamiento público y privado.
Además, los enfoques del desarrollo basados en la ciencia y la tecnología pueden esquivar las posturas partidistas. A pesar del intenso debate político en Estados Unidos sobre el cambio climático, la ciencia se considera en todo el mundo una actividad neutral y suele ofrecer oportunidades de cooperación bilateral y multilateral que complementan y fortalecen las relaciones diplomáticas. En los últimos años, numerosas agencias civiles —incluidas las centradas en la ciencia— han participado en programas e iniciativas internacionales de asistencia en ámbitos como la salud pública, la educación, la prevención de enfermedades, la capacitación policial, la promoción del comercio y el acceso al agua potable.
Quizá lo más importante sea que el método científico inculca hábitos de pensamiento —la búsqueda de la verdad, el conocimiento y el buen gobierno— que no solo tienen valor intrínseco, sino que también son esenciales para el progreso económico del siglo XXI. En un discurso de graduación pronunciado en 2016 en el Instituto de Tecnología de California, el cirujano y escritor Atul Gawande describió la ciencia como «un compromiso con una forma sistemática de pensar, una adhesión a una manera de construir conocimiento y explicar el universo mediante pruebas y observación de los hechos».
Ese compromiso implica una «forma extraña de ser», continuó Gawande. «Se supone que debes tener escepticismo e imaginación, pero no demasiados. Se supone que debes suspender el juicio y, aun así, ejercerlo. En última instancia, esperas observar el mundo con una mente abierta, reunir hechos y contrastar con ellos tus predicciones y expectativas».
La ciencia y la tecnología nunca pueden ser una panacea; la neutralidad del método científico siempre chocará con las pasiones y los intereses de la política, que pueden llevar a los científicos a crear gas nervioso y armas atómicas con la misma facilidad con que crean nuevas semillas y agua desalinizada. Aun así, ahora más que nunca, en lo que el presidente ejecutivo de Alphabet, Eric Schmidt, denomina la «era de la inteligencia», la difusión de nuevas herramientas y hábitos para ampliar el conocimiento es un elemento central del desarrollo humano en todo el mundo.




