Desde plátanos y salchichas hasta vuelos y combustible, a todos nos gusta llevar la cuenta de lo que gastamos. Pero, tanto si controlamos el precio en dólares, rupias o yuanes, es poco probable que también midamos ese coste en toneladas de carbono generadas.
Todo lo que ponemos en la cesta de la compra tiene un coste medioambiental. Aunque muchos sabemos que debemos reducir nuestra huella de carbono, los consejos para hacerlo pueden parecer poco concretos y llevar la cuenta resulta difícil.
Para abordar este problema, la empresa sueca de tecnología financiera Doconomy ha lanzado una nueva tarjeta de crédito que controla la huella de carbono de sus clientes y les impide seguir gastando cuando alcanzan su límite de carbono.
La tarjeta DO registra las emisiones de CO2 vinculadas a las compras para calcular el impacto de carbono de cada transacción. Su objetivo es animar a las personas a reducir activamente su huella de carbono y mostrar el efecto que pueden tener en el medio ambiente los pequeños cambios.
La tarjeta utiliza el Índice de Åland como base para calcular la huella de carbono de cada producto comprado. Los usuarios pueden fijar un límite máximo de gasto en carbono y aprender a compensar su huella de carbono contribuyendo a iniciativas que reducen o eliminan las emisiones de gases de efecto invernadero.
La empresa también ofrece un producto de ahorro con un tipo de interés que incluye inversiones en proyectos respetuosos con el clima.
La tarjeta está fabricada con materiales de origen biológico y se imprime con tinta air ink, elaborada a partir de carbono reciclado de la contaminación atmosférica.
Hacer el bien, una bola a la vez
El concepto de compensar las emisiones de carbono en el momento de la transacción va ganando adeptos poco a poco entre las empresas. Varias aerolíneas, entre ellas Qantas y Lufthansa ofrecen a los pasajeros la posibilidad de pagar un suplemento para compensar sus emisiones de carbono, aunque pocos optan por hacerlo.
El año pasado, el fabricante de helados Ben & Jerry’s puso en marcha en algunas tiendas un sistema que permitía a los clientes compensar el coste de carbono de su cucurucho. Los clientes podían ver la cantidad de carbono generada por sus compras y hacer aportaciones voluntarias a proyectos de reducción de carbono en otros lugares.
La empresa utilizó una calculadora de carbono para determinar cuántas emisiones generaban los ingredientes, la fabricación, el transporte y la venta de cada tarrina. El resultado fue de 2 lb (0,9 kg) de carbono, aproximadamente el equivalente a que un coche recorriera 2 millas (3,2 km).






